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miércoles, 13 de mayo de 2009

El buen spam se hace tres veces ;__

http://alasdenadie.afrikislife.net/mosca/
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viernes, 10 de abril de 2009

Manta

El cielo empezaba a oscurecerse. Hoy hacía un poco más de fresquito que los demás días y encendí la calefacción. El oscuro parqué se calentó en seguida y el gato bajó a arrullarse entre mis piernas. Se ve que me echaba de menos en el sofá.
Le cogí en brazos. Su pelo negro brillaba a la luz de la lámpara del estudio, y ambos miramos hacia fuera. Desde el fondo de su pechito surgieron unos murmullos, estábamos ronroneando frente al balcón mientras una finísima lluvia empezaba a manchar los cristales.

Me acerqué al reproductor y le di al play. Saliera lo que saliera, estaría de acuerdo con escucharlo. Me dejé caer en el sofá y nos tapamos. Zero sacó la cabeza fuera de la mantita y se acurrucó en mi barriga. Junto a mí había una mesita pequeña que normalmente utilizamos para comer llena de papeles, un libro, el mando de la mini cadena y un té.

Soko llenó la sala con su acento inglés afrancesado. Miré alrededor, como reconociendo por primera vez lo que me rodeaba. Lo que debía ser el salón de la casa se había transformado en un curioso estudio muy acogedor. Habíamos llenado las paredes de libros de todo tipo, llegando casi al extremo del horror vacuii que tanto caracteriza al barroco. A cada extremo de la habitación se encontraban los dos hemisferios de un mismo mundo, con su mesa de trabajo. Y en el medio estaba el sofá, el ecuador, el lugar en el que a veces pasábamos la mayoría del tiempo.

En un lado, mi lado, había enormes libros apilados, un ordenador con el salvapantallas puesto y muchos papeles ordenados siguiendo un principio fundamental: la mesa, por grande o pequeña que sea, debe procurar estar ocupada en su totalidad. La silla también estaba recubierta por una manta verde muy cantarina, la manta preferida de Zero. La pared frente al escritorio estaba llena de dibujos firmados, donde una chica, un chico y un gato negro intercalaban escenas entre absurdas, cariñosas y extrañas.

Al otro lado, su lado, delante del ordenador apagado había una tableta de dibujo y un par de libros más o menos distribuidos por la ley del caos. La superficie estaba dibujada con permanente por un montón de personas con estilos diferentes. La pared de en frente estaba recubierta por muchos cartelitos y post-it de colores y letras variadas, firmados por Mer².

La música cambió, sonaba Baloo con su filosofía de vida, SOAD f*cking the system y Beethoven. Apagué la luz para probar a mi mente e hice el mismo recorrido con la mente. Y fui más allá. Tras la puerta del salón estaba el recibidor, centro neurálgico de toda la casa. Recto se encontraba la cocina, más o menos grande, con sus muebles oscuros, la escoba junto a la puerta y los platos de la comida aún sin fregar. En un rinconcito había una puerta, y tras ésta había una pequeña salita enmoquetada con pufs y cojines. A un lado había un mueble con portezuelas donde se escondía la televisión, un par de consolas y algunas películas y juegos originales. Las paredes lucían pósters de películas y juegos enmarcados. Él acostumbraba a llamarla la Sala de los vicios, pero yo prefería el nombre de Sala del proyector, porque no sonaba tan erótico.

Desde el recibidor llegabas al baño, uno de los lugares más relajantes de toda la casa. Junto a la bañera había sales de baño y velitas. También allí estaba colocada una mesita de manera estratégica para dejar las lecturas o las bolsas de pipas en los momentos de relax. Dos cepillos de dientes, fundas de gafas, un cepillo para el pelo.

Por último, el dormitorio. Mi imaginación llegó allí más tarde, quizá porque era el lugar más desordenado y personal de la casa. En una silla a la izquierda se amontonaba ropa de él y ropa de ella; la cama estaba sin hacer, porque una de las reglas primordiales era que a veces era innecesario hacer la cama, porque al fin y al cabo la desharías en unas horas. Las sábanas eran negras y blancas y las paredes burdeos —habíamos pasado horas enteras discutiendo si el color burdeos se podía o no considerar un color— con cuadros que hacía años había pintado mi abuela, una herencia muy preciada. Los despertadores parpadeaban en las mesillas de noche y junto a una de ellas estaba el pijama tirado en el suelo.

En mi cabeza se abrió la puerta de la calle en silencio. Tenacious D regalaba su voz en directo a través de los altavoces y yo me relajé un poco más. Zero giró un poco en la cabeza, pero estaba demasiado ocupado durmiéndose que ni se inmutó.
Unos pasos descalzos se deslizaron por el suelo, la sombra negra que era el gato se levantó con el rabo erguido y como recompensa recibió una cariñosa caricia. Noté unos labios posándose en mi frente, permanecieron ahí unos instantes y luego una mano helada alzó mi barbilla. Sus labios me besaron, y cuando se separaban yo le apreté contra mí y le robé otro beso, y otro.

Le quité el gorro con una mano e introduje mis dedos entre su cabello. Era tan suave todo él que no hubiera podido dejar de acariciarle. El sofá estaba abierto y era ancho, por lo que se pudo tumbar a mi lado. Le tapé con la mantita y Zero se colocó en medio, ronroneando tan fuerte que ahogaba cualquier otro sonido en el estudio.
Con esto mi vida ya puede darse por autor realizada, pensé.

Ya podría dormir.

jueves, 2 de abril de 2009

Real world (?)

— Hay dos tipos de personas en esta vida —dijo mi compañera—: los que te entienden y los que no te entienden. Claro está, habrá con quien conectes al instante y con los que el tiempo te haga comprender. Pero de un modo u otro, esa conexión existe. En cambio, con los contrarios por muchos miles de millones de años que pasen no conectarás. ¿No crees?

Ante sus palabras me quedé parada. ¿Sería así? No tenía ganas de pensar.

— Pues no lo sé. Quizá tengas razón.
— ¿Crees que entre nosotras hay ese entendimiento?
— Bueno... supongo que sí. Si no, quizás no estuviéramos aquí, juntas.
— En realidad, según mi teoría también puede existir la pareja que se casa y, un día después de muchos años, se da cuenta que por mucho que se quieran no se entienden. Y yo quiero que tú me entiendas, Irina. Debe ser horroroso levantarse un día y darse cuenta, así a las bravas, que esa persona jamás ha entendido una palabra de lo que dices.

Guardé silencio. Sí, es horroroso. Hacía dos días y medio que había tenido esa misma sensación.



Me desperté a media noche, con la cabeza aún embotada por la copichuela de más que nos tomamos en el pub de la esquina. Mi boca pedía agua, mi cabeza silencio, y mi cuerpo descanso, pero nada conseguí: nos habían cortado el agua por impago de las facturas, las charlas y la música del botellón impedían el silencio y era imposible cerrar la ventana del cuarto por el calor bochornoso de verano. Todas estas variables hacían imposible el descanso.

Aún así me puse en pie y vagué unos pasos que parecían eternidades. La luz de la farola y el cartel rojo y azul enfrente de mi fachada. Yo le había insistido para dormir en la habitación más alejada de la calle, la que daba al patio interior, pero a él le relajaban las luces de neón intermitentes del enorme cartel. Cada uno tiene sus manías y yo acabé cediendo, aunque empezara a tener jaquecas más a menudo por maldormir. Bueno, aún me quedaba el consuelo de que la habitación estaba lo suficientemente iluminada como para no tropezar, ni siquiera con el movedizo velo que se había posado en mis ojos a causa de la borrachera.

Miré hacia la cama unos instantes antes de salir de la habitación y allí estaba, su cuerpo tibio encima de las sábanas, desnudo. En ese instante sentí un crack, igual que si hubieran roto un huevo sobre mi cabeza y al tocarme el pelo húmedo me hubiera dado cuenta que no era el huevo de oro, sino otro huevo más y la oscuridad desapareciera así del nublado entendimiento humano. Él no entendía sus palabras, sus sueños, sus manías y sus sentimientos. Y ella tampoco los de esa persona que había acompañado sus noches, sus risas y sus gozos. Era un hombre totalmente desconocido para ella.

Sin darme cuenta me senté en una silla plagada de ropa-de-día-anterior y agarré sin levantarme un cigarrillo de la mesita de aquél hombre desconocido. Jamás había fumado, y en la primera calada me atraganté con el humo, pero prescindí de toser. ¿Qué hacía yo allí?



¿...Qué hacía yo allí?

Esa pregunta resonó de nuevo en mi oído interior y salí del ensimismamiento.

— Quizá si no estuviéramos condenadas a entendernos no nos hubiéramos conocido tan de repente, Izumi.

Con un gesto inconsciente agarré otro cigarrillo. Desde aquella noche no había parado de fumar. De hecho, fue así como conocí a Izumi, estudiante becada en España, pidiéndole un pitillo. Y ella no fumaba, pero por casualidad tenía un paquete de su ex novio en el bolso y me lo regaló.

— ¿Todo el paquete? Yo sólo quiero uno...
— Tranquila, yo no fumo. El cretino de mi ex se lo dejó aquí y no volvió.
— Yo también acabo de dejarlo con mi novio. Bueno, él no sabe aún que le he dejado, me he ido sin más de mi propia casa.
— ¿Y no tienes a nadie?

Reflexioné unos instantes, aunque no sabía para qué, porque la respuesta era obvia: — No.

— Mi sofá es cómodo y mis compañeros de piso nunca rechistan si hay visita. Es tarde.

No hubo más palabras entre nosotras. Me llevó hasta un pequeño pisito céntrico y allí me dejé morir. No recuerdo nada hasta la mañana siguiente -sólo unas horas más tarde- cuando me desperté con el cuello dolorido en un sofá demasiado pequeño de piel sintética de leopardo y una pequeña japonesa mirándome sin pestañear. Parecían que todo lo habían encongido a tamaño infantil, como una también pequeña broma. Pequeño, pequeño, pequeño.

Iba a preguntar «¿qué hago aquí?», pero recordé que mi abuela, instantes antes de morir, me recomendó que no lo hiciera jamás, parafraseando un trozo de una película que le encantaba: «después de todo, mañana será otro día». Ella —ni nadie, para ser sinceros— se imaginaba que esos serían sus últimos instantes viva, pero nos sobrepusimos. A ella también se la llevó el viento, como a la película. O no... creo que en realidad lo leí en la parte trasera de una de las bolsitas de azúcar que reparten en los bares con el café.

El hecho es que la miré lo más enfocada que pude a través de las legañas matutinas, carraspeé para afinarme la voz, como lo hacen los grandes conferenciantes antes de empezar a hablar, y dije:

— Qué camiseta tan genial llevas. ¿Dónde la has comprado?
— Era de un compañero de piso, me la quedé.
— Oh, buen plan para conquistar el mundo.

sábado, 21 de marzo de 2009

Mi dama del río

Ese día me preguntó por qué estaba escondido. Debí quedar como un verdadero estúpido. No pude responderle. ¿Cómo articular palabra? Esa joven misteriosa clavando sus ojos marrones, brillantes y llenos de fría inocencia en mí, con su pelo rebelde y, extrañamente, un camisón nuevo que le venía a medida, blanco, sin roturas ni manchas, y pegado a su cuerpo empapado por las aguas del río.
Supuse que venía, como todos los días, de hacer su ofrenda a los muertos.
Empiezo por el principio. Me explico.
Por estos alrededores es común, en el Día de los Difuntos, colocar una pequeña vela en un trozo de madera y dejar que el agua del río se la lleve. Según la tradición, la luz que les proporcionará será suficiente para llegar hasta el más allá.
Y ella cada noche, más o menos una hora después de haberse puesto el sol, mi dama del río se encaminaba al río con su vela en el cachito de madera -para que flotara- y su camisón de siempre, que ya le venía pequeño a fuerza de crecer. Se quedaba en el agua hasta que ella se engullía el reflejo del diminuto fuego. Entonces volvía a casa sin reparar en el posible frío de la noche o que el camisón pegado a su cuerpo era rasgado por alguna ramita que sobresalía de los árboles, ya que ella debía adentrarse en pleno bosque y recorrer un estrecho sendero para llegar al río. Pero parecía que sus pies la guiaran, tan segura como andaba.
Yo la vi por vez primera un día que me adentré con mi prometida, para hacerla partícipe del amor. Llevaba mucho tiempo preparándolo todo para la ocasión. Busqué un lugar resguardado y no muy lejano al camino, para no perdernos en la noche. Hasta tallé con mis manos inexpertas un tosco anillo de madera, que pretendía regalarle. En pocas palabras, demostrar que mi amor era verdadero, que la quería para siempre.
Ahora lo pienso y me parece imposible.
Cuando conseguí que se escapara de su casa, corrimos entre risas cogidos de la mano, hasta las proximidades de los árboles. Allí, casi temblando de miedo y frío, se escondió a mi espalda. Era tan tierna, tan dócil...
Llegamos hasta aquel lugar y una burbuja de amor nos envolvió. La sentí vibrar cuando le acariciaba la mano, el brazo, la cara... cuando le besé los labios por primera vez. La amaba con pasión y estaba decidido a hacerla mía si aceptaba mi anillo, y con él mi corazón.
Pero estábamos demasiado cerca del camino. Ella, mi dama del río, apareció ante mis ojos. Volvía de regalarles la luz a los muertos, tan mojada como de costumbre. Levanté la cabeza al escuchar sus ligeras pisadas y allí estaba, alta y espigada, bella, perfecta.
A partir de ahí mi destino voló de las manos de un dulce amor con olor a tulipanes, a otro agridulce con olor a rosas... y alguna espina.
Desde aquél día hace ya casi dos años, y sigo visitándola en secreto todas las noches.
Más adelante intenté hacer averiguaciones por mi cuenta. Quería saber quién era, quería saberlo todo sobre ella. Finalmente encontré su nombre. Se llamaba Eliza y era la hija del leñador, un tipo grande y con espesa barba rubia, hirsuta. Al principio me asombró, puesto que ella era todo lo contrario a él, hasta que, a base de espiar por el día, escondido en las ramas de un árbol con espeso follaje que había junto a su casa, descubrí a su madre. Iban ambas a tender la ropa. Se me cortó la respiración, y entonces recordé que de pequeño mi madre una vez me había hablado de ella. De hecho, la evocación me vino tan súbitamente que llegué a asustarme. Ella me dijo esa vez que su belleza fue reconocida en toda la comarca, y en su juventud hasta los señores de feudos vecinos quisieron casarse con ella. Pero uno a uno fue diciéndoles que no, y acabó con el último hombre que se pudiera esperar.
La visión era sobrecogedora. Dos musas silenciosas, colocando con sus largos dedos la ropa, cuidadosamente. Si no fuera por su piel morena y sus sencillas ropas, bien podría decirse que eran princesas sacadas de cualquier cuento de hadas.
También me enteré de la larga lista de pretendientes de mi Eliza. Muchos vi entrar, vestidos con sus mejores prendas, generalmente lino en verano y terciopelo y pieles en invierno. Me enfurecía, de hecho habría bajado del árbol y le habría pegado una paliza a cada uno de ellos. Pero la paciencia, unida a un sentimiento oculto, imperó sobre la cólera y esperé a verlos salir, generalmente airados. La satisfacción y el orgullo se apoderaban de mí, mientras contemplaba cómo se alejaban del lugar.
Algunas veces tuve ganas de bajar y anunciar mi amor por su hija, pero el temor a ser rechazado era superior a mí. ¿Qué haría yo, si las pocas esperanzas que albergaba se esfumaban? Creo que no seré jamás capaz de vivir sin que mi dama del río se cuele en mi memoria. Quizás hubiera sido mejor olvidarme de ella y volver a cortejar cualquier chiquilla. Puede que si al principio lo hubiera hecho, no habría caído en su mudo hechizo.
Llegué a pensar que sus padres no sabían de las incursiones nocturnas de su hija, porque no podía pensar que tanto como la cuidaban de día, la expusieran a cualquier extraño de noche. No la dejaban ir al pueblo a comprar, igual que tampoco la dejaron salir a jugar cuando era niña. Me daba pena. Vivir sin infancia... Por esto, entre otras cosas, los vecinos murmuraban que la madre estaba loca, que se lo había contagiado al marido y que pronto le llegaría el turno a la hija. Jamás creí una palabra de esas historias.
En cambio, sí que lo sabían. Lo sé porque cada vez que salía de casa se movían las cortinas y una luz se encendía en una de las habitaciones, que era apagada justo cuando empezaba a vislumbrarse el blanco de su camisón destacando en la negrura del bosque.
Todas las noches hacía el mismo recorrido, salía con la vela encendida de casa y pasito a pasito llegaba hasta la orilla, donde paraba unos instantes. Más de un hombre habría vacilado ante los siniestros ruidos de los animales y el murmullo del aire entre las hojas. Yo temblaba, hasta verla aparecer, con el reflejo de la llama en su cara, en sus ojos. Ésta le concedía una aureola beatífica, pero también un halo fantasmal, como si los difuntos a los que iba a visitar se colaran en sus ojos para ver el mundo por ellos mismos.
El único instante en que parecía titubear era antes de introducir sus blancos pies en el agua. Me habría gustado saber qué pasaba por su cabeza.
Una vez tuve el valor a aventurarme fuera de mi escondrijo, mientras ella contemplaba cómo se alejaba más y más la improvisada barca. La pregunta que le formulé me sorprendió más que a ella, que ni siquiera dio muestras de haberse asombrado de mi presencia.
De pie, ella observando aún el horizonte y yo admirándola, recortada en el paisaje, formando parte de él. Las palabras surgieron de mis labios solas y cobraron vida en el aire, que me las devolvió en forma de eco.
- ¿Por quién rezas cada noche?
- Por mis padres.
Nunca olvidaré esas dos frases, la gracia y suavidad de su voz, el tono plácido con el que hablaba. A partir de ahí supe que sería capaz de cualquier cosa por escucharla todos los días de mi vida.
Como todo en su historia, aquello positivo tiene una contrapartida negativa. En este caso, nuestra breve conversación fue el desencadenante de la desgracia.
Paralizado por la respuesta, no osé replicarle que sus padres seguían vivos y que ahora mismo estaban esperando su regreso. Tampoco habría sido capaz de hablar aunque hubiera querido. Quizás no era el momento de hacerlo.
El destello de la vela fue apagándose y ella salió del agua.
Tuve miedo a que me echara de su lado, pero nada dijo.
Yo seguí su rastro, unos pasos más atrás, velando por ella, mi dama del río. Sentía un deseo casi incontenible de abrazarla y cubrirla de besos. Tal fue mi anhelo, que las lágrimas inundaron mis ojos. No podía hacerlo, y la agonía empezó a comerse mi alma.
Tuve verdadero pavor por que el bosque acabara, por dejar de verla delante de mí. Eran los primeros momentos que compartía a su lado y no quería que acabaran nunca.
Ya casi al final del sendero podía verse un resplandor y la inquietud creció en mí. Aun así no intenté acelerar el paso. Era mi tiempo, mi único tiempo con ella.
Cuando llegamos, comprendí con horror de dónde provenía: la casa del leñador estaba ardiendo, al igual que arde la leña seca en la chimenea. Unos gritos de dolor provenían del interior. Rápido, demasiado rápido, los chillidos se ahogaron entre las llamas y el humo, bajando de tono. Creí que me volverían loco y deseé callarlos, hacerlos callar a toda costa.
Para mi asombro, Eliza no parecía escuchar ni ver el horror que estaba acaeciendo en su propia casa. Ella seguía andando hacia su hogar.
Pasmado, la agarré fuerte por atrás para que no siguiera caminando hacia allí. Entonces pareció cerciorarse de lo que ocurría. Noté en su mirada una leve alteración. Pasó de la apatía a la comprensión tan rápido que me asusté.
- Espérame aquí, voy a avisar a los ciudadanos. ¡Tenemos que apagar rápido el fuego!
Salí corriendo, con algo de miedo por Eliza, aunque algo en mi fuero interno me dijo que nada le pasaría. Mientras marchaba todo lo rápido que podía, pensé de forma fugaz en las palabras que me había dicho.
Creo que más que mis alaridos, debió despertarles la nota de urgencia en mi voz. Todos me siguieron rápidos hasta allí, cargados con cubos para sofocar el fuego.
Y allí la encontramos, a mi dama del río con las mejillas encendidas e inmóvil. Parecía un mal augurio, y yo también lo pensé así.
A la mañana siguiente sólo quedaban los rescoldos. Era una imagen grotesca de lo que había sido el edificio. Agotados y con los músculos doloridos volvieron a sus casas, apenados por la muerte de la pareja. Ni siquiera fuimos capaces de encontrar sus restos. Sólo quedó en pie el establo.
Cuando por fin pude descansar y la vi, un cachito de corazón me abandonó. No se había movido del sitio. Me dolió que no se reflejara en su rostro ni un ápice de interés o dolor. Intuí que sabía perfectamente que su familia había muerto y que su hogar había desaparecido. Su insensibilidad me hirió más que si me hubiera clavado un cuchillo en pleno vientre, y mi mente voló a los comentarios sobre la locura de la familia. ¿Pudiera ser verdad...?
Me miró por primera vez. Clavó sus pupilas dilatadas en mis ojos y noté cómo inspeccionaba mi interior. Bajé la mirada, cohibido, y ella echó a andar hacia la casa. Entró en ella y vi como se agachaba, levantaba una gruesa tabla del suelo y sacaba de un compartimiento secreto una gran caja. La abrió.
La seguí y paré a su lado. No alcancé a discernir por qué seguía con ella, y tampoco me lo planteé. Esas preguntas me las hice horas más tarde, tumbado en mi cama, abatido.
Dentro de la caja había una sola vela más y una única prenda de ropa, blanca.
Y estallé.
El sentimiento oculto que me había hecho quedarme escondido cuando todos la cortejaban me instó a alejarme de allí. Y le hice caso. Con su mirada clavada en mi espalda me marché, y creí que para siempre.
Otro gran error de pensamiento.
Al llegar a mi propia casa una lluvia de preguntas cayó sobre mí. Mis propios padres desconocían el lugar al que me dirigía todas las noches, cuando me iba sin decir nada. Ellos nunca preguntaron, porque supusieron que estaría en la taberna, o cortejando alguna mujer, como era normal en los hombres. Ni se les ocurrió pensar que estuviera siguiendo a mi dama del lago, escondido entre matorrales.
Cuando les quedó claro que no contestaría me dejaron marchar, huraños. Farfullé que estaría en mi cuarto y subí a la buhardilla.
En realidad, muy pocas personas podían permitirse el lujo de tener varias habitaciones, y mucho menos una para cada miembro de la familia. Yo, buscando un poco de intimidad me trasladé al pajar, alejado de mis tres hermanos y mis padres. En el fondo no era tan incómodo, y el olor a hierba me parecía incluso agradable. Sólo el alcalde y el leñador tenían dos habitaciones, uno porque tenía dinero y el otro porque se construyó la casa con la madera para hacer sus propios negocios.
Intenté dormir, pero me era imposible apartarla de mi mente. Sobretodo, me sentía inquieto por esa última vela. ¿Iría como todos los días al río o la tragedia habría llegado a su interior?
Por otro lado, mi corazón se sentía cansado de amar, de este amor unilateral y sin respuestas que estaba acaparando hasta el último ápice de él. Resentido como estaba, y fatigado por el esfuerzo físico y las pocas horas de sueño, resolví mi futuro en una última reflexión: si ella acudía aquella noche, a la hora de siempre, al río, con la vela, me olvidaría para siempre de mi dama del río, con las esperanzas hechas añicos por su indiferencia y su falta de sentimientos. ¿Podría yo aguantar a alguien que no me amara? ¿Por qué o para qué debería hacerlo? ¿Acaso me depararía algo más que sufrimiento...? No.
Con ese pensamiento me abandoné al agotamiento, y rendido caí en un sueño intranquilo.
Desperté empapado en sudor y con una sensación de ahogo que se extendía desde el pecho, como si lo estuvieran apretando. Al ver que estaba anocheciendo empecé a alterarme.
Mi imaginación voló hasta el día que la conocí. Triste, muy triste, recordé todo el tiempo que había pasado camuflado entre la vegetación, buscando deseoso y esperanzado una sonrisa. También resonaron aquellas palabras, la desdicha que habíamos desencadenado.
Pensé varias veces en ponerme a caminar, porque sabía que se me haría tarde, pero parecía que algo se negaba y me arrastraba a quedarme allí tendido mucho, mucho tiempo, hasta que alguien me hiciera despertar de la desesperación que había reemplazado la sangre y ahora corría por mis venas.
No recuerdo cómo llegué hasta el bosque, porque no quería ir. Ahora aprecié que no quería hacerlo. Prefería amarla en silencio que obligarme a olvidarla. Mi dama del río...
Ya estaba a punto de darme la vuelta cuando el murmullo inconfundible de la tela me hizo posar la mirada hacia allí. El corazón se me había caído a los pies, sabiendo que este era el final, y casi rompí a llorar como un niño.
Eliza se dio cuenta de mi presencia y paró. Encontré algo diferente en ella, pero no lograba distinguir el qué. Entonces me habló:
- ¿Por qué estás ahí escondido?
No fui capaz de responderle. La miré como si de aquélla primera vez se tratara, de arriba a abajo. Debí parecer un estúpido y un indiscreto.
Al descubrir su camisón nuevo otra esperanza creció en mí, y parecía tan real... También sus ojos eran diferentes, teñidos de... de... vida.
Me parece que nunca mi sonrisa había sido tan sincera como esa vez. De un salto salí de mi escondite y le cogí las manos. Su tacto era cálido y blandito. Las alcé y besé, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
No sé si me recordaba ni si se había fijado en mí cuando le hablé o cuando le salvé la vida. Pero tampoco era para ella un desconocido, puesto que soltó sus manos y me rodeó con sus brazos.
Mi dama del río había resucitado, y yo iba con ella de la mano en su regreso.
Apretados el uno contra el otro volvimos hasta el establo. Encima de una pequeña mesa estaba la vela, recordatorio de mi sufrimiento.
Al verla, la pregunta brotó de mis labios, como aquella otra. La espontaneidad con la que salió me hizo temblar, recordando las consecuencias de la anterior.
- ¿Por qué fuiste al río, si no llevaste la vela contigo?
- Esperaba encontrar mi destino, y estuve mucho tiempo esperando en la orilla... Nada pasó. Con el frío y la tristeza calada en los huesos regresé, pensando que habría desperdiciado el momento. Y parece que no, porque ahí estabas tú.
Una sonrisa se dibujó en mi cara y besé su tierna mejilla. Jamás volvimos a hablar del tema.
Al día siguiente me trasladé a la cuadra con ella, y tras muchos meses de trabajo duro la convertimos en una bonita casa.
Le regalé el anillo de madera que un día hace varios años tallé con mis propias manos. Sólo había una diferencia, y es que en él gravé las siguientes palabras:
“Y nunca volveremos a estar solos”.
Sea.

サラ

En unas pocas letras

Querida,

Sé que siempre digo lo mismo, pero lo repito: pronto volveré a verte. Tengo tantas cosas que contarte... Y tú, como siempre, dirás que estoy loca y que no tengo razones para hacer lo que hago. Pero tú ya lo sabes, soy así porque nací así.

De pequeña alguien me contó que a los vagabundos en Edimburgo se les daba comida a cambio de que cortaran el césped de sus grandes parques y cuidaran de los cisnes de la Reina. Aún hoy, tantos años después, lo recuerdo. Fue mi primer secreto, tú lo sabes bien. Escocia, verde Escocia, cuánto significa para mí.

Al llegar, tras largo tiempo de espera, fuiste la primera a la que le narré mi desafortunada decepción, porque los vagabundos eran vagabundos, y los jardineros, jardineros. Pero hubo algo que me retuvo y no me permitió volver. Quizá las roídas piedras de sus viejas calles, el susurro fantasmal de cada closet, el sano hábito de la cerveza y la música en directo... o esos ojos verdes y su sonrisa cristalina.

Sí, aún puedo escuchar ese resoplido de me-lo-temía, y casi pude verte la cara. ¿Estuviste triste, decepcionada conmigo? Pero yo tenía que dejarme llevar, y lo hice hasta que no pude más. Me asenté en la cómoda magia de un viernes tarde infinito y olvidé mi sueño, hasta que un día el peso de las infidelidades me despertó de golpe. Era lunes por la mañana y estaba dispuesta a marcharme de nuevo: aquí anclada no encontraría lo que iba buscando.

Esa fue una época oscura, de repente desaparecí del plano astral y, como más tarde supiste, cambié de hemisferio. Me marché a un Santiago en el que no conocen la ruta Jacobea y sí el choripán. ¿Existiría aquí el vagabundo que huele como la hierba recién cortada? Llegado este punto desconfiaba tanto de mi buena suerte que me eché, sin más, a las carreteras. Conocí a muchos trotamundos y nativos que me prestaron sus chaquetas cuando me acerqué al frío hielo y que aguantaron mi mochila para que me secara el sudor en las largas horas haciendo autostop en el desierto. Y ahí me hice persona, me di cuenta que Yo era todos los viajes que había realizado y todas esas personas que se habían cruzado conmigo, e inevitablemente, había dejado atrás.

La noche que descubrí eso me sentí sola y débil porque no estabas aquí y porque, al fin de cuentas, a la única que tenía que buscar era a mí misma, porque me había perdido. Entre tanto alboroto me había olvidado preguntar si lo que yo quería era ser una vagabunda realmente. ¿Todas las personas se sentirían, aunque sólo fuera una vez en la vida, tan perdidos y acongojados?

Entonces quise volver a mi país, donde tú te encontrarías quizá mirando las estrellas en algún balcón blanco, cerca del mar. Seguro que te asustarías mucho si me acercara por detrás y te susurrara un discreto buu al oído. Pero no podría hacerlo, no ahora que había descubierto el verdadero significado del viaje. Volveré a verte, ese día está cada vez más cerca, pero aún no sé por cuánto.

El mundo en el que ahora vivo tampoco es tan malo. A veces me paseo por las calles de alguna gran metrópoli y encuentro a gente vacía que va de un lado a otro sin preocuparse por los demás, siempre tan socialmente individual que me das ganas de aborrecer a la humanidad. En cambio otros, gente mucho más modesta, es capaz de echarte una mano cuando lo necesitas aunque sea también imprescindible para ellos. ¿Y dónde me sitúo yo, querida?

Ahora estoy más cerca de ti, más cerca de mi antigua vida que nunca. Desde el lugar donde escribo esto se ve, de noche, una de las más bonitas maravillas de acero del continente. Otro hay en el continente más allá de la fosa marina, representando algo así como la libertad en un país de locos. Y yo aquí, en uno de los barrios más caros de Europa pensando en seguir viajando hasta que me encuentre por ahí.

Porque, en el fondo, la experiencia más importante y dificil de todas es llegar a conocerte a ti mismo.

martes, 3 de febrero de 2009

10. El botón

Una llamada me despertó. El teléfono en la mesita vibraba, por lo que debía ser el del trabajo. Al personal no me llamaba nadie.
- ¿Si?
- Pero hoy es…
- Sí, sé que estás al tanto de esas cosas, pero tanto para ti como para mí, trabajar un domingo es inmoral.
- ¡No, no! Vale, ya me espabilo. ¿Hasta cuándo estarás ahí?
- Ok, vale. Si no estás allí iré hasta tu casa. Perfecto. Hasta luego, jefe.
Suspiré, algo indignada. El jefe es el jefe y el trabajo para él es siempre una oportunidad importantísima. ¿Qué querrá esta vez?
Durante muchos días he estado pensativa, tanto que a mi alrededor casi todos me han asombrado. ¡Me he vuelto coherente y distante! ¿Desde cuándo era así? Pues, aunque nadie lo supiera, desde que el bolsillo de la chaqueta estaba perdido. Había tenido que comprar otro monedero e iba por ahí con el pasaporte. Pero por orgullo propio no pensaba sacarme otro DNI, porque era mi obligación encontrar ese dichoso bolsillo, y sabía exactamente dónde encontrarlo.
- Tranquila, chaquetita, que pronto te devolveré el trocito que te falta.
- ¿Quéee…? –murmuró Allen, entre dientes.
- Cariño… nada, me ha llamado mi jefe y he de ir en seguida, porque tiene una oportunidad única para mí.
- ¿Por qué no le dices a tu jefe que tienes familia?
- ¿Por qué no se lo dices tú a tu superior? Volveré antes de comer y os llevaré a un restaurante bonito, ¿vale? –le di un beso en la frente.
- ¿Tengo opción?
- Sí, sólo una: darme los buenos días e intentar dormir un poco más. Es muy pronto…
Suspiramos al unísono, pero accedió. Ducha, café, vestirme, coger las llaves, despedirme y ya en el coche la música bien alta. Suspiré de nuevo, el reloj marcaba las 7.34. Abrí la guantera para elegir un CD y un libro cayó al suelo, y de él un papelito. ¿Un papelito…? Lo abrí, y con una caligrafía alargada había escrita una dirección.
7.36… 7.37… 7.38… 7.59… 8.26…
Salí del coche y toqué al timbre de un piso normal, gris como los demás, y una puerta de barrotes negros. Barrotes, como en la cárcel. Volvía a tocar, y otra vez, y otra vez. Al fin, me abrió sin preguntar quién era.
- Séptimo piso –su voz parecía soñolienta.
Toqué suavemente a la puerta dos veces y me abrió la puerta unos ojos azules, su pecho desnudo y unos pantalones caídos y raídos. Cuando me acerqué a él, no se apartó. Su piel era cálida y suave. Me demoré con la yema de mis dedos en su torso y pronto levanté la cabeza de nuevo para besarle. Las manos se demoraron y él mientras me abrazaba cerró la puerta.
Su cama tenía las sábanas de raso rojo, calientes aún. Olían dulce y eran tan suaves… me perdí en ellas, igual que se perdió mi ropa fuera de ella, igual que mi mente, mi vida. Me hundí en rojo, negro por su pelo, blanco en su piel y azul cuando me miraba. Liberé mi alma y encontré que dentro había más cosas de las que yo imaginaba, y empecé a creer en mí. Entre movimientos de pelvis, giros y risas me fui expandiendo hasta que ya no pude más y me dejé caer, exhausta. Él también estaba como muerto debajo de mí. Me recosté a su lado y apoyé la cabeza en la parte interna del brazo.
- Tus besos son blancos, porque el blanco se descompone en todos los otros colores –se puso de lado y me besó en el hombro. Le miré a los ojos y éste acarició mi mejilla, haciendo una pequeña mueca sonriente y me dio un bocadito en la punta de la nariz-. ¡Y eres dulce!
Nos estremecimos un segundo y fui a taparnos con la sábana. De allí cayó algo al suelo. Fui a mirar y allí estaba. Era…
- ¿Tienes tú mi bolsillo?
- ¿El qué? ¿Yo tu bolsillo? ¿Cómo se tiene eso?
- Este es el botón del bolsillo de… -entonces lo entendí todo. Elías era indudablemente una parte de mí y esa era la forma en que el bolsillo me lo demostraba. La punta del iceberg, aquí me encontraba segura ante algo firme a lo que agarrarme, donde perderme y reencontrarme con unos labios. Sentía más confianza con esta persona tormentosa, de subidas y bajadas, con su propia vida anónima para mí que en mucha otra gente más cercana.
Y así, con ese sentimiento de liberación, dejé su casa. Como recuerdo de esa mañana me llevé su olor y un botón reaparecido.
10.01
En el coche suspiré. Hoy parecía el día de los suspiros. Puse a todo volumen un CD cualquiera y fui hasta mi trabajo. El jefe me esperaba inquieto.
- ¡Alma! ¡Por fin aquí! Estaba a punto de irme a casa. No sé si aceptarás, pero me gustaría proponerte la oferta más jugosa que me han ofrecido desde que trabajo aquí… y eso ya son muchos años, querida.
- ¿Y yo podré?
- Creo que, si aceptas, puede ser de las cosas más productivas que has hecho nunca.
- ¿Bueno, y en qué consiste?
- Tendrías que…

09. El color de los besos

¡Miedo! ¡Quién dijo miedo! La mitad de las historias apasionantes ocurrían en el coche. Subía la ventanilla, bajaba la ventanilla; encendía la radio, cambiaba la emisora, cambiaba de emisora otra vez, encendía el reproductor de CD, cambiaba de canción, cambiaba de CD, apagaba el reproductor de CD. En el asiento del copiloto muchos papeles, tres libros gruesos y un papelito asomando.
Nunca le ha gustado aprovecharse de su trabajo, nunca había considerado necesario mentir… pero el bolsillo seguía perdido en una montaña con ojos azules. Esa vez era una pequeña traducción piloto para un futuro cliente, todos los papeles que llegaban a mis manos no necesitaban retoques, correctores o revisiones. Mi jefe sabía con quién jugaba y esta vez apostábamos fuerte. Fue la primera excusa que pude pensar, tenía que entregar la traducción esa misma tarde, a las 18.30, puntual.
Aparqué en la puerta del colegio y el reloj del coche marcaba las 17.48. ¿Por qué hoy era tan puntual? La niña estaba con la niñera, Allen en su trabajo, y yo en frente de la verja verde. De fondo un edificio blanco. ¿Qué hago aquí? Me dediqué a toquetear el peluche en forma de rana que hay enganchado en el freno de mano. Me miraba inquisitiva y yo le sostuve la mirada. ¿Qué, no tengo derecho a ser feliz?
Toc, toc, toc.
Miro hacia el cristal que suena. Ojos azules, pelo revuelto.
- Pensé que te habías olvidado de mi café.
- Y yo de la mala memoria que puedo tener para recordar. Sube, te voy a enseñar lo dura que puede ser la vida de una mamá.
- Pero mi moto…
- Luego vendremos a por ella, tranquilo.
- Pero…
Le abrí la puerta, levanté todos los libros, se sentó como un autómata y le coloqué el peso del conocimiento encima de las piernas.
- Para que luego digan que el saber no ocupa lugar… ¡Mi casa estaría vacía! –Resoplé, miré la hora y me dirigí rauda por las callejuelas más estrechas de la ciudad-. Mi jefe no conoce el significado de la palabra ‘compromiso’ y siempre me hace lo mismo. Plazos que se acaban en la mitad del tiempo, trabajo cada vez más perfecto, palmaditas en la espalda…
Lo ojos de él pasaban del montón de papeles a mis pintas. Ese día llevaba el pelo recogido con una estilográfica Montblanc, un jersey enorme que debía ser negro y unos vaqueros medio desteñidos. Nada parecido a los días anteriores.
- ¿Irene?
- Con la canguro. Se ponen a leer horas y horas. Tengo un pacto con ella, me cuida a la niña, se inspiran, y luego yo le traduzco los libros al idioma que más le apetezca. Total, para todo lo que hay que traducir…
- ¿Entonces de ahí saca eso de los besos de colores?
- Bueno, no, eso nos lo inventamos nosotras. Para hacerte un croquis, los besos rojos son divertidos y bromistas; los naranja están llenos de fuerza para las mañanas; los amarillos son como el sol, cálidos e intensos; los verdes están llenos de vida y naturalidad; los besos azules son infinitos y suaves como una nube; los lila oscuro son para calmar la tristeza… y los besos blancos de buenas noches, llenos de tranquilidad y paz.
- ¿Y eso…?
- Ven, quiero presentarte a alguien.
Aparqué temerariamente en doble fila y le esperé. Cogí el montón de folios y entramos en una pequeña tienda que olía a libro viejo y hacía calor. Estaba todo lleno de estanterías.
- ¡Viejo Roble! Tengo otro encargo para ti.
Salió un hombre anciano de la trastienda. De verdad parece un árbol viejísimo y retorcido, lleno de arrugas y hendiduras donde podría vivir un pájaro carpintero.
- Este es Elías, un amigo. Hoy viene a hacer una visita guiada por la ajetreada vida de una mujer trabajadora.
Viejo Roble se quedó pensativo unos momentos.
- ¿Muchacho, sabrías decirme de dónde viene y qué es el ouroboros?
- El primer dato que se tiene es en tiempos de Alejandría, es decir, en tiempos de Magno en época Macedonia. Lo que no se sabe es si es una parte griega y siria. Simboliza el ciclo eterno y la constante destrucción y creación de las cosas, señor.
Arruga sus arrugadas cejas y recoge los papeles que le tiendo. Con su habitual velocidad me lo devuelve, encuadernado.
- Chico, cuídala mucho.
- ¡Yo ya sé cuidarme sola!
- ¿Y quién te ha dicho que me refiriera a ti?
Nos echamos los tres a reír y salimos de allí secándonos los ojos. Cuando llegamos al coche nos miramos por primera vez a los ojos y volvimos a sonreír. Había algo detrás de esos ojos que me habría hecho mentir una y otra vez.
- Es curioso.
- Lo conocí por casualidad, pero no he vuelto a confiar en nadie más. Es como un padre para mí. Me da la sensación de que lo sepa todo, como si él estuviera un paso más adelante que el resto de nosotros.
- ¿Y querías su aprobación?
- Bueno, más o… -miro la hora, y de repente me parece que no ha podido pasar tanto tiempo. ¡Ya llego tarde!- abróchate el cinturón o acabarás saltando por la ventanilla. ¡Ya llego tarde!
- No me extraña en ti…
En un suspiro estábamos adelantando coches, insultando a viejecitas desprevenidas que cruzaban y hombres que se creían superiores a mí por tener cola. Me gustaría saber desde cuándo los primates están por encima de los humanos. Al fin llegamos, antes de lo previsto. Salí y entré del coche en el tiempo que duraba el estribillo de una canción pegadiza.
- ¿Ya hay café?
- Sí, lo siento, se acabó el turismo. Podemos ir desde aquí al sitio que pensaba llevarte.
Salimos del coche y le llevé por una callejuela estrecha hasta una pequeña portezuela. Dentro había un recinto en madera con una barra al fondo y muchas plantas colgadas alrededor de las ventanas, como si intentaran tocar el sol. Nos acercamos a un rinconcito con un par de asientos recubiertos de cómodos cojines. La mesa de madera maciza estaba tatuada por algún jovenzuelo enamorado e imprudente, pero le daba personalidad al mueble.
- Este sitio lo encontré hace mucho tiempo, el día que vine a hacer la entrevista de trabajo. Para no variar, me perdí y por poco llego tarde, y por casualidad llegué aquí. Me gustó tanto el sitio que le… pedí prestado… una tiza a una niña y empecé a hacer una línea desde aquí hasta la puerta del trabajo, para volver cuando hubiera acabado. Me dieron un texto de prueba y me vine a traducirlo aquí, y creo que fue este ambiente el que me inspiró. Le estoy muy agradecida.
- Hoy he descubierto muchas cosas curiosas. Todo a tu alrededor está lleno de momentos claves, ¿cierto?
- Deja, deja de hablar de mí. ¿Qué te gusta? Me ha sorprendido mucho que supieras lo del ouroboros. Nunca había llevado a nadie allí, sólo a Irene, y a ella creo que también le hizo una pregunta. Cuando le contestó le regaló una piruleta, pero nunca me quiso decir nada.
- Tienes una hija muy lista. La historia es una pasión que llevo dentro desde hace años, pero mi verdadero hobby son los coches y las motos antiguos, aunque nunca he pensado en comprarme nada así. Sólo tengo una moto porque no necesito más, y tampoco me gustaría tener la responsabilidad de que le pasara algo a mi acompañante.
- Creo que una moto da individualidad a la persona. Cómo se nota que no tienes nadie a quien cuidar… Te envidio.
La camarera se acercó muy bien puesta. Era guapa, tenía una voz dulce y un escote tremendo y sugerente. La chica, ya fuera por aburrimiento o por verdadero interés, prestó mucha atención a Elías. Yo los miraba, buscaba los ojos de ambos y creí que me saldría un líquido corrosivo por la boca cuando pronuncié ‘un té de papaya’. De repente no quería mirar, no podía mirar. Me mareaba. Me levanté y creo que murmuré unas palabras incoherentes.
La cabeza me daba vueltas y no era consciente de lo que hacía. ¿Pero qué me pasaba? Ellos no tenían niños, ni compromisos. Seguro que ella tiene una preciosa moto que enseñarle, y él… él tiene un par de ojos azules, una sonrisa bonita, un cuerpo equilibrado, un aire despreocupado y misterioso.
¿Pero qué me pasa?
Toc, toc, toc, toc.
- No queda té de papaya, Alma. ¿Estás bien?
- Sí, tranquilo. ¿Puedes decirle a nuestra sugerente y joven amiga que tomaré un café largo?
Estaba apoyada en el lavabo, con la cabeza gacha, y el pelo del flequillo empapado de agua. Hasta ese momento nunca imaginé lo estremecedor que podía llegar a ser una yema fría de un dedo alzándome el mentón hasta unos intensos y azules ojos. Quitó el pelo de mi cara con sumo cuidado, como si fuera yo una pieza de porcelana china.
- No seas tonta…
- Siempre lo he sido –murmuré. No sabía bien si debía dar un paso adelante o atrás, mantener una distancia. Él agarró mi mano y salimos del baño hasta nuestra mesa. Estaba confusa y su piel estaba cerca de la mía.
Me ayudó a tomar asiento y fue atento y cordial. Cuando volvió la chica ni siquiera le dirigió una mirada y ella se fue bastante indignada, pero yo creo que cogí un poco de color, y él se percató. Charlamos mucho tiempo de forma tan coherente que acabé asombrada. En los últimos meses había perdido toda la credibilidad como ser humano que podía haber adquirido a lo largo de los años, y parecía que en este café volvía a retomarme como persona.
De repente una frase de una película golpeó mi cabeza: ’me hubiera gustado tanto ser amado, que amo’. Era un director francés, lo recuerdo; la película era del 63. ¿Pero cuál era su nombre? Parecía que, fuera como fuese, estuviera resumiendo mi vida desde siempre. ¿Y por qué tenía que acordarme ahora, frente a esta persona tan seductora?
Se hizo la hora de volver. Llegamos al colegio y nos acercamos a su moto. Encendió el motor y me miró.
- Supongo que mañana iré a por Irene –le di un beso en la mejilla y sonreí un poco-. Sólo podrás volver a verme si adivinas de qué color es este beso. Recuérdalo bien.
- Buenas noches, Almita.
- Buenas noches a ti también, Elías.
Se subió a su moto y vi alejarse. Era de noche, cierto. El reloj del coche marcaba las 22.04, una hora comprometida para alguien que sólo ha ido a entregar un trabajo. ¿Y ahora cuál era la excusa?
Llegué a casa en un suspiro. La llave hizo demasiado ruido y creí que despertaría a medio planeta con su maldito crujidito. La entrada olía a comida y había ruido en la cocina. Me acerqué allí y Allen me miró sentado en la mesa.
- No sabía dónde estabas.
- No te preocupes -le di un beso en la frente-. He estado un poco ocupada. ¿Qué tal tu trabajo?
- Cansado, tengo muchas cosas que hacer también. Irene está ya durmiendo, ha cenado una tortilla francesa y la he duchado. Ha sido muy buena.
No pude mirarle a los ojos mucho rato. La cocina estaba casi toda recogida; pasé al comedor, al baño y a nuestro cuarto, como reconociéndolo. Después abrí la puerta de la niña y me senté en el borde. Estaba tan guapa, tan dormidita… Le quité el pelo de la carita y le di tantos besos como pude. Mi niña, mi amor, mi existencia entera se resumía a su sonrisa.
- Para ti, mi pequeño bebé, un beso blanco y puro, como tú. Buenas noches cielo.
Me fui a dormir sin siquiera quitarme la ropa. ¿Pero qué estaba haciendo con mi vida? Allen se asomó al cuarto y me encontró allí tirada. Suspiró, de esa forma que sólo una persona cansada puede hacer. Yo me hice la dormida porque me dolía el pecho, me dolía mucho el corazón. Con cuidado me puso el pijama y me tapó.
- A veces eres tan esquiva, cariño… Pero toda mi vida gira y acaba en ti.
- Fuego fatuo. ¿Conoces esa película? Su director es francés…

08. En serio, soy profesor

Hay que ver cómo las pasa el pobre Coyote, chico, creo que no he visto a nadie con tanta mala suerte en la vida; se pasa todos y cada uno de los episodios que veo persiguiendo al Correcaminos, una especie de mezcla entre avestruz y pájaro loco azul, y con un monosílabo que emite dos veces como máxima expresión fonética, “bip bip”.

¿No hay nada más que comerse en el desierto? ¿Y de que se alimenta el correcaminos entonces? ¿De cactus? El Coyote podría hacerse vegetariano, o algo así, las facturas médicas se las ahorraba, al menos.

De repente me doy cuenta de que estoy como atontado mirando a la pantalla desde detrás de la sala, algunos padres con demasiadas ocupaciones se han dejado a sus niños, como siempre, después de que haya terminado la hora de comer, y como había que limpiar el comedor, me los han encasquetado. Mi ideal perfecto del tiempo que pasa entre la comida e ir de nuevo a clase no es precisamente ver películas de dibujos animados, pero bueno, que remedio, intentaré disfrutar todo lo posible de los golpes y los mamporros a personajes de ojos saltones, y de paso, del café extremadamente aguado que me acabo de llevar de la cocina.

Van pasando los minutos, llega algún padre o madre a recoger a sus descendientes, no soy del subtipo “profesor maruja”, pero se me hace muchísimo más interesante la tarde fijándome en las caras, los gestos, las excusas, y las “pintas” en general de cada padre, madre y otros elementos familiares que pasan por aquí.

Tenemos a una mujer cincuentona, demasiado arreglada como para venir simplemente del trabajo, pelo hasta arriba de laca, uñas largas pintadas, y ropa de colores chillones. Me dice que se le ha hecho demasiado tarde, que se estaba ocupando de otros asuntos, me pregunta por cómo va su hijo en clase, y de paso por cosas sobre mi trabajo y mi rutina que no deberían importarle, claro, otros asuntos y una mierda, señora, usted ha perdido el tiempo arreglándose más de la cuenta, para una maldita vez que sale de casa.

No se lo digo, por supuesto, tampoco le digo al ejecutivo sudoroso que llega después que apesta a ídem, ni a la hermana mayor adolescente le digo que se le ve el escote demasiado para que sea sano pasearlo en un colegio de primaria.

En cambio sí le doy indicaciones al abuelete que se ha perdido de camino al cole, y saludo a mi compañera de trabajo, otra profesora del centro, que tiene a su hijo en mi clase. Le digo que el muy cabroncete se dedica a jugar a pelearse, y como es más corpulento (está mal decir “gordo” a una madre, recordad) que los otros chicos, siempre tiene ventaja.

Y ya pasa una hora, joder, no me dará tiempo de irme a casa, la película se está acabando y nadie ha venido a buscar a Irene.

- ¿Mamá está muy ocupada hoy?

Me hace un gesto con la cabeza, creo que está más desorientada que yo, por lo menos, como está viendo la película entretenida no tiene noción del tiempo que ha pasado. Sé de muy buena tinta que de los niños se asustan ante estos pequeños “abandonos”. Pienso en Alma, su madre debe estar liada en el trabajo, o en alguna cosa, porque ya van varios días que esta pequeñaja se queda la ultima en el comedor, hoy incluso se esta acabando la película y aún no ha llegado.

Vamos al patio, le dejo agarrar una pelota y me pongo en una de las porterías de los “niños grandes”, en la zona del patio donde ella y los demás chicos de su clase no pueden jugar (básicamente, porque no les dejamos por miedo a que se lleven algún balonazo), y le digo que chute a la portería, que yo intento pararlas. Jugar en el patio de los mayores es un privilegio que pocos niños tienen hasta que ellos son los que se hacen mayores, claro está, y cuando ocurre eso suelen dedicarse más a tontear entre ellos y fumar en los baños o en los rincones a escondidas que a jugar en el campo que tanto han deseado. Así que éste siempre está completamente desaprovechado, lo que es una lástima, porque son unas porterías realmente buenas.

Irene chuta, y yo hago como que paro las pelotas, dejo que entre alguna primero, para darle confianza, y luego muchas más, de repente sólo paro uno de cada cuatro o cinco balones que me lanza; ella, por supuesto, ríe y dice que “soy muy malo y torpe”.

En una de las veces que le devuelvo el balón me fijo en una figura que mira desde hace un ratito desde la verja. Es Alma con un traje negro, falda y chaqueta, un aspecto muy formal, muy sobrio. Aunque tiene algo en la mirada y en lo alborotado que lleva el pelo que me indica que ha tenido un día ajetreado.

Justo en ese momento Irene esta chutando, y fijándome en su madre, que tiene ahora mismo ocupada mi vista y atontados mis otros 4 sentidos, no reparo en absoluto en el balón, que pasa a mi lado, sin darme cuenta esta vez que me han metido un gol en serio.

Le hago señas a la niña, y ésta corre con sus piernecitas hacia su madre, hacia la verja; mientras yo coloco la pelota en su sitio y camino a pasos largos, pero más lentos, hacia ambas.

- Eres realmente malo con el balón

“No te jode, encima eso”. Estoy por reprocharle que tarde más de una hora en venir a buscar a su hija desde que los niños salen del comedor, pero algo me dice que no se lo merece, y tampoco soy de ese tipo de persona que echa las cosas en cara. Me conformo fijándome en los detalles.

- Es que Irene es muy buena jugando al fútbol, no he podido parar casi ningún balón

La niña en ese momento le susurra algo a su mamá, que se inclina y se ríe tontamente, mujeres y secretitos, creo que son las dos cosas que más me sacan de quicio en este mundo, bueno, eso y el servicio de correos.

- Dice que te has estado dejando ganar, tiene cinco años, pero no es tonta, Elías.

- Vaya, y yo que tenía asumido que nadie se daba cuenta nunca de eso.

- En cualquier caso perdona el retraso, el trabajo, el coche, la gente, todo son obstáculos hasta llegar a mi pequeñaja. – Le hace un gesto a la niña y esta cruza la verja y se va hacia el coche – Anda, vámonos Irene.

- ¿Madre soltera?

Alma asiente con la cabeza, de repente las ganas de decirle lo mal que está llegar tarde se esfuman, y me inunda una pequeña tristeza por ver a alguien ocuparse de criar a un hijo solo, por eso no quiero tener hijos jamás, por si yo, o su madre (que de momento no existe), nos tuviésemos que encargar de él sin ayuda.

- Bueno, no te preocupes, yo siempre me quedo aquí hasta tarde, y cuando no estoy los encargados del comedor siempre suelen quedarse con los chavales. Así que tómate tú tiempo, que tu hija está en buenas manos y entretenida siempre.

- ¿Y quién garantiza la seguridad de su mamá? Si no consigue tiempo ni siquiera para tomarse un café con algún apuesto chico de ojos azules.

Odio estas invitaciones tan directas, de repente me pone en un compromiso, y soy profesor, el de su hija además, por el amor de dios. Aunque también es verdad que parece que haga años que no hablo (y otras cosas) fuera del trabajo con una mujer ¿O es que de verdad han pasado años y mi único contacto con el sexo opuesto es hablar entre clases con las compañeras de trabajo?

- Salgo a las seis de aquí, y adoro el café… siempre que no esté aguado.

Me guiña un ojo y va hacia el coche. Irremediablemente, y aunque no me guste ni suela hacerlo, me fijo en sus andares y en su figura. No se cómo puede alguien ver a través de mí como profesor, de mi barba descuidada de tres días, y mis pintas de no haberme arreglado como es debido en meses (mis vaqueros desgastados suscitan comentarios hasta en la dirección del centro, se rumorea), pero bueno “A caballo regalado…mírale el trasero embutido en una falda negra”.

jueves, 27 de noviembre de 2008

07. Aúnnotengoniideadeltítulo

Hoy tenía prisa, y hoy tenía que ocurrir. Los coches estaban parados en medio de la calzada, uno detrás de otro. No había escapatoria. El único ruido eléctrico era la música, que sonaba con toda su dureza. Cuando iba en coche y pasaban cosas así olvidaba todo el estrés que pudiera llevar encima, sintonizaba con alguna emisora donde pusieran con regularidad clásicos como Limp Bizkit o Sistem of a Down y me introducía de lleno en la música. Dudo mucho que alguien que no me viera en esa situación creyera que una mujer tan profesional y sobria llegara a desmelenarse de esa manera, cantando a todo pulmón.
Pero entonces ocurrió. La música dejó de sonar y como respuesta a esto un humillo negro empezó a emanar del capó. What the fuck!? De forma misteriosa todo acabó. Fue como un ataque al corazón, rápido y certero. Y yo en medio de la ciudad, con las llaves de un trasto inservibles y preguntándome si alguien me daría algo por ellas. Aunque fuera una chapita de la suerte, no sé.
Ante la perspectiva de quedarme atascada y dentro de las tripas de un ente muerto, decidí idear el plan B que nunca se me pasó por la cabeza preparar. ¿A quién se le ocurriría que la máquina fiel se fuera al carajo? Escarbé en el bolso a ver si encontraba una alfombra voladora, pero en contra de lo que dicen las leyendas urbanas, los bolsos de las mujeres no tienen un espacio infinito dentro. En el mío sólo había una cartera negra, de piel, que me regalara Allen por mi cumpleaños, y una minúscula agenda. Esta última la descarté como artefacto para la elaboración del nuevo plan, y me centré en la cartera. Llevaba dinero… ¿se podría hacer algo con ello? A lo mejor si frotaba un billete de diez euros salía un genio y me concedía tres deseos. ¡Deseos! Al final lo único que me vino fue otra idea: ¿y si con el dinero compro un billete de autobús? Resultará que soy inteligente y todo…
Salí con el dinero en el bolsillo de la chaqueta, cerré con llave y me acerqué a pie a la parada de bus más cercana, a un par de manzanas preguntando. En realidad habría llegado antes, porque la tenía en frente de mis narices, pero no estoy acostumbrada a la fauna de las calles y al principio fue difícil hacerse entender con ellos. Sólo era cuestión de hablarles en el mismo idioma, despacito, nada de gruñidos y golpes en el pecho como intenté. Eso me pasa por dejar que los prejuicios guíen mis pasos.
- Oiga, perdone, ¿sabe cuánto tardan los buses en llegar al centro?
- Un cuarto de hora más o menos, desde aquí.
- Ah, ¿y hace mucho que pasó el anterior?
- Unos veinte minutos, calculo.
- ¿¡Veinte minutos!? ¡Pero si me ha dicho un cuarto de hora!
- Tardan un cuarto de hora, pero el bus pasa cada media hora.
- ¡Fraude! ¡Estafa! No se haga el inteligente conmigo, señor mío, porque soy una mujer trabajadora del s. XXI, madre de casa y mujer de…-empecé a argumentar, muy convencida y altanera, hasta que un coche pasó demasiado cerca de la acera y me dio un buen susto-. ¡Asesino! ¡La voz de las mujeres no podrá ser callada jamáaas!
Como si me hubiera caído una piedra encima, descubrí que estaba siendo observada como si la única primate en toda la ciudad fuera yo, y eso me hizo sonrojar. ¿Tan poco protocolaria era en la vida común?
Entre unas cosas y otras llegó el autobús. Me rezagué un segundo para ver cómo se hacían esas cosas. Parecía sencillo, ponías el importe encima de la mesita del conductor y él te daba un ticket blanco y tu cambio, entre gruñidos y malas miradas. Estos sí se comportaban así, era inconfundibles. Por fin podría probar mi dominio del idioma.
Subí la última por la portezuela mágica, que se abre y cierra con un botón, como si fuera una extremidad y el hombre su corazón. Magnífica metáfora. Antes de enfrentarme al jefe del grupo me dispuse a sacar el material con el que comerciar mi viaje en carroza. Bendita sorpresa cuando la mano no conseguía introducirse en el bolsillo de la chaqueta. ¿Se habrían pegado los extremos? ¿Habría cambiado de posición la abertura?
Cansada de rebuscar entre la tela, miré hacia abajo. Era una chaqueta lisa, de cuello alto y botones grandes. La característica que la hacía única es que la abertura estaba ladeada, en vez de ser recta, por lo que concebía un aire de incontrolable originalidad dentro del conjunto serio y coherente. Ahí estaba el bolsillo izquierdo, correcto; y ahí estaba… estaba… no, ¡no estaba! ¿Y qué hago sin bolsillo?
Me quité el abrigo, algo asustada, y empecé a buscar por todos lados. Había muchos ojos observando la escena, y parecían asombrados.
- Señor conductor, creo que se me ha perdido el bolsillo por algún lado. Le cambio el billete por… por…-rebusqué y en el izquierdo encontré las llaves del coche-, por… las llaves de mi coche estropeado.
- ¿Crees que tengo tiempo que perder con chiflados como tú? ¡Ya me he retrasado por una tontería!
- Mire, señor, le aseguro que yo tengo más prisa que usted, debí llegar hace media hora a la escuela, pero había un atasco, el coche me dejó tirado y en el bolso de una mujer no caben alfombras voladoras. ¿Cree que tengo el problema de que, encima, me haya desaparecido el bolsillo con el dinero? Aquí nadie me tiene que echar de ningún lado, porque antes me mojo los zapatos que compartir el mismo aire con primates maleducados y obtusos como usted. ¡Buenos días!
Y qué decir que en los siguientes veinte segundos tuve que comerme mis palabras, una a una. Los primeros cuatro coches salpicaron mis zapatos como si de una diana se tratara -…antes me mojo los zapatos que…-, y mi sentido de la orientación se vio mermado hasta el infinito sin la voz artificial de la mujer que habita en el GPS -…en el bolso… alfombras voladoras… primates maleducados… ¡buenos días!-. Me armé de valor, aunque tenía un terror atroz a moverme y crear un vórtice espacio-temporal que llevara a la humanidad al caos absoluto. Bueno, en realidad el resto de seres vivos me daban igual, no quería que le pasara nada malo a mi hija. Pero si ponía en la balanza que la niña acabara licenciándose en la guardería porque su irresponsable madre no fue a recogerla un día, o desencadenar el Apocalipsis... Probemos.
Pude despegar los pies del suelo, pude preguntar y pude llegar casi una hora tarde. Estaba todo dentro de las posibilidades. Cuando llegué a la puerta me daba vergüenza entrar. ¿Y si Lourdes, la profesora, estaba esperándome con el látigo en la mano? No podría contar todo lo ocurrido con claridad y seguro que me ponía nerviosa y empezaba a hablar de abducciones alienígenas y crustáceos. Todo el mundo considera que tengo unos recursos muy extraños para evitar las responsabilidades. Yo ya no sé qué pensar, porque a mí me parecen raros ellos.
‘Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma’. ¿Por qué todos los refraneros tienen razón? Yo me había convertido en una especie de profeta al que nadie podía ponerme cara, pero que se sabía a ciencia cierta que portaba barba y pañuelo, y un chico de ojos azules que acechaba tras la verja era mi montaña. Muy atractivo, por cierto.
- Perdona, ¿eres la mamá de Irene?
- Yo… sí. Siento el retraso.
- No te preocupes, la princesita y yo nos hemos estado entreteniendo con las letras, ¿verdad?
- ¿No es un poco joven como para que le enseñen esas cosas? ¡Aún le quedan muchos años para pensar en hipotecas!
Se rió. Las carcajadas sonaban cristalinas y sinceras. ¡Pensaba que era un chiste! ¿Qué tipo de paralelismo puede haber para que le cause tanta risa? Estaba medio indignada porque no lo entendía, pero su alegría se pegaba como esa sustancia adiposa que tanto nos desagrada a las mujeres cuando nos hacemos viejecitas. La niña al escucharnos se asomó a la puerta, nos vio, y salió corriendo a abrazarme.
- ¿Qué tal está la niña más bonita del mundo?
- Quien a los suyos se parece…
- Eso dicen, Lourdes. Tú tampoco estás nada mal así.
- Jaja, no, señora. Yo soy el profesor encargado de la hora de comer. Me llamo Elías.
- Ya me parecía a mí. En fin, yo soy Alma. ¿Y el comedor es sólo para niños? Porque menudo privilegio tienen.
- Yo hago todo lo que puedo porque estén a gusto. Casi ningún niño se acostumbra al comedor de la escuela, pero nosotros intentamos estimularlos para que comer cada día sea toda una aventura.
- Sí, puedo entender eso del estímulo…
-¿Qué?
- No, nada, que yo ya me voy. Tendré que volver de vez en cuando a llegar tarde para reírme un rato, hoy he tenido un día realmente estresante.
- No lo dude, nos divertiremos.
- No lo dudo. Adiós.
- ¡Hasta la próxima!

Volvía a estar en la calle, en la misma parada de autobús. Miré el reloj, el tic tac era audible pero la esfera no tenía manecillas. ¿Qué le pasaba? Pregunté a tres personas que había allí la hora, pero nadie quiso contestar. ¡Y luego soy yo la rara!
Desabroché la correa e instintivamente fui a meter el reloj en el bolsillo, pero allí no había nada. ¿Otra vez? ¡Me toman el pelo hasta en sueños!
Levanté la cabeza y de repente todos llevaban una chaqueta igual que la mía; hombres, mujeres, niños, perros e incluso el poste que señalizaba la parada del bus. No, eran casi iguales que la mía, porque aparentemente ninguna tenía bolsillo. Entonces, de golpe, hubo una pausa y los pájaros se pararon en el cielo, los coches dejaron de tocar las bocinas y la mirada de las personas se paralizó. Cuando el mundo recobró la vida todos señalaban hacia el final, hacia lo que parecía una montaña con un par de ojos azules, grandes. Se oía una risilla de fondo, y en la cima –daba igual lo lejos que estuviera, lo podía ver con total claridad- había un maniquí con mi chaqueta.
Me desperté envuelta en sudor. Estaba sola en la inmensa cama de matrimonio, para no variar. Me levanté y abrí el cajón de la mesita. Dentro había una autorización para que el alumno se quedara en el comedor de la escuela. Suspiré y empecé a rellenarlo, lentamente.
Si la montaña no viene a Mahoma…

サラ.

06. Ley de vida

- ¿Sí?
- ¿Es usted Alma Asorey?
- Sí, soy yo.
- Le llamo desde el Hospital General. ¿Conoce a Alesia García?
- Es mi madre. Hace años que no la veo.
- Ha tenido un accidente y está muy grave. Siento comunicarle esta terrible noticia.
- Déjate de adjetivos. Gracias por notificármelo.
Y colgué. Éste era uno de esos casos prototípicos y peliculeros en los que los protagonistas salen corriendo, pero a mí me pasó lo contrario. Necesitaba reflexionar, una buena ducha.
Me metí en el cuarto de baño no sin antes echar una ojeada por la ventana y preparar una cafetera, como cada mañana. Estaba a punto de despuntar el día, debían ser las 6. Buena hora.
El agua fría despertó cada célula. Poco a poco fue calentándose y volví a respirar. Me daba la sensación que la cabeza estaba humeando, había llevado una noche agotadora con una traducción. Un personaje estaba empeñado en hablar de la migración de los cangrejos australianos a aguas del Mediterráneo, cosa de por sí imposible, utilizando mil tecnicismos, la mitad de ellos inventados a partir de la pronunciación del verdadero. ¿Cómo podía haber escritores tan locos? Qué noche tan extraña.
Alguien abrió la puerta.
- Buenos días cariño. ¿Te dio tiempo a acabar?
- Un poco ajustada pero sí. Ha sido un trabajo muy duro.
Una mano se coló por una rendija de la mampara y se posó en mi cadera. Tras ella fueron unos labios que se posaron en los míos. Fue un beso húmedo y prolongado que me ayudó a despejar la neurona. Pasé los brazos por su cuello y lo atraje hacía mí. Vestido se metió en la ducha conmigo y me envolvió con sus brazos.
Agua, vaho, calor.
- Tengo dos noticias que darte.
- ¿Buenas o malas?
- Elige, A o B. ¡Encárgate tú de valorarlas!
- B.
- Mi madre ha sufrido un accidente y está en el hospital…
- ¡Eso es terrible!
- Eres la segunda persona que pronuncia esa palabra hoy. Dejad las valoraciones para otro momento, por favor. Aún no he acabado siquiera la ducha de la madrugada y ya estáis traumatizando el día.
- ¡Tenemos que ir a verla! Voy a llamar ahora mismo al trabajo que hoy no iré.
- ¿Tenemos?
- Oh, cariño, sabes que adoraba a tu madre, aunque la viera pocas veces antes de que os pelearais.
- Ya, bueno. Yo tengo que ir a entregar el libro a la editorial.
- ¿No puedes dejarlo para otro momento?
- Les pedí una semana de asueto porque era imposible traducirlo con tanta prisa y lo aceptaron. Me pueden hacer un favor una vez, pero no puedo permitirme un retraso más si quiero seguir conservando mi fama.
- Lo entiendo. Voy a llamar ahora mismo para avisar que no voy a ir.
- Bien. Yo acabaré de ducharme.
Al fin el día había tomado una definición. Sería agrio y pesaroso. El cansancio empezó a acumularse en mis párpados, llevaba una semana de perros con la maldita novela y ahora esto. Sólo me apetecía dormir tres días seguidos.
Cerré el grifo y mojada y desnuda, fui a la cocina. El café ya estaba frío por lo que lo metí en el microondas unos segundos. Esperé allí a que la taza se calentara, llenándolo todo de agua. Al principio esta manía casi escandalizaba a Allen, pero se fue acostumbrando.
Saqué la taza y me fui al vestidor. Falda negra, camisa blanca ceñida a la cintura y unos zapatos con un poco de tacón. Muy sobria. Puse a imprimir las quinientas hojas y acabé de retocarme y secar el pelo. El secreto para parecer bella es poco maquillaje y natural.
- ¿Has cogido las llaves de casa?
- Sí, ya lo tengo todo.
Bajamos al garaje y se encendió la radio. Permanecíamos en completo silencio mientras las notas de una típica canción del verano llenaban el espacio. Estaba concentrada en conducir y no la presté atención hasta que él cambió de sintonía.
- ¿Te encuentras bien? Odias esa canción y no la has cambiado.
- Ni he prestado atención, la verdad. Hoy hay un tráfico terrible, ¡voy a llegar tarde!
- ¿Seguro que no estás así por el accidente?
- Los cangrejos australianos han migrado a mi cabeza, me encuentro incapaz de pensar en nada.
- ¿Cangrejos australianos?
Paré el coche delante de una pequeña papelería. Si no fuera porque sabía dónde estaba habría pasado de largo por completo.
- Vuelvo ahora, dejo el coche encendido.
Puse ambos intermitentes y bajé con el paquete en el que estaba la novela. En cuanto entré unas campanitas sonaron en la trastienda y se asomó un hombre con gafas enormes. Era muy mayor, lleno de arrugas.
- Buenos días, viejo Roble. ¿Puedes encuadernarme esto?
- Hola joven Caos. ¿A qué nivel de velocidad lo deseas?
- Faster than Light, please.
- Right now!
Contemplé el lugar con cariño. El olor a hojas, libros viejos y fotocopiadoras calientes se mezclaban en este lugar. Recuerdo que eso fue lo que me atrajo dentro por primera vez, el mismo día que empezó la dichosa manía de encuadernar los trabajos antes de entregarlos. Pulcro, fue mi primer éxito como traductora, y desde ese momento siempre he vuelto aquí al acabar cada libro.
A los pocos minutos volvió. Tan eficaz como siempre.
- ¿Pronto podré comprarlo?
- Supongo que sí, según lo que se demoren allá. Ha sido un trabajo especialmente difícil, espero que disfrutes su lectura. ¿Cuánto te debo?
- Vete o llegarás tarde.
- Gracias viejo –sonreí por primera vez en el día. Qué persona tan adorable, era casi como mi padre.
- ¿Se lo has contado ya?
- No he tenido tiempo, te mantendré informado. ¡Adiós!
Volví y me puse en marcha. No volvimos a hablar hasta que dejé la novela en la editorial.
- ¿En qué hospital está?
- El chico me llamó desde el Hospital General.
- ¿No sientes nada?
Le miré fijamente, a los ojos. Me sentía adulta, serena. Acababa de entregar un trabajo bien hecho y estaba tan satisfecha como cansada. No tenía nada pendiente.
- La noticia A es que vas a ser padre.
Sé que no era el momento para decirlo ni tampoco era la respuesta que esperaba recibir.
- ¿Qué? Pero… ¡Eso es maravilloso! ¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo?
- Fui al médico el otro día y me lo confirmó.
El resto del viaje fue en completo silencio. Su cara cambiaba de felicidad a desánimo y de desánimo a felicidad aleatoriamente, parecía tener un debate interno importante. La música seguía sonando y yo no era capaz de nada. Dentro había una completa y absoluta calma. Terrible, era como si me hubieran anestesiado y le hubieran pasado mis sentimientos. Estaba a punto de preguntarle si se pondría a llorar o a reír a carcajadas cuando llegamos, y creí más prudente callar.
- ¿Te dijo en qué habitación estaba?
- No, le colgué.
- ¿Por qué?
- ¡Dijo que era terrible!
Suspiró. ‘Es incorregible’, debía estar pensando. Bueno, eso es cierto. Lo soy.
- Ve a aparcar, voy a preguntar dónde está. Nos vemos en recepción.
Me acerqué para recibir un beso pero sólo escuché como la puerta se cerraba. Me tocaba suspirar a mí. ¿Acaso tenía yo la culpa de todo lo que pasaba? No, joder, no fui yo quien ‘esperaría tranquilamente’. Yo quería hablar y solucionarlo, como siempre. Ella tenía suficiente con su nueva vida, suficiente como para darme la espalda aunque yo la necesitara. Al fin y al cabo, ‘ella no podía hacer nada por mí’.
Un stop, frené. Una sacudida y un sonido. Mi cabeza golpeó el volante con relativa fuerza.
Me sentía aturdida, miré a ambos lados y como no venía nadie seguí recto, ahí delante había un hueco libre. Aparqué a la primera y cuando iba a cerrar el coche me percaté del golpe en la parte trasera.
- ¿Cuándo mierdas me han pegado ese golpe? Joder, y no dejaron ni el número de teléfono. Qué hijos de puta. Como mínimo he tenido suerte y he aparcado en frente de la puerta…
Le di una patada a la rueda, frustrada, y fui hacia la puerta. Allí estaba esperándome Allen. En cuanto me vio corrió hacia mí escandalizado.
- ¿Pero qué te ha pasado? ¡Menudo golpe que tienes, cariño!
- ¿Golpe…?
Me toqué la mejilla. Era cierto, estaba tan hinchada que ni siquiera podía abrir el ojo izquierdo. ¿Cómo no lo he notado?
- Joder, joder, joder.
- ¡Lo siento, lo siento de verdad! -alguien venía corriendo, una mujer de unos cuarenta años con el pelo muy largo y rizado. Parecía azorada, preocupada-. Estaba discutiendo con mi ex marido y no vi que frenabas.
- No es nada. Por poco me quitan el sitio.
La contestación los descolocó, pero me había salido tan natural… Se miraron, noté su desconcierto.
- Discúlpela, le han avisado que su madre ha tenido un grave accidente y está algo perturbada por la noticia. Déme su número de teléfono y otro día la llamo para arreglar los papeles del seguro.
- Lo siento otra vez. Tenga mi tarjeta, le apunto detrás la matrícula de mi coche. No dude en llamarme pronto, por favor. Que no sea nada.
Y se esfumó. Yo había estado escuchándolos, llenando mi mente de palabras protocolarias para darle las gracias por su preocupación, pero no conseguí despegar los labios. Sólo miraba con curiosidad, hecho que empezó a preocuparle.
- ¿Pero no te diste cuenta de nada?
- No… -seguía tocándome la mejilla, como si intentara comprobar que de verdad había ocurrido.
Sin previo aviso me abrazó muy fuerte. Respiraba entrecortadamente.
- Prométeme que te vas a cuidar, ahora más que nunca. Tienes doble responsabilidad, tienes que dar a luz a un hijo sano, y tampoco quiero cuidar a un bebé yo solo. Te quiero Almita mía.
- Te… te lo prometo.
Me dio la mano, entrelazando nuestros dedos y me llevó adentro. Una enfermera se acercó a preguntarme qué había ocurrido, y él le contestó que no había sido nada, que me trajeran un poco de hielo. Al instante estaba sujetando un trapo con algo frío dentro. ¿De dónde vendría este hielo? Quizá lo había traído un cangrejo australiano desde el Antártico.
Por estúpida que pareciera la idea, me tranquilizó.
- Está en la habitación 411, planta cuatro. El ascensor… sí, ahí está.
Subimos con mucha gente, nadie dijo nada. Cuando sonó el ‘clin’ de la tercera planta, todos salieron casi corriendo y nos quedamos solos. Me estrechó más contra él como si pensara que yo también estaba enferma. Le miré con curiosidad y me la devolvió. Fui a hablar, pero tenía los labios también hinchados, y casi no pude entreabrirlos.
‘Clin’. Cuarta planta.
Ahí estábamos, por fin, y me volví a dejar llevar por su mano segura. Un par de puertas a la derecha estaba el número 411 escrito en letras negras sobre un cartel blanco impecable. Olía a alcohol, a limpio impoluto.
Tocó a la puerta con los nudillos y un hombre con bata blanca la abrió desde dentro. Todo blanco, blanco, blanco, blanco. Un lienzo sobre el cual escribir, pintar, traducir…
- Venimos a ver a Alesia.
- Pasen, por favor. ¿Familiares?
- Ella es su hija. ¿Cómo se encuentra?
- Está grave. Tiene lesiones internas, tres costillas rotas y la pierna y la muñeca derecha rotas, además de todos los golpes y magulladuras.
- ¿Cómo fue?
- Ella y un hombre iban conduciendo y chocaron contra un coche en dirección contraria a 160km por hora. Es un milagro que ella esté viva.
- ¿El compañero y el conductor del otro coche están…?
- Sí, han fallecido.
Volvía a pasar lo mismo que antes, buscaba unas palabras dentro del protocolo que pudieran expresar algo, aunque fuera simple interés. Al parar de hablar me miraron esperando que dijera eso que andaba buscando. Esta situación me presionaba y me puse nerviosa. Tosí y me dolió el golpe como nunca.
- Pobrecita… Lo siento mucho, de verdad.
¿Ni siquiera un ‘gracias por todo’? ¡Habla, habla! Pero nada, era imposible. Estaba demasiado concentrada en la cara del médico. ¡Qué blanco iba! Recorrí de arriba abajo su indumentaria muy descarada. Ambos se quedaron asombrados, pude volver a notarlo. Entonces me fijé que llevaba bordado un pequeño cangrejo en el bolsillo del pecho con un sombrero playero y una tabla de surf en una pinza.
- Un cangrejo australiano.
El día empezaba a ser de lo más surrealista.
Sonrió y me tocó el hombro, apiadándose de mí.
- ¿Puede venir conmigo fuera, por favor? –se dirigía a Allen-. Quizá… necesiten estar a solas.
Buena excusa Licenciado. ¿Sugerirías a mi pareja que me encerrara en un psiquiátrico o que me ayudara a dejar las drogas? Todo por mi seguridad, por supuesto.
El hecho es que me dejaron sola, a Allen se lo llevó un poco a regañadientes. Quería quedarse conmigo. Cuánto le quería.
Cuando cerraron la puerta me puse a contemplar los cuadros de la sala. Había una foto enmarcada de una playa desierta, muy típica de una agencia de viajes, y otra del monte Fuji en Japón. Busqué a Wally en ambas fotografías y al comprobar que no estaba posé la vista por primera vez en mi madre.
Mi primera impresión fue que tenía muy mala cara. Toda magullada, escayolada, con una máscara que le tapaba boca y nariz y le ayudaba a respirar. Lo poco que podía ver de su piel eran los dedos amoratados, supuse que por la presión de las vendas, y parte de su cara. Me llamó la atención que tuviera la mejilla hinchada, la misma que yo. Qué curioso.
Llevaba ocho años sin verla y nunca se cansó de esperar. ¿Por qué? En esa época tuve que despojarme de todo para conservar mi integridad física y mental. Desaparecí del mapa, viajaba, ahorraba dinero y volvía a viajar. Fueron dos años antes de asentar la cabeza, Allen me hizo volver.
Estudié, me perfeccioné y aprendí a amar muy despacio. En estos momentos era feliz con mi vida y mis pequeños retos.
¿Qué habría pasado si hubiera sido de otro modo, mamá?
Revolví en el bolso hasta encontrar un trozo de papel y un boli negro. Escribí unas palabras y lo doblé. Lo dejé sobre la mesita y salí en silencio.
Allí fuera estaban ambos hombres con cara seria. El suelo estaba muy pulido y limpio.
- Vámonos cielo.
- Pero yo quiero ve… -suspiró-. Bien, como quieras.
- Gracias por todo, doctor -le dije esto muy bajo pero lo entendió a la primera y asintió con la cabeza.
- Suerte. Aún puede ser que se ponga bien.
Ya estaba llamando al ascensor. El médico entró en la habitación y vio la nota. La alzó y desplegó. Dentro estaba escrito, con letra muy clara: ‘Eras mi persona favorita…’

サラ.

05. Break-up

Escuché el sonido de algo rompiéndose en la habitación contigua. ¿El aire?
Me levanté de delante de los apuntes, echando al gato al suelo y me acerqué al cuarto. Efectivamente, allí estaba un jarrón despedazado y la cortina ondeando en señal de culpabilidad. Entonces la puerta se cerró de un golpe a mis espaldas.
Encerrada. Las paredes cada vez más cerca.
Objetos animados. Sonríen. Sonríen más.
Sin darme ni cuenta barro la mesa con los brazos, tirándolo todo al suelo. Estoy llorando lágrimas de rabia. Me tropiezo con la pata de un taburete y me caigo al suelo, dando de bruces con todos los trocitos de cerámica del jarrón.
Las baldosas están frías. El agua salada se escurre por las mejillas empapando el suelo. Oscuro…
…Y nada más.

サラ.

04. Ensayo y error

Sólo a dos dedos de vaciar el vaso. Iba a beber de un trago su contenido, pero la luz que incidía en él me retuvo. No había nada de especial, era simplemente una copa con un líquido transparente junto a unos folios a medio escribir y subrayados y la carátula del CD que estaba sonando en estos momentos. En ella había escrita una poesía. Leída en voz alta sonaba más o menos así:
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbaran las montañas
Y escucharais las mentes social-adormecidas
Las palabras de amor de mi garganta…
Escucharemos, retumbaremos. Pensaremos qué hay detrás de una acción tan simple como vaciar este cáliz de su néctar. ¿Morirá? ¿Desaparecerá la taza? ¿Seguirá impasible? ¿Llorará la pérdida?
¿Cómo puedo saber qué pasará después si ni siquiera soy capaz de predecir qué pasará con este recipiente? Predecir los fenómenos impredecibles, predicar el resultado y esperar que sea correcto. Es más difícil que jugar a la lotería.
Hipnotizada con la cuestión la mente se quedó en blanco. No había nada que pensar, nada que probar o aprobar.
Agarré el cacharro de cristal entre los dedos y me lo bebí de un solo trago.
Nada.

サラ.

03. Abismar

Es algo tan tan profundo que sólo puede estar a la sombra, donde aún no ha llegado ni la luz. Eso llevo dentro de mí. Cuando vuelvo a la vida, la situación me banaliza y convierte en una más, haciendo, viendo, escuchando e incluso sintiendo lo mismo que todos los demás.
En realidad soy un monstruo diferente, no como concepto negativo, sino como concepto, sin apellidos, sin adjetivos que lo valoren.
Soy una niña pequeña al borde de un pozo, alimentada por seres sin ojos que aparecen del abismo para drenarme su alma, separándose de toda ligadura. De ahí los instintos de conservación, de miedo a aquella cavidad a mis pies. Sólo soy una niña con miedo a caer sola donde esas almas le han contado que hay nada.
Me aferro a su mano, que hoy no parpadea, hoy está conmigo.
- ¿Estás bien?
- Ha sido un mareo, nada más.
- ¿Señorita, qué langosta prefiere? –el camarero insistía, viendo que tardaba.
- ¿Pero no ves que está pálida? Si tienes tanta prisa vete a atender a otra mesa.
- Creo… que he cambiado de idea. No quiero langosta, no quiero su alma.
- En La Langostería sólo cocinamos langostas, valga la redundancia.
- Entonces vayámonos de aquí. Por favor, cariño.
- Sí, claro… ya sabes que no me gustan los insectos*.
- Crustáceos, señor.
- Según cómo lo mires.

サラ.





* Juego de palabras entre la langosta insecto y la del mar.

02. El hueco de la escalera

Golpe seco. Un portazo al fondo de la casa, de su habitación. Después el silencio, más destructivo que todos los gritos anteriores.
No debí gritar, no debí hacer tantas cosas últimamente… Pero es un hecho y no puedo desprenderme de ello, de la sensación de haber escogido el mal camino al ver la rosa sin intuir las espinas, y ahora estar clavándome sus aguijones crudos, envenenados por una sustancia que te transporta a algo más allá de la muerte.
Más silencio.
Soy capaz de dejarme llevar a oscuras, que mi sentimiento sea más fuerte que toda materia en el universo, capaz de moverlo todo menos el tiempo. Y el silencio.
Tocan al timbre y voy a abrir. Palabras ininteligibles, intuyo que quieren subir pero tampoco acierto a saber qué, quién, por qué o cómo. Por las escaleras, imagino.
A lo mejor es la CIA vestida de hombres de negro, como en la película, que vienen a arrestarme o a acabar con las ruinas de mi vida, aunque quizá sean unos cuantos curas mandado por la Santa Inquisición para torturarme y quemarme en la hoguera por rompe-ideales, bruja y hereje. ¿Y si viene uno de cada? Por si ninguno queda conforme, partirme en dos y que cada uno cumpla su misión de castigarme.
Sería divertido ver la cara de satisfacción cuando él se entere y firme gustoso porque se me lleven muy lejos, donde mis paranoias e incoherencias no le afecten. A lo mejor lo celebra preparando palomitas, o haga una fiesta de vecinos de la comunidad, que por fin se libran de esta pesada. Hasta puede que mis más íntimos amigos se apunten a la celebración.
Con ese sabor tan amargo escuché las pisadas de varias personas subiendo los tres pisos sin ascensor, incluso antes de abrir la puerta. No iba a darles el gustazo de estar esperándoles con los brazos abiertos, les haría esperar a que llegaran para enseñarme a ellos, para entregarme y por fin acabar con el sufrimiento del planeta. Sin altibajos emocionales, sin que haya nadie que se sienta ofendida por las más pequeñas chorradas. Seguro que se aburrían, pero ese era su problema.
Al llegar abrí la puerta. Allí había una señora mayor, entrada en carnes y dos niñas agarradas de sus manos. ¿Y esto qué era, el batallón inicial? Los niños podían llevar bombas nucleares implantadas en el cuerpo en el momento de nacer y la mujer un látigo escondido entre los michelines. Nunca hay que fiarse, aunque parezcan inofensivos.
- Somos testigos de Jehová y vamos predicando su palabra. ¿Sería tan amable de escucharnos unos minutos?
¿Y toda esa educación de dónde había salido? ¡Soy capaz de escoger el cuchillo más mortífero de la cocina y… y… hacer algo con él! ¡No os fiéis que yo no estoy indefensa!
Mentira.
- Oh… Lo siento, pero pertenezco a una secta muy peligrosa que está totalmente en contra de vuestra creencia. Tengo órdenes expresas de exterminar, pero como veo que habéis sido tan amables, os permito ios sanos y salvos de la puerta de mi casa. Gracias y buenas tardes.
Cerré la puerta sin creerme del todo lo que acababa de decir. A veces era como si alguien controlara mi boca para soltar palazos invisibles. No se puede hacer nada contra un ataque así.
Suspiré, vuelta a la resignación. Me iría al salón sin castigo y con el silencio, que parecía más abrumador por instantes… Aunque ahora que pensaba en él, había desaparecido. Un rumor de pasos se escuchaba cada vez más cerca, por lo que no me moví, cara a la puerta de salida.
Sus brazos rodearon mi cintura y creí que el corazón se me saldría por la boca de lo desbocado que se había puesto. Sus labios rozaron mi cuello y noté esa respiración cálida sobre mi piel. Suspiró, ambos suspiramos.
- Lo siento.
Y con eso bastaba, con eso tenía que bastar. Me arrastró hacia el cuarto y me dejé llevar, con los ojos cerrados.
Perdonaría y volvería a la normalidad.
Hasta la próxima.

サラ.

01. De Madrugada

Abrí un poco los ojos y ahí estaba, la puerta abierta sólo una rendija, por donde se escurría la luz que incidía de lleno en mi cara. El despertador parpadeaba rojo en la mesilla, 4:02 de la madrugada y la cama vacía, otra vez vacía. Me levanté desnuda, envolviendo esta figura mía en la sábana blanca que me había estado cubriendo y até algunos pelos rebeldes con una pequeña pinza. Sin las zapatillas los pasos eran tan silenciosos que parecía como si realmente no estuviera pasando por allí, o como si levitara unos milímetros por encima del suelo. Aunque quizá fueran alucinaciones de mi mente dormida.
Mientras me acercaba a la puerta mis oídos fueron llenándose de música danzarina y apacible, melodías que no sonaban en absoluto desconocidas pero tampoco podía ubicar. Al llegar hasta la abertura no la abrí y me mostré, sino que me quedé mirando desde ahí. Todo parecía mucho más iluminado y acogedor, al contrario que el rincón oscuro donde me encontraba, sola… Por muy cómoda que pareciera la cama, en la otra habitación era todo mejor, y lo sabía. ¿Entonces por qué resistirse? ¿Por qué no podía abrir la puerta?
Suspiré. Una fuerza me impulsaba adelante y otra hacia atrás. Al fin entré en el cuarto donde estaba él atareado en sus papeles. Un flexo iluminaba la cabeza, su cara concentrada y su pelo oscuro, y la mesa. Tan concentrado debía estar que ni se percató de mi presencia, o pudiera ser que mi sigilo no fuera parte del duermevela después de todo.
Los brazos y la sábana le rodearon. Su capacidad aglutinada en los dibujos se había expandido con mi olor a perfume, la calidez y, por qué no decirlo, con mi piel desnuda regalándole una caricia sutil. Le besé la mejilla y el cuello.
- Cariño, es muy tarde. Vente conmigo a la cama…
Giró la silla y aproveché para sentarme en su regazo. Volví a besarle, esta vez en los labios. Sus labios, esos labios, dame los labios… regálamelos, igual que yo te regalé mi corazón. Tus labios recorren los míos, están jugando, están riendo, están cantando. Después bajan, bajan por el cuello y se posan en mi hombro. Cómo me gusta que lo haga, y lo sabe. No puedo resistirme.
- He de acabar esto, no puedo retrasarme más.
- Pero puedes hacerlo por la mañana. Esto no es sano…
- Ya no tardaré mucho, de verdad. Tú eres la que deberías estar durmiendo como un angelito.
Suspiré, algo cansada de las mismas excusas. En verdad estaba preocupada, pero nada podía hacer porque sabía que no se movería de ahí hasta que no viera despuntar el día. Me levanté pero me atrapó entre sus brazos antes de poder moverme y me acarició las mejillas, el pelo, los brazos y mi figura entera. Cada segundo que pasaba allí sentía cómo se fundía todo mi cuerpo a él, cómo mi amor aumentaba. Sólo esos instantes ya eran aliciente suficiente para vivir toda una vida a su lado.
- Gracias por preocuparte pequeña Caos.
Sonreí y me deshice de su abrazo con elegancia. El corazón me latía tan fuerte que creí quedarme sorda, no volver a escuchar nada además de ese bumbumbum. Sin pensarlo dos veces me tumbé en el sofá que había detrás de la silla, acurrucándome entre la tela.
- No pensarás quedarte ahí…
Asentí, sonriendo.
- Mañana te dolerá el cuello, no es un lugar cómodo para que duermas.
- Bueno, como no vas a tardar mucho no llegaré a dormirme.
Entonces suspiró él. A cabezones no nos ganábamos mutuamente, y eso era algo que sabíamos de antemano. Me parecía divertido. Se dio la vuelta y siguió a sus cosas. A veces me habría gustado que dejara lo que tenía entre manos para tomarme, o para abandonarse a mí en la cama, pero nunca pasaba. Aunque me había acostumbrado, siempre caía en la tentación de la esperanza.
Cada vez que veía su espalda poco iluminada por atrás, el movimiento de su brazo al escribir y dibujar, me adormecía. Cada vez que…
Y me dormí.

サラ.

jueves, 15 de febrero de 2007

Never is too late

Roba de mi tierra aquel sabor,
Lates lento dentro de mi corazón,
Bombeas sangre sobre mis marcas
Rojas antes de ti
Y mis respiraciones tomarán de tu agua
Dejándome sentir.

Paso el tiempo escurriéndose por los dedos
Su sutil paso dejó un cuerpo seco
¿Como entender que faltaba?
Si la porcelana solo me abrazaba,
Un dulce habito agudizo mi rostro
Pasando todo entre otros
Medios extintos, aprender a ser
Y déjame morder y entender
Que hacer
Y volver a ser.

Agudizaré las altas torres barnizadas en piel,
Caerán desgastados las caricias del carmesí,
Sobre el extracto de dios cubriéndote el cuerpo
Para bendecir cada contacto entre nos.
Y con un dulce látigo de dolor
Siempre podré decirte amor.

domingo, 4 de febrero de 2007

Ironías

¡Qué bien ha salido!

Las cosas han sido tan fáciles que parece mentira. Con menos de lo que esperaba he conseguido un bonito ático y, justo debajo, un local precioso. Aún me queda un poquito de dinero para comprar un par de libros y estrenar la estantería.

Todo huele a nuevo, entras y el sol siempre parece estar alumbrando un rinconcito de la sala. Pequeña y confortable, perfecta para mí y mi deseoso amor. Puedo oler el incienso de coco y sentir el calor de la estancia.

Sus brazos rodean mi cintura. Me besa el cuello y sopla en el oído.

- Demonio mío... -susurro.

- Ha quedado genial.

Me da la vuelta y besa los labios. Mi aura se va fundiendo con la suya, como tantas otras veces. Le estrecho fuerte en un instante inconmesurable. Fúndeme en tu pecho y déjame vivir dentro de tí para siempre.

...Es una pena que todo sean ironías...