Una llamada me despertó. El teléfono en la mesita vibraba, por lo que debía ser el del trabajo. Al personal no me llamaba nadie.
- ¿Si?
- Pero hoy es…
- Sí, sé que estás al tanto de esas cosas, pero tanto para ti como para mí, trabajar un domingo es inmoral.
- ¡No, no! Vale, ya me espabilo. ¿Hasta cuándo estarás ahí?
- Ok, vale. Si no estás allí iré hasta tu casa. Perfecto. Hasta luego, jefe.
Suspiré, algo indignada. El jefe es el jefe y el trabajo para él es siempre una oportunidad importantísima. ¿Qué querrá esta vez?
Durante muchos días he estado pensativa, tanto que a mi alrededor casi todos me han asombrado. ¡Me he vuelto coherente y distante! ¿Desde cuándo era así? Pues, aunque nadie lo supiera, desde que el bolsillo de la chaqueta estaba perdido. Había tenido que comprar otro monedero e iba por ahí con el pasaporte. Pero por orgullo propio no pensaba sacarme otro DNI, porque era mi obligación encontrar ese dichoso bolsillo, y sabía exactamente dónde encontrarlo.
- Tranquila, chaquetita, que pronto te devolveré el trocito que te falta.
- ¿Quéee…? –murmuró Allen, entre dientes.
- Cariño… nada, me ha llamado mi jefe y he de ir en seguida, porque tiene una oportunidad única para mí.
- ¿Por qué no le dices a tu jefe que tienes familia?
- ¿Por qué no se lo dices tú a tu superior? Volveré antes de comer y os llevaré a un restaurante bonito, ¿vale? –le di un beso en la frente.
- ¿Tengo opción?
- Sí, sólo una: darme los buenos días e intentar dormir un poco más. Es muy pronto…
Suspiramos al unísono, pero accedió. Ducha, café, vestirme, coger las llaves, despedirme y ya en el coche la música bien alta. Suspiré de nuevo, el reloj marcaba las 7.34. Abrí la guantera para elegir un CD y un libro cayó al suelo, y de él un papelito. ¿Un papelito…? Lo abrí, y con una caligrafía alargada había escrita una dirección.
7.36… 7.37… 7.38… 7.59… 8.26…
Salí del coche y toqué al timbre de un piso normal, gris como los demás, y una puerta de barrotes negros. Barrotes, como en la cárcel. Volvía a tocar, y otra vez, y otra vez. Al fin, me abrió sin preguntar quién era.
- Séptimo piso –su voz parecía soñolienta.
Toqué suavemente a la puerta dos veces y me abrió la puerta unos ojos azules, su pecho desnudo y unos pantalones caídos y raídos. Cuando me acerqué a él, no se apartó. Su piel era cálida y suave. Me demoré con la yema de mis dedos en su torso y pronto levanté la cabeza de nuevo para besarle. Las manos se demoraron y él mientras me abrazaba cerró la puerta.
Su cama tenía las sábanas de raso rojo, calientes aún. Olían dulce y eran tan suaves… me perdí en ellas, igual que se perdió mi ropa fuera de ella, igual que mi mente, mi vida. Me hundí en rojo, negro por su pelo, blanco en su piel y azul cuando me miraba. Liberé mi alma y encontré que dentro había más cosas de las que yo imaginaba, y empecé a creer en mí. Entre movimientos de pelvis, giros y risas me fui expandiendo hasta que ya no pude más y me dejé caer, exhausta. Él también estaba como muerto debajo de mí. Me recosté a su lado y apoyé la cabeza en la parte interna del brazo.
- Tus besos son blancos, porque el blanco se descompone en todos los otros colores –se puso de lado y me besó en el hombro. Le miré a los ojos y éste acarició mi mejilla, haciendo una pequeña mueca sonriente y me dio un bocadito en la punta de la nariz-. ¡Y eres dulce!
Nos estremecimos un segundo y fui a taparnos con la sábana. De allí cayó algo al suelo. Fui a mirar y allí estaba. Era…
- ¿Tienes tú mi bolsillo?
- ¿El qué? ¿Yo tu bolsillo? ¿Cómo se tiene eso?
- Este es el botón del bolsillo de… -entonces lo entendí todo. Elías era indudablemente una parte de mí y esa era la forma en que el bolsillo me lo demostraba. La punta del iceberg, aquí me encontraba segura ante algo firme a lo que agarrarme, donde perderme y reencontrarme con unos labios. Sentía más confianza con esta persona tormentosa, de subidas y bajadas, con su propia vida anónima para mí que en mucha otra gente más cercana.
Y así, con ese sentimiento de liberación, dejé su casa. Como recuerdo de esa mañana me llevé su olor y un botón reaparecido.
10.01
En el coche suspiré. Hoy parecía el día de los suspiros. Puse a todo volumen un CD cualquiera y fui hasta mi trabajo. El jefe me esperaba inquieto.
- ¡Alma! ¡Por fin aquí! Estaba a punto de irme a casa. No sé si aceptarás, pero me gustaría proponerte la oferta más jugosa que me han ofrecido desde que trabajo aquí… y eso ya son muchos años, querida.
- ¿Y yo podré?
- Creo que, si aceptas, puede ser de las cosas más productivas que has hecho nunca.
- ¿Bueno, y en qué consiste?
- Tendrías que…
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martes, 3 de febrero de 2009
09. El color de los besos
¡Miedo! ¡Quién dijo miedo! La mitad de las historias apasionantes ocurrían en el coche. Subía la ventanilla, bajaba la ventanilla; encendía la radio, cambiaba la emisora, cambiaba de emisora otra vez, encendía el reproductor de CD, cambiaba de canción, cambiaba de CD, apagaba el reproductor de CD. En el asiento del copiloto muchos papeles, tres libros gruesos y un papelito asomando.
Nunca le ha gustado aprovecharse de su trabajo, nunca había considerado necesario mentir… pero el bolsillo seguía perdido en una montaña con ojos azules. Esa vez era una pequeña traducción piloto para un futuro cliente, todos los papeles que llegaban a mis manos no necesitaban retoques, correctores o revisiones. Mi jefe sabía con quién jugaba y esta vez apostábamos fuerte. Fue la primera excusa que pude pensar, tenía que entregar la traducción esa misma tarde, a las 18.30, puntual.
Aparqué en la puerta del colegio y el reloj del coche marcaba las 17.48. ¿Por qué hoy era tan puntual? La niña estaba con la niñera, Allen en su trabajo, y yo en frente de la verja verde. De fondo un edificio blanco. ¿Qué hago aquí? Me dediqué a toquetear el peluche en forma de rana que hay enganchado en el freno de mano. Me miraba inquisitiva y yo le sostuve la mirada. ¿Qué, no tengo derecho a ser feliz?
Toc, toc, toc.
Miro hacia el cristal que suena. Ojos azules, pelo revuelto.
- Pensé que te habías olvidado de mi café.
- Y yo de la mala memoria que puedo tener para recordar. Sube, te voy a enseñar lo dura que puede ser la vida de una mamá.
- Pero mi moto…
- Luego vendremos a por ella, tranquilo.
- Pero…
Le abrí la puerta, levanté todos los libros, se sentó como un autómata y le coloqué el peso del conocimiento encima de las piernas.
- Para que luego digan que el saber no ocupa lugar… ¡Mi casa estaría vacía! –Resoplé, miré la hora y me dirigí rauda por las callejuelas más estrechas de la ciudad-. Mi jefe no conoce el significado de la palabra ‘compromiso’ y siempre me hace lo mismo. Plazos que se acaban en la mitad del tiempo, trabajo cada vez más perfecto, palmaditas en la espalda…
Lo ojos de él pasaban del montón de papeles a mis pintas. Ese día llevaba el pelo recogido con una estilográfica Montblanc, un jersey enorme que debía ser negro y unos vaqueros medio desteñidos. Nada parecido a los días anteriores.
- ¿Irene?
- Con la canguro. Se ponen a leer horas y horas. Tengo un pacto con ella, me cuida a la niña, se inspiran, y luego yo le traduzco los libros al idioma que más le apetezca. Total, para todo lo que hay que traducir…
- ¿Entonces de ahí saca eso de los besos de colores?
- Bueno, no, eso nos lo inventamos nosotras. Para hacerte un croquis, los besos rojos son divertidos y bromistas; los naranja están llenos de fuerza para las mañanas; los amarillos son como el sol, cálidos e intensos; los verdes están llenos de vida y naturalidad; los besos azules son infinitos y suaves como una nube; los lila oscuro son para calmar la tristeza… y los besos blancos de buenas noches, llenos de tranquilidad y paz.
- ¿Y eso…?
- Ven, quiero presentarte a alguien.
Aparqué temerariamente en doble fila y le esperé. Cogí el montón de folios y entramos en una pequeña tienda que olía a libro viejo y hacía calor. Estaba todo lleno de estanterías.
- ¡Viejo Roble! Tengo otro encargo para ti.
Salió un hombre anciano de la trastienda. De verdad parece un árbol viejísimo y retorcido, lleno de arrugas y hendiduras donde podría vivir un pájaro carpintero.
- Este es Elías, un amigo. Hoy viene a hacer una visita guiada por la ajetreada vida de una mujer trabajadora.
Viejo Roble se quedó pensativo unos momentos.
- ¿Muchacho, sabrías decirme de dónde viene y qué es el ouroboros?
- El primer dato que se tiene es en tiempos de Alejandría, es decir, en tiempos de Magno en época Macedonia. Lo que no se sabe es si es una parte griega y siria. Simboliza el ciclo eterno y la constante destrucción y creación de las cosas, señor.
Arruga sus arrugadas cejas y recoge los papeles que le tiendo. Con su habitual velocidad me lo devuelve, encuadernado.
- Chico, cuídala mucho.
- ¡Yo ya sé cuidarme sola!
- ¿Y quién te ha dicho que me refiriera a ti?
Nos echamos los tres a reír y salimos de allí secándonos los ojos. Cuando llegamos al coche nos miramos por primera vez a los ojos y volvimos a sonreír. Había algo detrás de esos ojos que me habría hecho mentir una y otra vez.
- Es curioso.
- Lo conocí por casualidad, pero no he vuelto a confiar en nadie más. Es como un padre para mí. Me da la sensación de que lo sepa todo, como si él estuviera un paso más adelante que el resto de nosotros.
- ¿Y querías su aprobación?
- Bueno, más o… -miro la hora, y de repente me parece que no ha podido pasar tanto tiempo. ¡Ya llego tarde!- abróchate el cinturón o acabarás saltando por la ventanilla. ¡Ya llego tarde!
- No me extraña en ti…
En un suspiro estábamos adelantando coches, insultando a viejecitas desprevenidas que cruzaban y hombres que se creían superiores a mí por tener cola. Me gustaría saber desde cuándo los primates están por encima de los humanos. Al fin llegamos, antes de lo previsto. Salí y entré del coche en el tiempo que duraba el estribillo de una canción pegadiza.
- ¿Ya hay café?
- Sí, lo siento, se acabó el turismo. Podemos ir desde aquí al sitio que pensaba llevarte.
Salimos del coche y le llevé por una callejuela estrecha hasta una pequeña portezuela. Dentro había un recinto en madera con una barra al fondo y muchas plantas colgadas alrededor de las ventanas, como si intentaran tocar el sol. Nos acercamos a un rinconcito con un par de asientos recubiertos de cómodos cojines. La mesa de madera maciza estaba tatuada por algún jovenzuelo enamorado e imprudente, pero le daba personalidad al mueble.
- Este sitio lo encontré hace mucho tiempo, el día que vine a hacer la entrevista de trabajo. Para no variar, me perdí y por poco llego tarde, y por casualidad llegué aquí. Me gustó tanto el sitio que le… pedí prestado… una tiza a una niña y empecé a hacer una línea desde aquí hasta la puerta del trabajo, para volver cuando hubiera acabado. Me dieron un texto de prueba y me vine a traducirlo aquí, y creo que fue este ambiente el que me inspiró. Le estoy muy agradecida.
- Hoy he descubierto muchas cosas curiosas. Todo a tu alrededor está lleno de momentos claves, ¿cierto?
- Deja, deja de hablar de mí. ¿Qué te gusta? Me ha sorprendido mucho que supieras lo del ouroboros. Nunca había llevado a nadie allí, sólo a Irene, y a ella creo que también le hizo una pregunta. Cuando le contestó le regaló una piruleta, pero nunca me quiso decir nada.
- Tienes una hija muy lista. La historia es una pasión que llevo dentro desde hace años, pero mi verdadero hobby son los coches y las motos antiguos, aunque nunca he pensado en comprarme nada así. Sólo tengo una moto porque no necesito más, y tampoco me gustaría tener la responsabilidad de que le pasara algo a mi acompañante.
- Creo que una moto da individualidad a la persona. Cómo se nota que no tienes nadie a quien cuidar… Te envidio.
La camarera se acercó muy bien puesta. Era guapa, tenía una voz dulce y un escote tremendo y sugerente. La chica, ya fuera por aburrimiento o por verdadero interés, prestó mucha atención a Elías. Yo los miraba, buscaba los ojos de ambos y creí que me saldría un líquido corrosivo por la boca cuando pronuncié ‘un té de papaya’. De repente no quería mirar, no podía mirar. Me mareaba. Me levanté y creo que murmuré unas palabras incoherentes.
La cabeza me daba vueltas y no era consciente de lo que hacía. ¿Pero qué me pasaba? Ellos no tenían niños, ni compromisos. Seguro que ella tiene una preciosa moto que enseñarle, y él… él tiene un par de ojos azules, una sonrisa bonita, un cuerpo equilibrado, un aire despreocupado y misterioso.
¿Pero qué me pasa?
Toc, toc, toc, toc.
- No queda té de papaya, Alma. ¿Estás bien?
- Sí, tranquilo. ¿Puedes decirle a nuestra sugerente y joven amiga que tomaré un café largo?
Estaba apoyada en el lavabo, con la cabeza gacha, y el pelo del flequillo empapado de agua. Hasta ese momento nunca imaginé lo estremecedor que podía llegar a ser una yema fría de un dedo alzándome el mentón hasta unos intensos y azules ojos. Quitó el pelo de mi cara con sumo cuidado, como si fuera yo una pieza de porcelana china.
- No seas tonta…
- Siempre lo he sido –murmuré. No sabía bien si debía dar un paso adelante o atrás, mantener una distancia. Él agarró mi mano y salimos del baño hasta nuestra mesa. Estaba confusa y su piel estaba cerca de la mía.
Me ayudó a tomar asiento y fue atento y cordial. Cuando volvió la chica ni siquiera le dirigió una mirada y ella se fue bastante indignada, pero yo creo que cogí un poco de color, y él se percató. Charlamos mucho tiempo de forma tan coherente que acabé asombrada. En los últimos meses había perdido toda la credibilidad como ser humano que podía haber adquirido a lo largo de los años, y parecía que en este café volvía a retomarme como persona.
De repente una frase de una película golpeó mi cabeza: ’me hubiera gustado tanto ser amado, que amo’. Era un director francés, lo recuerdo; la película era del 63. ¿Pero cuál era su nombre? Parecía que, fuera como fuese, estuviera resumiendo mi vida desde siempre. ¿Y por qué tenía que acordarme ahora, frente a esta persona tan seductora?
Se hizo la hora de volver. Llegamos al colegio y nos acercamos a su moto. Encendió el motor y me miró.
- Supongo que mañana iré a por Irene –le di un beso en la mejilla y sonreí un poco-. Sólo podrás volver a verme si adivinas de qué color es este beso. Recuérdalo bien.
- Buenas noches, Almita.
- Buenas noches a ti también, Elías.
Se subió a su moto y vi alejarse. Era de noche, cierto. El reloj del coche marcaba las 22.04, una hora comprometida para alguien que sólo ha ido a entregar un trabajo. ¿Y ahora cuál era la excusa?
Llegué a casa en un suspiro. La llave hizo demasiado ruido y creí que despertaría a medio planeta con su maldito crujidito. La entrada olía a comida y había ruido en la cocina. Me acerqué allí y Allen me miró sentado en la mesa.
- No sabía dónde estabas.
- No te preocupes -le di un beso en la frente-. He estado un poco ocupada. ¿Qué tal tu trabajo?
- Cansado, tengo muchas cosas que hacer también. Irene está ya durmiendo, ha cenado una tortilla francesa y la he duchado. Ha sido muy buena.
No pude mirarle a los ojos mucho rato. La cocina estaba casi toda recogida; pasé al comedor, al baño y a nuestro cuarto, como reconociéndolo. Después abrí la puerta de la niña y me senté en el borde. Estaba tan guapa, tan dormidita… Le quité el pelo de la carita y le di tantos besos como pude. Mi niña, mi amor, mi existencia entera se resumía a su sonrisa.
- Para ti, mi pequeño bebé, un beso blanco y puro, como tú. Buenas noches cielo.
Me fui a dormir sin siquiera quitarme la ropa. ¿Pero qué estaba haciendo con mi vida? Allen se asomó al cuarto y me encontró allí tirada. Suspiró, de esa forma que sólo una persona cansada puede hacer. Yo me hice la dormida porque me dolía el pecho, me dolía mucho el corazón. Con cuidado me puso el pijama y me tapó.
- A veces eres tan esquiva, cariño… Pero toda mi vida gira y acaba en ti.
- Fuego fatuo. ¿Conoces esa película? Su director es francés…
Nunca le ha gustado aprovecharse de su trabajo, nunca había considerado necesario mentir… pero el bolsillo seguía perdido en una montaña con ojos azules. Esa vez era una pequeña traducción piloto para un futuro cliente, todos los papeles que llegaban a mis manos no necesitaban retoques, correctores o revisiones. Mi jefe sabía con quién jugaba y esta vez apostábamos fuerte. Fue la primera excusa que pude pensar, tenía que entregar la traducción esa misma tarde, a las 18.30, puntual.
Aparqué en la puerta del colegio y el reloj del coche marcaba las 17.48. ¿Por qué hoy era tan puntual? La niña estaba con la niñera, Allen en su trabajo, y yo en frente de la verja verde. De fondo un edificio blanco. ¿Qué hago aquí? Me dediqué a toquetear el peluche en forma de rana que hay enganchado en el freno de mano. Me miraba inquisitiva y yo le sostuve la mirada. ¿Qué, no tengo derecho a ser feliz?
Toc, toc, toc.
Miro hacia el cristal que suena. Ojos azules, pelo revuelto.
- Pensé que te habías olvidado de mi café.
- Y yo de la mala memoria que puedo tener para recordar. Sube, te voy a enseñar lo dura que puede ser la vida de una mamá.
- Pero mi moto…
- Luego vendremos a por ella, tranquilo.
- Pero…
Le abrí la puerta, levanté todos los libros, se sentó como un autómata y le coloqué el peso del conocimiento encima de las piernas.
- Para que luego digan que el saber no ocupa lugar… ¡Mi casa estaría vacía! –Resoplé, miré la hora y me dirigí rauda por las callejuelas más estrechas de la ciudad-. Mi jefe no conoce el significado de la palabra ‘compromiso’ y siempre me hace lo mismo. Plazos que se acaban en la mitad del tiempo, trabajo cada vez más perfecto, palmaditas en la espalda…
Lo ojos de él pasaban del montón de papeles a mis pintas. Ese día llevaba el pelo recogido con una estilográfica Montblanc, un jersey enorme que debía ser negro y unos vaqueros medio desteñidos. Nada parecido a los días anteriores.
- ¿Irene?
- Con la canguro. Se ponen a leer horas y horas. Tengo un pacto con ella, me cuida a la niña, se inspiran, y luego yo le traduzco los libros al idioma que más le apetezca. Total, para todo lo que hay que traducir…
- ¿Entonces de ahí saca eso de los besos de colores?
- Bueno, no, eso nos lo inventamos nosotras. Para hacerte un croquis, los besos rojos son divertidos y bromistas; los naranja están llenos de fuerza para las mañanas; los amarillos son como el sol, cálidos e intensos; los verdes están llenos de vida y naturalidad; los besos azules son infinitos y suaves como una nube; los lila oscuro son para calmar la tristeza… y los besos blancos de buenas noches, llenos de tranquilidad y paz.
- ¿Y eso…?
- Ven, quiero presentarte a alguien.
Aparqué temerariamente en doble fila y le esperé. Cogí el montón de folios y entramos en una pequeña tienda que olía a libro viejo y hacía calor. Estaba todo lleno de estanterías.
- ¡Viejo Roble! Tengo otro encargo para ti.
Salió un hombre anciano de la trastienda. De verdad parece un árbol viejísimo y retorcido, lleno de arrugas y hendiduras donde podría vivir un pájaro carpintero.
- Este es Elías, un amigo. Hoy viene a hacer una visita guiada por la ajetreada vida de una mujer trabajadora.
Viejo Roble se quedó pensativo unos momentos.
- ¿Muchacho, sabrías decirme de dónde viene y qué es el ouroboros?
- El primer dato que se tiene es en tiempos de Alejandría, es decir, en tiempos de Magno en época Macedonia. Lo que no se sabe es si es una parte griega y siria. Simboliza el ciclo eterno y la constante destrucción y creación de las cosas, señor.
Arruga sus arrugadas cejas y recoge los papeles que le tiendo. Con su habitual velocidad me lo devuelve, encuadernado.
- Chico, cuídala mucho.
- ¡Yo ya sé cuidarme sola!
- ¿Y quién te ha dicho que me refiriera a ti?
Nos echamos los tres a reír y salimos de allí secándonos los ojos. Cuando llegamos al coche nos miramos por primera vez a los ojos y volvimos a sonreír. Había algo detrás de esos ojos que me habría hecho mentir una y otra vez.
- Es curioso.
- Lo conocí por casualidad, pero no he vuelto a confiar en nadie más. Es como un padre para mí. Me da la sensación de que lo sepa todo, como si él estuviera un paso más adelante que el resto de nosotros.
- ¿Y querías su aprobación?
- Bueno, más o… -miro la hora, y de repente me parece que no ha podido pasar tanto tiempo. ¡Ya llego tarde!- abróchate el cinturón o acabarás saltando por la ventanilla. ¡Ya llego tarde!
- No me extraña en ti…
En un suspiro estábamos adelantando coches, insultando a viejecitas desprevenidas que cruzaban y hombres que se creían superiores a mí por tener cola. Me gustaría saber desde cuándo los primates están por encima de los humanos. Al fin llegamos, antes de lo previsto. Salí y entré del coche en el tiempo que duraba el estribillo de una canción pegadiza.
- ¿Ya hay café?
- Sí, lo siento, se acabó el turismo. Podemos ir desde aquí al sitio que pensaba llevarte.
Salimos del coche y le llevé por una callejuela estrecha hasta una pequeña portezuela. Dentro había un recinto en madera con una barra al fondo y muchas plantas colgadas alrededor de las ventanas, como si intentaran tocar el sol. Nos acercamos a un rinconcito con un par de asientos recubiertos de cómodos cojines. La mesa de madera maciza estaba tatuada por algún jovenzuelo enamorado e imprudente, pero le daba personalidad al mueble.
- Este sitio lo encontré hace mucho tiempo, el día que vine a hacer la entrevista de trabajo. Para no variar, me perdí y por poco llego tarde, y por casualidad llegué aquí. Me gustó tanto el sitio que le… pedí prestado… una tiza a una niña y empecé a hacer una línea desde aquí hasta la puerta del trabajo, para volver cuando hubiera acabado. Me dieron un texto de prueba y me vine a traducirlo aquí, y creo que fue este ambiente el que me inspiró. Le estoy muy agradecida.
- Hoy he descubierto muchas cosas curiosas. Todo a tu alrededor está lleno de momentos claves, ¿cierto?
- Deja, deja de hablar de mí. ¿Qué te gusta? Me ha sorprendido mucho que supieras lo del ouroboros. Nunca había llevado a nadie allí, sólo a Irene, y a ella creo que también le hizo una pregunta. Cuando le contestó le regaló una piruleta, pero nunca me quiso decir nada.
- Tienes una hija muy lista. La historia es una pasión que llevo dentro desde hace años, pero mi verdadero hobby son los coches y las motos antiguos, aunque nunca he pensado en comprarme nada así. Sólo tengo una moto porque no necesito más, y tampoco me gustaría tener la responsabilidad de que le pasara algo a mi acompañante.
- Creo que una moto da individualidad a la persona. Cómo se nota que no tienes nadie a quien cuidar… Te envidio.
La camarera se acercó muy bien puesta. Era guapa, tenía una voz dulce y un escote tremendo y sugerente. La chica, ya fuera por aburrimiento o por verdadero interés, prestó mucha atención a Elías. Yo los miraba, buscaba los ojos de ambos y creí que me saldría un líquido corrosivo por la boca cuando pronuncié ‘un té de papaya’. De repente no quería mirar, no podía mirar. Me mareaba. Me levanté y creo que murmuré unas palabras incoherentes.
La cabeza me daba vueltas y no era consciente de lo que hacía. ¿Pero qué me pasaba? Ellos no tenían niños, ni compromisos. Seguro que ella tiene una preciosa moto que enseñarle, y él… él tiene un par de ojos azules, una sonrisa bonita, un cuerpo equilibrado, un aire despreocupado y misterioso.
¿Pero qué me pasa?
Toc, toc, toc, toc.
- No queda té de papaya, Alma. ¿Estás bien?
- Sí, tranquilo. ¿Puedes decirle a nuestra sugerente y joven amiga que tomaré un café largo?
Estaba apoyada en el lavabo, con la cabeza gacha, y el pelo del flequillo empapado de agua. Hasta ese momento nunca imaginé lo estremecedor que podía llegar a ser una yema fría de un dedo alzándome el mentón hasta unos intensos y azules ojos. Quitó el pelo de mi cara con sumo cuidado, como si fuera yo una pieza de porcelana china.
- No seas tonta…
- Siempre lo he sido –murmuré. No sabía bien si debía dar un paso adelante o atrás, mantener una distancia. Él agarró mi mano y salimos del baño hasta nuestra mesa. Estaba confusa y su piel estaba cerca de la mía.
Me ayudó a tomar asiento y fue atento y cordial. Cuando volvió la chica ni siquiera le dirigió una mirada y ella se fue bastante indignada, pero yo creo que cogí un poco de color, y él se percató. Charlamos mucho tiempo de forma tan coherente que acabé asombrada. En los últimos meses había perdido toda la credibilidad como ser humano que podía haber adquirido a lo largo de los años, y parecía que en este café volvía a retomarme como persona.
De repente una frase de una película golpeó mi cabeza: ’me hubiera gustado tanto ser amado, que amo’. Era un director francés, lo recuerdo; la película era del 63. ¿Pero cuál era su nombre? Parecía que, fuera como fuese, estuviera resumiendo mi vida desde siempre. ¿Y por qué tenía que acordarme ahora, frente a esta persona tan seductora?
Se hizo la hora de volver. Llegamos al colegio y nos acercamos a su moto. Encendió el motor y me miró.
- Supongo que mañana iré a por Irene –le di un beso en la mejilla y sonreí un poco-. Sólo podrás volver a verme si adivinas de qué color es este beso. Recuérdalo bien.
- Buenas noches, Almita.
- Buenas noches a ti también, Elías.
Se subió a su moto y vi alejarse. Era de noche, cierto. El reloj del coche marcaba las 22.04, una hora comprometida para alguien que sólo ha ido a entregar un trabajo. ¿Y ahora cuál era la excusa?
Llegué a casa en un suspiro. La llave hizo demasiado ruido y creí que despertaría a medio planeta con su maldito crujidito. La entrada olía a comida y había ruido en la cocina. Me acerqué allí y Allen me miró sentado en la mesa.
- No sabía dónde estabas.
- No te preocupes -le di un beso en la frente-. He estado un poco ocupada. ¿Qué tal tu trabajo?
- Cansado, tengo muchas cosas que hacer también. Irene está ya durmiendo, ha cenado una tortilla francesa y la he duchado. Ha sido muy buena.
No pude mirarle a los ojos mucho rato. La cocina estaba casi toda recogida; pasé al comedor, al baño y a nuestro cuarto, como reconociéndolo. Después abrí la puerta de la niña y me senté en el borde. Estaba tan guapa, tan dormidita… Le quité el pelo de la carita y le di tantos besos como pude. Mi niña, mi amor, mi existencia entera se resumía a su sonrisa.
- Para ti, mi pequeño bebé, un beso blanco y puro, como tú. Buenas noches cielo.
Me fui a dormir sin siquiera quitarme la ropa. ¿Pero qué estaba haciendo con mi vida? Allen se asomó al cuarto y me encontró allí tirada. Suspiró, de esa forma que sólo una persona cansada puede hacer. Yo me hice la dormida porque me dolía el pecho, me dolía mucho el corazón. Con cuidado me puso el pijama y me tapó.
- A veces eres tan esquiva, cariño… Pero toda mi vida gira y acaba en ti.
- Fuego fatuo. ¿Conoces esa película? Su director es francés…
08. En serio, soy profesor
Hay que ver cómo las pasa el pobre Coyote, chico, creo que no he visto a nadie con tanta mala suerte en la vida; se pasa todos y cada uno de los episodios que veo persiguiendo al Correcaminos, una especie de mezcla entre avestruz y pájaro loco azul, y con un monosílabo que emite dos veces como máxima expresión fonética, “bip bip”.
¿No hay nada más que comerse en el desierto? ¿Y de que se alimenta el correcaminos entonces? ¿De cactus? El Coyote podría hacerse vegetariano, o algo así, las facturas médicas se las ahorraba, al menos.
De repente me doy cuenta de que estoy como atontado mirando a la pantalla desde detrás de la sala, algunos padres con demasiadas ocupaciones se han dejado a sus niños, como siempre, después de que haya terminado la hora de comer, y como había que limpiar el comedor, me los han encasquetado. Mi ideal perfecto del tiempo que pasa entre la comida e ir de nuevo a clase no es precisamente ver películas de dibujos animados, pero bueno, que remedio, intentaré disfrutar todo lo posible de los golpes y los mamporros a personajes de ojos saltones, y de paso, del café extremadamente aguado que me acabo de llevar de la cocina.
Van pasando los minutos, llega algún padre o madre a recoger a sus descendientes, no soy del subtipo “profesor maruja”, pero se me hace muchísimo más interesante la tarde fijándome en las caras, los gestos, las excusas, y las “pintas” en general de cada padre, madre y otros elementos familiares que pasan por aquí.
Tenemos a una mujer cincuentona, demasiado arreglada como para venir simplemente del trabajo, pelo hasta arriba de laca, uñas largas pintadas, y ropa de colores chillones. Me dice que se le ha hecho demasiado tarde, que se estaba ocupando de otros asuntos, me pregunta por cómo va su hijo en clase, y de paso por cosas sobre mi trabajo y mi rutina que no deberían importarle, claro, otros asuntos y una mierda, señora, usted ha perdido el tiempo arreglándose más de la cuenta, para una maldita vez que sale de casa.
No se lo digo, por supuesto, tampoco le digo al ejecutivo sudoroso que llega después que apesta a ídem, ni a la hermana mayor adolescente le digo que se le ve el escote demasiado para que sea sano pasearlo en un colegio de primaria.
En cambio sí le doy indicaciones al abuelete que se ha perdido de camino al cole, y saludo a mi compañera de trabajo, otra profesora del centro, que tiene a su hijo en mi clase. Le digo que el muy cabroncete se dedica a jugar a pelearse, y como es más corpulento (está mal decir “gordo” a una madre, recordad) que los otros chicos, siempre tiene ventaja.
Y ya pasa una hora, joder, no me dará tiempo de irme a casa, la película se está acabando y nadie ha venido a buscar a Irene.
- ¿Mamá está muy ocupada hoy?
Me hace un gesto con la cabeza, creo que está más desorientada que yo, por lo menos, como está viendo la película entretenida no tiene noción del tiempo que ha pasado. Sé de muy buena tinta que de los niños se asustan ante estos pequeños “abandonos”. Pienso en Alma, su madre debe estar liada en el trabajo, o en alguna cosa, porque ya van varios días que esta pequeñaja se queda la ultima en el comedor, hoy incluso se esta acabando la película y aún no ha llegado.
Vamos al patio, le dejo agarrar una pelota y me pongo en una de las porterías de los “niños grandes”, en la zona del patio donde ella y los demás chicos de su clase no pueden jugar (básicamente, porque no les dejamos por miedo a que se lleven algún balonazo), y le digo que chute a la portería, que yo intento pararlas. Jugar en el patio de los mayores es un privilegio que pocos niños tienen hasta que ellos son los que se hacen mayores, claro está, y cuando ocurre eso suelen dedicarse más a tontear entre ellos y fumar en los baños o en los rincones a escondidas que a jugar en el campo que tanto han deseado. Así que éste siempre está completamente desaprovechado, lo que es una lástima, porque son unas porterías realmente buenas.
Irene chuta, y yo hago como que paro las pelotas, dejo que entre alguna primero, para darle confianza, y luego muchas más, de repente sólo paro uno de cada cuatro o cinco balones que me lanza; ella, por supuesto, ríe y dice que “soy muy malo y torpe”.
En una de las veces que le devuelvo el balón me fijo en una figura que mira desde hace un ratito desde la verja. Es Alma con un traje negro, falda y chaqueta, un aspecto muy formal, muy sobrio. Aunque tiene algo en la mirada y en lo alborotado que lleva el pelo que me indica que ha tenido un día ajetreado.
Justo en ese momento Irene esta chutando, y fijándome en su madre, que tiene ahora mismo ocupada mi vista y atontados mis otros 4 sentidos, no reparo en absoluto en el balón, que pasa a mi lado, sin darme cuenta esta vez que me han metido un gol en serio.
Le hago señas a la niña, y ésta corre con sus piernecitas hacia su madre, hacia la verja; mientras yo coloco la pelota en su sitio y camino a pasos largos, pero más lentos, hacia ambas.
- Eres realmente malo con el balón
“No te jode, encima eso”. Estoy por reprocharle que tarde más de una hora en venir a buscar a su hija desde que los niños salen del comedor, pero algo me dice que no se lo merece, y tampoco soy de ese tipo de persona que echa las cosas en cara. Me conformo fijándome en los detalles.
- Es que Irene es muy buena jugando al fútbol, no he podido parar casi ningún balón
La niña en ese momento le susurra algo a su mamá, que se inclina y se ríe tontamente, mujeres y secretitos, creo que son las dos cosas que más me sacan de quicio en este mundo, bueno, eso y el servicio de correos.
- Dice que te has estado dejando ganar, tiene cinco años, pero no es tonta, Elías.
- Vaya, y yo que tenía asumido que nadie se daba cuenta nunca de eso.
- En cualquier caso perdona el retraso, el trabajo, el coche, la gente, todo son obstáculos hasta llegar a mi pequeñaja. – Le hace un gesto a la niña y esta cruza la verja y se va hacia el coche – Anda, vámonos Irene.
- ¿Madre soltera?
Alma asiente con la cabeza, de repente las ganas de decirle lo mal que está llegar tarde se esfuman, y me inunda una pequeña tristeza por ver a alguien ocuparse de criar a un hijo solo, por eso no quiero tener hijos jamás, por si yo, o su madre (que de momento no existe), nos tuviésemos que encargar de él sin ayuda.
- Bueno, no te preocupes, yo siempre me quedo aquí hasta tarde, y cuando no estoy los encargados del comedor siempre suelen quedarse con los chavales. Así que tómate tú tiempo, que tu hija está en buenas manos y entretenida siempre.
- ¿Y quién garantiza la seguridad de su mamá? Si no consigue tiempo ni siquiera para tomarse un café con algún apuesto chico de ojos azules.
Odio estas invitaciones tan directas, de repente me pone en un compromiso, y soy profesor, el de su hija además, por el amor de dios. Aunque también es verdad que parece que haga años que no hablo (y otras cosas) fuera del trabajo con una mujer ¿O es que de verdad han pasado años y mi único contacto con el sexo opuesto es hablar entre clases con las compañeras de trabajo?
- Salgo a las seis de aquí, y adoro el café… siempre que no esté aguado.
Me guiña un ojo y va hacia el coche. Irremediablemente, y aunque no me guste ni suela hacerlo, me fijo en sus andares y en su figura. No se cómo puede alguien ver a través de mí como profesor, de mi barba descuidada de tres días, y mis pintas de no haberme arreglado como es debido en meses (mis vaqueros desgastados suscitan comentarios hasta en la dirección del centro, se rumorea), pero bueno “A caballo regalado…mírale el trasero embutido en una falda negra”.
¿No hay nada más que comerse en el desierto? ¿Y de que se alimenta el correcaminos entonces? ¿De cactus? El Coyote podría hacerse vegetariano, o algo así, las facturas médicas se las ahorraba, al menos.
De repente me doy cuenta de que estoy como atontado mirando a la pantalla desde detrás de la sala, algunos padres con demasiadas ocupaciones se han dejado a sus niños, como siempre, después de que haya terminado la hora de comer, y como había que limpiar el comedor, me los han encasquetado. Mi ideal perfecto del tiempo que pasa entre la comida e ir de nuevo a clase no es precisamente ver películas de dibujos animados, pero bueno, que remedio, intentaré disfrutar todo lo posible de los golpes y los mamporros a personajes de ojos saltones, y de paso, del café extremadamente aguado que me acabo de llevar de la cocina.
Van pasando los minutos, llega algún padre o madre a recoger a sus descendientes, no soy del subtipo “profesor maruja”, pero se me hace muchísimo más interesante la tarde fijándome en las caras, los gestos, las excusas, y las “pintas” en general de cada padre, madre y otros elementos familiares que pasan por aquí.
Tenemos a una mujer cincuentona, demasiado arreglada como para venir simplemente del trabajo, pelo hasta arriba de laca, uñas largas pintadas, y ropa de colores chillones. Me dice que se le ha hecho demasiado tarde, que se estaba ocupando de otros asuntos, me pregunta por cómo va su hijo en clase, y de paso por cosas sobre mi trabajo y mi rutina que no deberían importarle, claro, otros asuntos y una mierda, señora, usted ha perdido el tiempo arreglándose más de la cuenta, para una maldita vez que sale de casa.
No se lo digo, por supuesto, tampoco le digo al ejecutivo sudoroso que llega después que apesta a ídem, ni a la hermana mayor adolescente le digo que se le ve el escote demasiado para que sea sano pasearlo en un colegio de primaria.
En cambio sí le doy indicaciones al abuelete que se ha perdido de camino al cole, y saludo a mi compañera de trabajo, otra profesora del centro, que tiene a su hijo en mi clase. Le digo que el muy cabroncete se dedica a jugar a pelearse, y como es más corpulento (está mal decir “gordo” a una madre, recordad) que los otros chicos, siempre tiene ventaja.
Y ya pasa una hora, joder, no me dará tiempo de irme a casa, la película se está acabando y nadie ha venido a buscar a Irene.
- ¿Mamá está muy ocupada hoy?
Me hace un gesto con la cabeza, creo que está más desorientada que yo, por lo menos, como está viendo la película entretenida no tiene noción del tiempo que ha pasado. Sé de muy buena tinta que de los niños se asustan ante estos pequeños “abandonos”. Pienso en Alma, su madre debe estar liada en el trabajo, o en alguna cosa, porque ya van varios días que esta pequeñaja se queda la ultima en el comedor, hoy incluso se esta acabando la película y aún no ha llegado.
Vamos al patio, le dejo agarrar una pelota y me pongo en una de las porterías de los “niños grandes”, en la zona del patio donde ella y los demás chicos de su clase no pueden jugar (básicamente, porque no les dejamos por miedo a que se lleven algún balonazo), y le digo que chute a la portería, que yo intento pararlas. Jugar en el patio de los mayores es un privilegio que pocos niños tienen hasta que ellos son los que se hacen mayores, claro está, y cuando ocurre eso suelen dedicarse más a tontear entre ellos y fumar en los baños o en los rincones a escondidas que a jugar en el campo que tanto han deseado. Así que éste siempre está completamente desaprovechado, lo que es una lástima, porque son unas porterías realmente buenas.
Irene chuta, y yo hago como que paro las pelotas, dejo que entre alguna primero, para darle confianza, y luego muchas más, de repente sólo paro uno de cada cuatro o cinco balones que me lanza; ella, por supuesto, ríe y dice que “soy muy malo y torpe”.
En una de las veces que le devuelvo el balón me fijo en una figura que mira desde hace un ratito desde la verja. Es Alma con un traje negro, falda y chaqueta, un aspecto muy formal, muy sobrio. Aunque tiene algo en la mirada y en lo alborotado que lleva el pelo que me indica que ha tenido un día ajetreado.
Justo en ese momento Irene esta chutando, y fijándome en su madre, que tiene ahora mismo ocupada mi vista y atontados mis otros 4 sentidos, no reparo en absoluto en el balón, que pasa a mi lado, sin darme cuenta esta vez que me han metido un gol en serio.
Le hago señas a la niña, y ésta corre con sus piernecitas hacia su madre, hacia la verja; mientras yo coloco la pelota en su sitio y camino a pasos largos, pero más lentos, hacia ambas.
- Eres realmente malo con el balón
“No te jode, encima eso”. Estoy por reprocharle que tarde más de una hora en venir a buscar a su hija desde que los niños salen del comedor, pero algo me dice que no se lo merece, y tampoco soy de ese tipo de persona que echa las cosas en cara. Me conformo fijándome en los detalles.
- Es que Irene es muy buena jugando al fútbol, no he podido parar casi ningún balón
La niña en ese momento le susurra algo a su mamá, que se inclina y se ríe tontamente, mujeres y secretitos, creo que son las dos cosas que más me sacan de quicio en este mundo, bueno, eso y el servicio de correos.
- Dice que te has estado dejando ganar, tiene cinco años, pero no es tonta, Elías.
- Vaya, y yo que tenía asumido que nadie se daba cuenta nunca de eso.
- En cualquier caso perdona el retraso, el trabajo, el coche, la gente, todo son obstáculos hasta llegar a mi pequeñaja. – Le hace un gesto a la niña y esta cruza la verja y se va hacia el coche – Anda, vámonos Irene.
- ¿Madre soltera?
Alma asiente con la cabeza, de repente las ganas de decirle lo mal que está llegar tarde se esfuman, y me inunda una pequeña tristeza por ver a alguien ocuparse de criar a un hijo solo, por eso no quiero tener hijos jamás, por si yo, o su madre (que de momento no existe), nos tuviésemos que encargar de él sin ayuda.
- Bueno, no te preocupes, yo siempre me quedo aquí hasta tarde, y cuando no estoy los encargados del comedor siempre suelen quedarse con los chavales. Así que tómate tú tiempo, que tu hija está en buenas manos y entretenida siempre.
- ¿Y quién garantiza la seguridad de su mamá? Si no consigue tiempo ni siquiera para tomarse un café con algún apuesto chico de ojos azules.
Odio estas invitaciones tan directas, de repente me pone en un compromiso, y soy profesor, el de su hija además, por el amor de dios. Aunque también es verdad que parece que haga años que no hablo (y otras cosas) fuera del trabajo con una mujer ¿O es que de verdad han pasado años y mi único contacto con el sexo opuesto es hablar entre clases con las compañeras de trabajo?
- Salgo a las seis de aquí, y adoro el café… siempre que no esté aguado.
Me guiña un ojo y va hacia el coche. Irremediablemente, y aunque no me guste ni suela hacerlo, me fijo en sus andares y en su figura. No se cómo puede alguien ver a través de mí como profesor, de mi barba descuidada de tres días, y mis pintas de no haberme arreglado como es debido en meses (mis vaqueros desgastados suscitan comentarios hasta en la dirección del centro, se rumorea), pero bueno “A caballo regalado…mírale el trasero embutido en una falda negra”.
jueves, 27 de noviembre de 2008
07. Aúnnotengoniideadeltítulo
Hoy tenía prisa, y hoy tenía que ocurrir. Los coches estaban parados en medio de la calzada, uno detrás de otro. No había escapatoria. El único ruido eléctrico era la música, que sonaba con toda su dureza. Cuando iba en coche y pasaban cosas así olvidaba todo el estrés que pudiera llevar encima, sintonizaba con alguna emisora donde pusieran con regularidad clásicos como Limp Bizkit o Sistem of a Down y me introducía de lleno en la música. Dudo mucho que alguien que no me viera en esa situación creyera que una mujer tan profesional y sobria llegara a desmelenarse de esa manera, cantando a todo pulmón.
Pero entonces ocurrió. La música dejó de sonar y como respuesta a esto un humillo negro empezó a emanar del capó. What the fuck!? De forma misteriosa todo acabó. Fue como un ataque al corazón, rápido y certero. Y yo en medio de la ciudad, con las llaves de un trasto inservibles y preguntándome si alguien me daría algo por ellas. Aunque fuera una chapita de la suerte, no sé.
Ante la perspectiva de quedarme atascada y dentro de las tripas de un ente muerto, decidí idear el plan B que nunca se me pasó por la cabeza preparar. ¿A quién se le ocurriría que la máquina fiel se fuera al carajo? Escarbé en el bolso a ver si encontraba una alfombra voladora, pero en contra de lo que dicen las leyendas urbanas, los bolsos de las mujeres no tienen un espacio infinito dentro. En el mío sólo había una cartera negra, de piel, que me regalara Allen por mi cumpleaños, y una minúscula agenda. Esta última la descarté como artefacto para la elaboración del nuevo plan, y me centré en la cartera. Llevaba dinero… ¿se podría hacer algo con ello? A lo mejor si frotaba un billete de diez euros salía un genio y me concedía tres deseos. ¡Deseos! Al final lo único que me vino fue otra idea: ¿y si con el dinero compro un billete de autobús? Resultará que soy inteligente y todo…
Salí con el dinero en el bolsillo de la chaqueta, cerré con llave y me acerqué a pie a la parada de bus más cercana, a un par de manzanas preguntando. En realidad habría llegado antes, porque la tenía en frente de mis narices, pero no estoy acostumbrada a la fauna de las calles y al principio fue difícil hacerse entender con ellos. Sólo era cuestión de hablarles en el mismo idioma, despacito, nada de gruñidos y golpes en el pecho como intenté. Eso me pasa por dejar que los prejuicios guíen mis pasos.
- Oiga, perdone, ¿sabe cuánto tardan los buses en llegar al centro?
- Un cuarto de hora más o menos, desde aquí.
- Ah, ¿y hace mucho que pasó el anterior?
- Unos veinte minutos, calculo.
- ¿¡Veinte minutos!? ¡Pero si me ha dicho un cuarto de hora!
- Tardan un cuarto de hora, pero el bus pasa cada media hora.
- ¡Fraude! ¡Estafa! No se haga el inteligente conmigo, señor mío, porque soy una mujer trabajadora del s. XXI, madre de casa y mujer de…-empecé a argumentar, muy convencida y altanera, hasta que un coche pasó demasiado cerca de la acera y me dio un buen susto-. ¡Asesino! ¡La voz de las mujeres no podrá ser callada jamáaas!
Como si me hubiera caído una piedra encima, descubrí que estaba siendo observada como si la única primate en toda la ciudad fuera yo, y eso me hizo sonrojar. ¿Tan poco protocolaria era en la vida común?
Entre unas cosas y otras llegó el autobús. Me rezagué un segundo para ver cómo se hacían esas cosas. Parecía sencillo, ponías el importe encima de la mesita del conductor y él te daba un ticket blanco y tu cambio, entre gruñidos y malas miradas. Estos sí se comportaban así, era inconfundibles. Por fin podría probar mi dominio del idioma.
Subí la última por la portezuela mágica, que se abre y cierra con un botón, como si fuera una extremidad y el hombre su corazón. Magnífica metáfora. Antes de enfrentarme al jefe del grupo me dispuse a sacar el material con el que comerciar mi viaje en carroza. Bendita sorpresa cuando la mano no conseguía introducirse en el bolsillo de la chaqueta. ¿Se habrían pegado los extremos? ¿Habría cambiado de posición la abertura?
Cansada de rebuscar entre la tela, miré hacia abajo. Era una chaqueta lisa, de cuello alto y botones grandes. La característica que la hacía única es que la abertura estaba ladeada, en vez de ser recta, por lo que concebía un aire de incontrolable originalidad dentro del conjunto serio y coherente. Ahí estaba el bolsillo izquierdo, correcto; y ahí estaba… estaba… no, ¡no estaba! ¿Y qué hago sin bolsillo?
Me quité el abrigo, algo asustada, y empecé a buscar por todos lados. Había muchos ojos observando la escena, y parecían asombrados.
- Señor conductor, creo que se me ha perdido el bolsillo por algún lado. Le cambio el billete por… por…-rebusqué y en el izquierdo encontré las llaves del coche-, por… las llaves de mi coche estropeado.
- ¿Crees que tengo tiempo que perder con chiflados como tú? ¡Ya me he retrasado por una tontería!
- Mire, señor, le aseguro que yo tengo más prisa que usted, debí llegar hace media hora a la escuela, pero había un atasco, el coche me dejó tirado y en el bolso de una mujer no caben alfombras voladoras. ¿Cree que tengo el problema de que, encima, me haya desaparecido el bolsillo con el dinero? Aquí nadie me tiene que echar de ningún lado, porque antes me mojo los zapatos que compartir el mismo aire con primates maleducados y obtusos como usted. ¡Buenos días!
Y qué decir que en los siguientes veinte segundos tuve que comerme mis palabras, una a una. Los primeros cuatro coches salpicaron mis zapatos como si de una diana se tratara -…antes me mojo los zapatos que…-, y mi sentido de la orientación se vio mermado hasta el infinito sin la voz artificial de la mujer que habita en el GPS -…en el bolso… alfombras voladoras… primates maleducados… ¡buenos días!-. Me armé de valor, aunque tenía un terror atroz a moverme y crear un vórtice espacio-temporal que llevara a la humanidad al caos absoluto. Bueno, en realidad el resto de seres vivos me daban igual, no quería que le pasara nada malo a mi hija. Pero si ponía en la balanza que la niña acabara licenciándose en la guardería porque su irresponsable madre no fue a recogerla un día, o desencadenar el Apocalipsis... Probemos.
Pude despegar los pies del suelo, pude preguntar y pude llegar casi una hora tarde. Estaba todo dentro de las posibilidades. Cuando llegué a la puerta me daba vergüenza entrar. ¿Y si Lourdes, la profesora, estaba esperándome con el látigo en la mano? No podría contar todo lo ocurrido con claridad y seguro que me ponía nerviosa y empezaba a hablar de abducciones alienígenas y crustáceos. Todo el mundo considera que tengo unos recursos muy extraños para evitar las responsabilidades. Yo ya no sé qué pensar, porque a mí me parecen raros ellos.
‘Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma’. ¿Por qué todos los refraneros tienen razón? Yo me había convertido en una especie de profeta al que nadie podía ponerme cara, pero que se sabía a ciencia cierta que portaba barba y pañuelo, y un chico de ojos azules que acechaba tras la verja era mi montaña. Muy atractivo, por cierto.
- Perdona, ¿eres la mamá de Irene?
- Yo… sí. Siento el retraso.
- No te preocupes, la princesita y yo nos hemos estado entreteniendo con las letras, ¿verdad?
- ¿No es un poco joven como para que le enseñen esas cosas? ¡Aún le quedan muchos años para pensar en hipotecas!
Se rió. Las carcajadas sonaban cristalinas y sinceras. ¡Pensaba que era un chiste! ¿Qué tipo de paralelismo puede haber para que le cause tanta risa? Estaba medio indignada porque no lo entendía, pero su alegría se pegaba como esa sustancia adiposa que tanto nos desagrada a las mujeres cuando nos hacemos viejecitas. La niña al escucharnos se asomó a la puerta, nos vio, y salió corriendo a abrazarme.
- ¿Qué tal está la niña más bonita del mundo?
- Quien a los suyos se parece…
- Eso dicen, Lourdes. Tú tampoco estás nada mal así.
- Jaja, no, señora. Yo soy el profesor encargado de la hora de comer. Me llamo Elías.
- Ya me parecía a mí. En fin, yo soy Alma. ¿Y el comedor es sólo para niños? Porque menudo privilegio tienen.
- Yo hago todo lo que puedo porque estén a gusto. Casi ningún niño se acostumbra al comedor de la escuela, pero nosotros intentamos estimularlos para que comer cada día sea toda una aventura.
- Sí, puedo entender eso del estímulo…
-¿Qué?
- No, nada, que yo ya me voy. Tendré que volver de vez en cuando a llegar tarde para reírme un rato, hoy he tenido un día realmente estresante.
- No lo dude, nos divertiremos.
- No lo dudo. Adiós.
- ¡Hasta la próxima!
Volvía a estar en la calle, en la misma parada de autobús. Miré el reloj, el tic tac era audible pero la esfera no tenía manecillas. ¿Qué le pasaba? Pregunté a tres personas que había allí la hora, pero nadie quiso contestar. ¡Y luego soy yo la rara!
Desabroché la correa e instintivamente fui a meter el reloj en el bolsillo, pero allí no había nada. ¿Otra vez? ¡Me toman el pelo hasta en sueños!
Levanté la cabeza y de repente todos llevaban una chaqueta igual que la mía; hombres, mujeres, niños, perros e incluso el poste que señalizaba la parada del bus. No, eran casi iguales que la mía, porque aparentemente ninguna tenía bolsillo. Entonces, de golpe, hubo una pausa y los pájaros se pararon en el cielo, los coches dejaron de tocar las bocinas y la mirada de las personas se paralizó. Cuando el mundo recobró la vida todos señalaban hacia el final, hacia lo que parecía una montaña con un par de ojos azules, grandes. Se oía una risilla de fondo, y en la cima –daba igual lo lejos que estuviera, lo podía ver con total claridad- había un maniquí con mi chaqueta.
Me desperté envuelta en sudor. Estaba sola en la inmensa cama de matrimonio, para no variar. Me levanté y abrí el cajón de la mesita. Dentro había una autorización para que el alumno se quedara en el comedor de la escuela. Suspiré y empecé a rellenarlo, lentamente.
Si la montaña no viene a Mahoma…
サラ.
Pero entonces ocurrió. La música dejó de sonar y como respuesta a esto un humillo negro empezó a emanar del capó. What the fuck!? De forma misteriosa todo acabó. Fue como un ataque al corazón, rápido y certero. Y yo en medio de la ciudad, con las llaves de un trasto inservibles y preguntándome si alguien me daría algo por ellas. Aunque fuera una chapita de la suerte, no sé.
Ante la perspectiva de quedarme atascada y dentro de las tripas de un ente muerto, decidí idear el plan B que nunca se me pasó por la cabeza preparar. ¿A quién se le ocurriría que la máquina fiel se fuera al carajo? Escarbé en el bolso a ver si encontraba una alfombra voladora, pero en contra de lo que dicen las leyendas urbanas, los bolsos de las mujeres no tienen un espacio infinito dentro. En el mío sólo había una cartera negra, de piel, que me regalara Allen por mi cumpleaños, y una minúscula agenda. Esta última la descarté como artefacto para la elaboración del nuevo plan, y me centré en la cartera. Llevaba dinero… ¿se podría hacer algo con ello? A lo mejor si frotaba un billete de diez euros salía un genio y me concedía tres deseos. ¡Deseos! Al final lo único que me vino fue otra idea: ¿y si con el dinero compro un billete de autobús? Resultará que soy inteligente y todo…
Salí con el dinero en el bolsillo de la chaqueta, cerré con llave y me acerqué a pie a la parada de bus más cercana, a un par de manzanas preguntando. En realidad habría llegado antes, porque la tenía en frente de mis narices, pero no estoy acostumbrada a la fauna de las calles y al principio fue difícil hacerse entender con ellos. Sólo era cuestión de hablarles en el mismo idioma, despacito, nada de gruñidos y golpes en el pecho como intenté. Eso me pasa por dejar que los prejuicios guíen mis pasos.
- Oiga, perdone, ¿sabe cuánto tardan los buses en llegar al centro?
- Un cuarto de hora más o menos, desde aquí.
- Ah, ¿y hace mucho que pasó el anterior?
- Unos veinte minutos, calculo.
- ¿¡Veinte minutos!? ¡Pero si me ha dicho un cuarto de hora!
- Tardan un cuarto de hora, pero el bus pasa cada media hora.
- ¡Fraude! ¡Estafa! No se haga el inteligente conmigo, señor mío, porque soy una mujer trabajadora del s. XXI, madre de casa y mujer de…-empecé a argumentar, muy convencida y altanera, hasta que un coche pasó demasiado cerca de la acera y me dio un buen susto-. ¡Asesino! ¡La voz de las mujeres no podrá ser callada jamáaas!
Como si me hubiera caído una piedra encima, descubrí que estaba siendo observada como si la única primate en toda la ciudad fuera yo, y eso me hizo sonrojar. ¿Tan poco protocolaria era en la vida común?
Entre unas cosas y otras llegó el autobús. Me rezagué un segundo para ver cómo se hacían esas cosas. Parecía sencillo, ponías el importe encima de la mesita del conductor y él te daba un ticket blanco y tu cambio, entre gruñidos y malas miradas. Estos sí se comportaban así, era inconfundibles. Por fin podría probar mi dominio del idioma.
Subí la última por la portezuela mágica, que se abre y cierra con un botón, como si fuera una extremidad y el hombre su corazón. Magnífica metáfora. Antes de enfrentarme al jefe del grupo me dispuse a sacar el material con el que comerciar mi viaje en carroza. Bendita sorpresa cuando la mano no conseguía introducirse en el bolsillo de la chaqueta. ¿Se habrían pegado los extremos? ¿Habría cambiado de posición la abertura?
Cansada de rebuscar entre la tela, miré hacia abajo. Era una chaqueta lisa, de cuello alto y botones grandes. La característica que la hacía única es que la abertura estaba ladeada, en vez de ser recta, por lo que concebía un aire de incontrolable originalidad dentro del conjunto serio y coherente. Ahí estaba el bolsillo izquierdo, correcto; y ahí estaba… estaba… no, ¡no estaba! ¿Y qué hago sin bolsillo?
Me quité el abrigo, algo asustada, y empecé a buscar por todos lados. Había muchos ojos observando la escena, y parecían asombrados.
- Señor conductor, creo que se me ha perdido el bolsillo por algún lado. Le cambio el billete por… por…-rebusqué y en el izquierdo encontré las llaves del coche-, por… las llaves de mi coche estropeado.
- ¿Crees que tengo tiempo que perder con chiflados como tú? ¡Ya me he retrasado por una tontería!
- Mire, señor, le aseguro que yo tengo más prisa que usted, debí llegar hace media hora a la escuela, pero había un atasco, el coche me dejó tirado y en el bolso de una mujer no caben alfombras voladoras. ¿Cree que tengo el problema de que, encima, me haya desaparecido el bolsillo con el dinero? Aquí nadie me tiene que echar de ningún lado, porque antes me mojo los zapatos que compartir el mismo aire con primates maleducados y obtusos como usted. ¡Buenos días!
Y qué decir que en los siguientes veinte segundos tuve que comerme mis palabras, una a una. Los primeros cuatro coches salpicaron mis zapatos como si de una diana se tratara -…antes me mojo los zapatos que…-, y mi sentido de la orientación se vio mermado hasta el infinito sin la voz artificial de la mujer que habita en el GPS -…en el bolso… alfombras voladoras… primates maleducados… ¡buenos días!-. Me armé de valor, aunque tenía un terror atroz a moverme y crear un vórtice espacio-temporal que llevara a la humanidad al caos absoluto. Bueno, en realidad el resto de seres vivos me daban igual, no quería que le pasara nada malo a mi hija. Pero si ponía en la balanza que la niña acabara licenciándose en la guardería porque su irresponsable madre no fue a recogerla un día, o desencadenar el Apocalipsis... Probemos.
Pude despegar los pies del suelo, pude preguntar y pude llegar casi una hora tarde. Estaba todo dentro de las posibilidades. Cuando llegué a la puerta me daba vergüenza entrar. ¿Y si Lourdes, la profesora, estaba esperándome con el látigo en la mano? No podría contar todo lo ocurrido con claridad y seguro que me ponía nerviosa y empezaba a hablar de abducciones alienígenas y crustáceos. Todo el mundo considera que tengo unos recursos muy extraños para evitar las responsabilidades. Yo ya no sé qué pensar, porque a mí me parecen raros ellos.
‘Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma’. ¿Por qué todos los refraneros tienen razón? Yo me había convertido en una especie de profeta al que nadie podía ponerme cara, pero que se sabía a ciencia cierta que portaba barba y pañuelo, y un chico de ojos azules que acechaba tras la verja era mi montaña. Muy atractivo, por cierto.
- Perdona, ¿eres la mamá de Irene?
- Yo… sí. Siento el retraso.
- No te preocupes, la princesita y yo nos hemos estado entreteniendo con las letras, ¿verdad?
- ¿No es un poco joven como para que le enseñen esas cosas? ¡Aún le quedan muchos años para pensar en hipotecas!
Se rió. Las carcajadas sonaban cristalinas y sinceras. ¡Pensaba que era un chiste! ¿Qué tipo de paralelismo puede haber para que le cause tanta risa? Estaba medio indignada porque no lo entendía, pero su alegría se pegaba como esa sustancia adiposa que tanto nos desagrada a las mujeres cuando nos hacemos viejecitas. La niña al escucharnos se asomó a la puerta, nos vio, y salió corriendo a abrazarme.
- ¿Qué tal está la niña más bonita del mundo?
- Quien a los suyos se parece…
- Eso dicen, Lourdes. Tú tampoco estás nada mal así.
- Jaja, no, señora. Yo soy el profesor encargado de la hora de comer. Me llamo Elías.
- Ya me parecía a mí. En fin, yo soy Alma. ¿Y el comedor es sólo para niños? Porque menudo privilegio tienen.
- Yo hago todo lo que puedo porque estén a gusto. Casi ningún niño se acostumbra al comedor de la escuela, pero nosotros intentamos estimularlos para que comer cada día sea toda una aventura.
- Sí, puedo entender eso del estímulo…
-¿Qué?
- No, nada, que yo ya me voy. Tendré que volver de vez en cuando a llegar tarde para reírme un rato, hoy he tenido un día realmente estresante.
- No lo dude, nos divertiremos.
- No lo dudo. Adiós.
- ¡Hasta la próxima!
Volvía a estar en la calle, en la misma parada de autobús. Miré el reloj, el tic tac era audible pero la esfera no tenía manecillas. ¿Qué le pasaba? Pregunté a tres personas que había allí la hora, pero nadie quiso contestar. ¡Y luego soy yo la rara!
Desabroché la correa e instintivamente fui a meter el reloj en el bolsillo, pero allí no había nada. ¿Otra vez? ¡Me toman el pelo hasta en sueños!
Levanté la cabeza y de repente todos llevaban una chaqueta igual que la mía; hombres, mujeres, niños, perros e incluso el poste que señalizaba la parada del bus. No, eran casi iguales que la mía, porque aparentemente ninguna tenía bolsillo. Entonces, de golpe, hubo una pausa y los pájaros se pararon en el cielo, los coches dejaron de tocar las bocinas y la mirada de las personas se paralizó. Cuando el mundo recobró la vida todos señalaban hacia el final, hacia lo que parecía una montaña con un par de ojos azules, grandes. Se oía una risilla de fondo, y en la cima –daba igual lo lejos que estuviera, lo podía ver con total claridad- había un maniquí con mi chaqueta.
Me desperté envuelta en sudor. Estaba sola en la inmensa cama de matrimonio, para no variar. Me levanté y abrí el cajón de la mesita. Dentro había una autorización para que el alumno se quedara en el comedor de la escuela. Suspiré y empecé a rellenarlo, lentamente.
Si la montaña no viene a Mahoma…
サラ.
06. Ley de vida
- ¿Sí?
- ¿Es usted Alma Asorey?
- Sí, soy yo.
- Le llamo desde el Hospital General. ¿Conoce a Alesia García?
- Es mi madre. Hace años que no la veo.
- Ha tenido un accidente y está muy grave. Siento comunicarle esta terrible noticia.
- Déjate de adjetivos. Gracias por notificármelo.
Y colgué. Éste era uno de esos casos prototípicos y peliculeros en los que los protagonistas salen corriendo, pero a mí me pasó lo contrario. Necesitaba reflexionar, una buena ducha.
Me metí en el cuarto de baño no sin antes echar una ojeada por la ventana y preparar una cafetera, como cada mañana. Estaba a punto de despuntar el día, debían ser las 6. Buena hora.
El agua fría despertó cada célula. Poco a poco fue calentándose y volví a respirar. Me daba la sensación que la cabeza estaba humeando, había llevado una noche agotadora con una traducción. Un personaje estaba empeñado en hablar de la migración de los cangrejos australianos a aguas del Mediterráneo, cosa de por sí imposible, utilizando mil tecnicismos, la mitad de ellos inventados a partir de la pronunciación del verdadero. ¿Cómo podía haber escritores tan locos? Qué noche tan extraña.
Alguien abrió la puerta.
- Buenos días cariño. ¿Te dio tiempo a acabar?
- Un poco ajustada pero sí. Ha sido un trabajo muy duro.
Una mano se coló por una rendija de la mampara y se posó en mi cadera. Tras ella fueron unos labios que se posaron en los míos. Fue un beso húmedo y prolongado que me ayudó a despejar la neurona. Pasé los brazos por su cuello y lo atraje hacía mí. Vestido se metió en la ducha conmigo y me envolvió con sus brazos.
Agua, vaho, calor.
- Tengo dos noticias que darte.
- ¿Buenas o malas?
- Elige, A o B. ¡Encárgate tú de valorarlas!
- B.
- Mi madre ha sufrido un accidente y está en el hospital…
- ¡Eso es terrible!
- Eres la segunda persona que pronuncia esa palabra hoy. Dejad las valoraciones para otro momento, por favor. Aún no he acabado siquiera la ducha de la madrugada y ya estáis traumatizando el día.
- ¡Tenemos que ir a verla! Voy a llamar ahora mismo al trabajo que hoy no iré.
- ¿Tenemos?
- Oh, cariño, sabes que adoraba a tu madre, aunque la viera pocas veces antes de que os pelearais.
- Ya, bueno. Yo tengo que ir a entregar el libro a la editorial.
- ¿No puedes dejarlo para otro momento?
- Les pedí una semana de asueto porque era imposible traducirlo con tanta prisa y lo aceptaron. Me pueden hacer un favor una vez, pero no puedo permitirme un retraso más si quiero seguir conservando mi fama.
- Lo entiendo. Voy a llamar ahora mismo para avisar que no voy a ir.
- Bien. Yo acabaré de ducharme.
Al fin el día había tomado una definición. Sería agrio y pesaroso. El cansancio empezó a acumularse en mis párpados, llevaba una semana de perros con la maldita novela y ahora esto. Sólo me apetecía dormir tres días seguidos.
Cerré el grifo y mojada y desnuda, fui a la cocina. El café ya estaba frío por lo que lo metí en el microondas unos segundos. Esperé allí a que la taza se calentara, llenándolo todo de agua. Al principio esta manía casi escandalizaba a Allen, pero se fue acostumbrando.
Saqué la taza y me fui al vestidor. Falda negra, camisa blanca ceñida a la cintura y unos zapatos con un poco de tacón. Muy sobria. Puse a imprimir las quinientas hojas y acabé de retocarme y secar el pelo. El secreto para parecer bella es poco maquillaje y natural.
- ¿Has cogido las llaves de casa?
- Sí, ya lo tengo todo.
Bajamos al garaje y se encendió la radio. Permanecíamos en completo silencio mientras las notas de una típica canción del verano llenaban el espacio. Estaba concentrada en conducir y no la presté atención hasta que él cambió de sintonía.
- ¿Te encuentras bien? Odias esa canción y no la has cambiado.
- Ni he prestado atención, la verdad. Hoy hay un tráfico terrible, ¡voy a llegar tarde!
- ¿Seguro que no estás así por el accidente?
- Los cangrejos australianos han migrado a mi cabeza, me encuentro incapaz de pensar en nada.
- ¿Cangrejos australianos?
Paré el coche delante de una pequeña papelería. Si no fuera porque sabía dónde estaba habría pasado de largo por completo.
- Vuelvo ahora, dejo el coche encendido.
Puse ambos intermitentes y bajé con el paquete en el que estaba la novela. En cuanto entré unas campanitas sonaron en la trastienda y se asomó un hombre con gafas enormes. Era muy mayor, lleno de arrugas.
- Buenos días, viejo Roble. ¿Puedes encuadernarme esto?
- Hola joven Caos. ¿A qué nivel de velocidad lo deseas?
- Faster than Light, please.
- Right now!
Contemplé el lugar con cariño. El olor a hojas, libros viejos y fotocopiadoras calientes se mezclaban en este lugar. Recuerdo que eso fue lo que me atrajo dentro por primera vez, el mismo día que empezó la dichosa manía de encuadernar los trabajos antes de entregarlos. Pulcro, fue mi primer éxito como traductora, y desde ese momento siempre he vuelto aquí al acabar cada libro.
A los pocos minutos volvió. Tan eficaz como siempre.
- ¿Pronto podré comprarlo?
- Supongo que sí, según lo que se demoren allá. Ha sido un trabajo especialmente difícil, espero que disfrutes su lectura. ¿Cuánto te debo?
- Vete o llegarás tarde.
- Gracias viejo –sonreí por primera vez en el día. Qué persona tan adorable, era casi como mi padre.
- ¿Se lo has contado ya?
- No he tenido tiempo, te mantendré informado. ¡Adiós!
Volví y me puse en marcha. No volvimos a hablar hasta que dejé la novela en la editorial.
- ¿En qué hospital está?
- El chico me llamó desde el Hospital General.
- ¿No sientes nada?
Le miré fijamente, a los ojos. Me sentía adulta, serena. Acababa de entregar un trabajo bien hecho y estaba tan satisfecha como cansada. No tenía nada pendiente.
- La noticia A es que vas a ser padre.
Sé que no era el momento para decirlo ni tampoco era la respuesta que esperaba recibir.
- ¿Qué? Pero… ¡Eso es maravilloso! ¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo?
- Fui al médico el otro día y me lo confirmó.
El resto del viaje fue en completo silencio. Su cara cambiaba de felicidad a desánimo y de desánimo a felicidad aleatoriamente, parecía tener un debate interno importante. La música seguía sonando y yo no era capaz de nada. Dentro había una completa y absoluta calma. Terrible, era como si me hubieran anestesiado y le hubieran pasado mis sentimientos. Estaba a punto de preguntarle si se pondría a llorar o a reír a carcajadas cuando llegamos, y creí más prudente callar.
- ¿Te dijo en qué habitación estaba?
- No, le colgué.
- ¿Por qué?
- ¡Dijo que era terrible!
Suspiró. ‘Es incorregible’, debía estar pensando. Bueno, eso es cierto. Lo soy.
- Ve a aparcar, voy a preguntar dónde está. Nos vemos en recepción.
Me acerqué para recibir un beso pero sólo escuché como la puerta se cerraba. Me tocaba suspirar a mí. ¿Acaso tenía yo la culpa de todo lo que pasaba? No, joder, no fui yo quien ‘esperaría tranquilamente’. Yo quería hablar y solucionarlo, como siempre. Ella tenía suficiente con su nueva vida, suficiente como para darme la espalda aunque yo la necesitara. Al fin y al cabo, ‘ella no podía hacer nada por mí’.
Un stop, frené. Una sacudida y un sonido. Mi cabeza golpeó el volante con relativa fuerza.
Me sentía aturdida, miré a ambos lados y como no venía nadie seguí recto, ahí delante había un hueco libre. Aparqué a la primera y cuando iba a cerrar el coche me percaté del golpe en la parte trasera.
- ¿Cuándo mierdas me han pegado ese golpe? Joder, y no dejaron ni el número de teléfono. Qué hijos de puta. Como mínimo he tenido suerte y he aparcado en frente de la puerta…
Le di una patada a la rueda, frustrada, y fui hacia la puerta. Allí estaba esperándome Allen. En cuanto me vio corrió hacia mí escandalizado.
- ¿Pero qué te ha pasado? ¡Menudo golpe que tienes, cariño!
- ¿Golpe…?
Me toqué la mejilla. Era cierto, estaba tan hinchada que ni siquiera podía abrir el ojo izquierdo. ¿Cómo no lo he notado?
- Joder, joder, joder.
- ¡Lo siento, lo siento de verdad! -alguien venía corriendo, una mujer de unos cuarenta años con el pelo muy largo y rizado. Parecía azorada, preocupada-. Estaba discutiendo con mi ex marido y no vi que frenabas.
- No es nada. Por poco me quitan el sitio.
La contestación los descolocó, pero me había salido tan natural… Se miraron, noté su desconcierto.
- Discúlpela, le han avisado que su madre ha tenido un grave accidente y está algo perturbada por la noticia. Déme su número de teléfono y otro día la llamo para arreglar los papeles del seguro.
- Lo siento otra vez. Tenga mi tarjeta, le apunto detrás la matrícula de mi coche. No dude en llamarme pronto, por favor. Que no sea nada.
Y se esfumó. Yo había estado escuchándolos, llenando mi mente de palabras protocolarias para darle las gracias por su preocupación, pero no conseguí despegar los labios. Sólo miraba con curiosidad, hecho que empezó a preocuparle.
- ¿Pero no te diste cuenta de nada?
- No… -seguía tocándome la mejilla, como si intentara comprobar que de verdad había ocurrido.
Sin previo aviso me abrazó muy fuerte. Respiraba entrecortadamente.
- Prométeme que te vas a cuidar, ahora más que nunca. Tienes doble responsabilidad, tienes que dar a luz a un hijo sano, y tampoco quiero cuidar a un bebé yo solo. Te quiero Almita mía.
- Te… te lo prometo.
Me dio la mano, entrelazando nuestros dedos y me llevó adentro. Una enfermera se acercó a preguntarme qué había ocurrido, y él le contestó que no había sido nada, que me trajeran un poco de hielo. Al instante estaba sujetando un trapo con algo frío dentro. ¿De dónde vendría este hielo? Quizá lo había traído un cangrejo australiano desde el Antártico.
Por estúpida que pareciera la idea, me tranquilizó.
- Está en la habitación 411, planta cuatro. El ascensor… sí, ahí está.
Subimos con mucha gente, nadie dijo nada. Cuando sonó el ‘clin’ de la tercera planta, todos salieron casi corriendo y nos quedamos solos. Me estrechó más contra él como si pensara que yo también estaba enferma. Le miré con curiosidad y me la devolvió. Fui a hablar, pero tenía los labios también hinchados, y casi no pude entreabrirlos.
‘Clin’. Cuarta planta.
Ahí estábamos, por fin, y me volví a dejar llevar por su mano segura. Un par de puertas a la derecha estaba el número 411 escrito en letras negras sobre un cartel blanco impecable. Olía a alcohol, a limpio impoluto.
Tocó a la puerta con los nudillos y un hombre con bata blanca la abrió desde dentro. Todo blanco, blanco, blanco, blanco. Un lienzo sobre el cual escribir, pintar, traducir…
- Venimos a ver a Alesia.
- Pasen, por favor. ¿Familiares?
- Ella es su hija. ¿Cómo se encuentra?
- Está grave. Tiene lesiones internas, tres costillas rotas y la pierna y la muñeca derecha rotas, además de todos los golpes y magulladuras.
- ¿Cómo fue?
- Ella y un hombre iban conduciendo y chocaron contra un coche en dirección contraria a 160km por hora. Es un milagro que ella esté viva.
- ¿El compañero y el conductor del otro coche están…?
- Sí, han fallecido.
Volvía a pasar lo mismo que antes, buscaba unas palabras dentro del protocolo que pudieran expresar algo, aunque fuera simple interés. Al parar de hablar me miraron esperando que dijera eso que andaba buscando. Esta situación me presionaba y me puse nerviosa. Tosí y me dolió el golpe como nunca.
- Pobrecita… Lo siento mucho, de verdad.
¿Ni siquiera un ‘gracias por todo’? ¡Habla, habla! Pero nada, era imposible. Estaba demasiado concentrada en la cara del médico. ¡Qué blanco iba! Recorrí de arriba abajo su indumentaria muy descarada. Ambos se quedaron asombrados, pude volver a notarlo. Entonces me fijé que llevaba bordado un pequeño cangrejo en el bolsillo del pecho con un sombrero playero y una tabla de surf en una pinza.
- Un cangrejo australiano.
El día empezaba a ser de lo más surrealista.
Sonrió y me tocó el hombro, apiadándose de mí.
- ¿Puede venir conmigo fuera, por favor? –se dirigía a Allen-. Quizá… necesiten estar a solas.
Buena excusa Licenciado. ¿Sugerirías a mi pareja que me encerrara en un psiquiátrico o que me ayudara a dejar las drogas? Todo por mi seguridad, por supuesto.
El hecho es que me dejaron sola, a Allen se lo llevó un poco a regañadientes. Quería quedarse conmigo. Cuánto le quería.
Cuando cerraron la puerta me puse a contemplar los cuadros de la sala. Había una foto enmarcada de una playa desierta, muy típica de una agencia de viajes, y otra del monte Fuji en Japón. Busqué a Wally en ambas fotografías y al comprobar que no estaba posé la vista por primera vez en mi madre.
Mi primera impresión fue que tenía muy mala cara. Toda magullada, escayolada, con una máscara que le tapaba boca y nariz y le ayudaba a respirar. Lo poco que podía ver de su piel eran los dedos amoratados, supuse que por la presión de las vendas, y parte de su cara. Me llamó la atención que tuviera la mejilla hinchada, la misma que yo. Qué curioso.
Llevaba ocho años sin verla y nunca se cansó de esperar. ¿Por qué? En esa época tuve que despojarme de todo para conservar mi integridad física y mental. Desaparecí del mapa, viajaba, ahorraba dinero y volvía a viajar. Fueron dos años antes de asentar la cabeza, Allen me hizo volver.
Estudié, me perfeccioné y aprendí a amar muy despacio. En estos momentos era feliz con mi vida y mis pequeños retos.
¿Qué habría pasado si hubiera sido de otro modo, mamá?
Revolví en el bolso hasta encontrar un trozo de papel y un boli negro. Escribí unas palabras y lo doblé. Lo dejé sobre la mesita y salí en silencio.
Allí fuera estaban ambos hombres con cara seria. El suelo estaba muy pulido y limpio.
- Vámonos cielo.
- Pero yo quiero ve… -suspiró-. Bien, como quieras.
- Gracias por todo, doctor -le dije esto muy bajo pero lo entendió a la primera y asintió con la cabeza.
- Suerte. Aún puede ser que se ponga bien.
Ya estaba llamando al ascensor. El médico entró en la habitación y vio la nota. La alzó y desplegó. Dentro estaba escrito, con letra muy clara: ‘Eras mi persona favorita…’
サラ.
- ¿Es usted Alma Asorey?
- Sí, soy yo.
- Le llamo desde el Hospital General. ¿Conoce a Alesia García?
- Es mi madre. Hace años que no la veo.
- Ha tenido un accidente y está muy grave. Siento comunicarle esta terrible noticia.
- Déjate de adjetivos. Gracias por notificármelo.
Y colgué. Éste era uno de esos casos prototípicos y peliculeros en los que los protagonistas salen corriendo, pero a mí me pasó lo contrario. Necesitaba reflexionar, una buena ducha.
Me metí en el cuarto de baño no sin antes echar una ojeada por la ventana y preparar una cafetera, como cada mañana. Estaba a punto de despuntar el día, debían ser las 6. Buena hora.
El agua fría despertó cada célula. Poco a poco fue calentándose y volví a respirar. Me daba la sensación que la cabeza estaba humeando, había llevado una noche agotadora con una traducción. Un personaje estaba empeñado en hablar de la migración de los cangrejos australianos a aguas del Mediterráneo, cosa de por sí imposible, utilizando mil tecnicismos, la mitad de ellos inventados a partir de la pronunciación del verdadero. ¿Cómo podía haber escritores tan locos? Qué noche tan extraña.
Alguien abrió la puerta.
- Buenos días cariño. ¿Te dio tiempo a acabar?
- Un poco ajustada pero sí. Ha sido un trabajo muy duro.
Una mano se coló por una rendija de la mampara y se posó en mi cadera. Tras ella fueron unos labios que se posaron en los míos. Fue un beso húmedo y prolongado que me ayudó a despejar la neurona. Pasé los brazos por su cuello y lo atraje hacía mí. Vestido se metió en la ducha conmigo y me envolvió con sus brazos.
Agua, vaho, calor.
- Tengo dos noticias que darte.
- ¿Buenas o malas?
- Elige, A o B. ¡Encárgate tú de valorarlas!
- B.
- Mi madre ha sufrido un accidente y está en el hospital…
- ¡Eso es terrible!
- Eres la segunda persona que pronuncia esa palabra hoy. Dejad las valoraciones para otro momento, por favor. Aún no he acabado siquiera la ducha de la madrugada y ya estáis traumatizando el día.
- ¡Tenemos que ir a verla! Voy a llamar ahora mismo al trabajo que hoy no iré.
- ¿Tenemos?
- Oh, cariño, sabes que adoraba a tu madre, aunque la viera pocas veces antes de que os pelearais.
- Ya, bueno. Yo tengo que ir a entregar el libro a la editorial.
- ¿No puedes dejarlo para otro momento?
- Les pedí una semana de asueto porque era imposible traducirlo con tanta prisa y lo aceptaron. Me pueden hacer un favor una vez, pero no puedo permitirme un retraso más si quiero seguir conservando mi fama.
- Lo entiendo. Voy a llamar ahora mismo para avisar que no voy a ir.
- Bien. Yo acabaré de ducharme.
Al fin el día había tomado una definición. Sería agrio y pesaroso. El cansancio empezó a acumularse en mis párpados, llevaba una semana de perros con la maldita novela y ahora esto. Sólo me apetecía dormir tres días seguidos.
Cerré el grifo y mojada y desnuda, fui a la cocina. El café ya estaba frío por lo que lo metí en el microondas unos segundos. Esperé allí a que la taza se calentara, llenándolo todo de agua. Al principio esta manía casi escandalizaba a Allen, pero se fue acostumbrando.
Saqué la taza y me fui al vestidor. Falda negra, camisa blanca ceñida a la cintura y unos zapatos con un poco de tacón. Muy sobria. Puse a imprimir las quinientas hojas y acabé de retocarme y secar el pelo. El secreto para parecer bella es poco maquillaje y natural.
- ¿Has cogido las llaves de casa?
- Sí, ya lo tengo todo.
Bajamos al garaje y se encendió la radio. Permanecíamos en completo silencio mientras las notas de una típica canción del verano llenaban el espacio. Estaba concentrada en conducir y no la presté atención hasta que él cambió de sintonía.
- ¿Te encuentras bien? Odias esa canción y no la has cambiado.
- Ni he prestado atención, la verdad. Hoy hay un tráfico terrible, ¡voy a llegar tarde!
- ¿Seguro que no estás así por el accidente?
- Los cangrejos australianos han migrado a mi cabeza, me encuentro incapaz de pensar en nada.
- ¿Cangrejos australianos?
Paré el coche delante de una pequeña papelería. Si no fuera porque sabía dónde estaba habría pasado de largo por completo.
- Vuelvo ahora, dejo el coche encendido.
Puse ambos intermitentes y bajé con el paquete en el que estaba la novela. En cuanto entré unas campanitas sonaron en la trastienda y se asomó un hombre con gafas enormes. Era muy mayor, lleno de arrugas.
- Buenos días, viejo Roble. ¿Puedes encuadernarme esto?
- Hola joven Caos. ¿A qué nivel de velocidad lo deseas?
- Faster than Light, please.
- Right now!
Contemplé el lugar con cariño. El olor a hojas, libros viejos y fotocopiadoras calientes se mezclaban en este lugar. Recuerdo que eso fue lo que me atrajo dentro por primera vez, el mismo día que empezó la dichosa manía de encuadernar los trabajos antes de entregarlos. Pulcro, fue mi primer éxito como traductora, y desde ese momento siempre he vuelto aquí al acabar cada libro.
A los pocos minutos volvió. Tan eficaz como siempre.
- ¿Pronto podré comprarlo?
- Supongo que sí, según lo que se demoren allá. Ha sido un trabajo especialmente difícil, espero que disfrutes su lectura. ¿Cuánto te debo?
- Vete o llegarás tarde.
- Gracias viejo –sonreí por primera vez en el día. Qué persona tan adorable, era casi como mi padre.
- ¿Se lo has contado ya?
- No he tenido tiempo, te mantendré informado. ¡Adiós!
Volví y me puse en marcha. No volvimos a hablar hasta que dejé la novela en la editorial.
- ¿En qué hospital está?
- El chico me llamó desde el Hospital General.
- ¿No sientes nada?
Le miré fijamente, a los ojos. Me sentía adulta, serena. Acababa de entregar un trabajo bien hecho y estaba tan satisfecha como cansada. No tenía nada pendiente.
- La noticia A es que vas a ser padre.
Sé que no era el momento para decirlo ni tampoco era la respuesta que esperaba recibir.
- ¿Qué? Pero… ¡Eso es maravilloso! ¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo?
- Fui al médico el otro día y me lo confirmó.
El resto del viaje fue en completo silencio. Su cara cambiaba de felicidad a desánimo y de desánimo a felicidad aleatoriamente, parecía tener un debate interno importante. La música seguía sonando y yo no era capaz de nada. Dentro había una completa y absoluta calma. Terrible, era como si me hubieran anestesiado y le hubieran pasado mis sentimientos. Estaba a punto de preguntarle si se pondría a llorar o a reír a carcajadas cuando llegamos, y creí más prudente callar.
- ¿Te dijo en qué habitación estaba?
- No, le colgué.
- ¿Por qué?
- ¡Dijo que era terrible!
Suspiró. ‘Es incorregible’, debía estar pensando. Bueno, eso es cierto. Lo soy.
- Ve a aparcar, voy a preguntar dónde está. Nos vemos en recepción.
Me acerqué para recibir un beso pero sólo escuché como la puerta se cerraba. Me tocaba suspirar a mí. ¿Acaso tenía yo la culpa de todo lo que pasaba? No, joder, no fui yo quien ‘esperaría tranquilamente’. Yo quería hablar y solucionarlo, como siempre. Ella tenía suficiente con su nueva vida, suficiente como para darme la espalda aunque yo la necesitara. Al fin y al cabo, ‘ella no podía hacer nada por mí’.
Un stop, frené. Una sacudida y un sonido. Mi cabeza golpeó el volante con relativa fuerza.
Me sentía aturdida, miré a ambos lados y como no venía nadie seguí recto, ahí delante había un hueco libre. Aparqué a la primera y cuando iba a cerrar el coche me percaté del golpe en la parte trasera.
- ¿Cuándo mierdas me han pegado ese golpe? Joder, y no dejaron ni el número de teléfono. Qué hijos de puta. Como mínimo he tenido suerte y he aparcado en frente de la puerta…
Le di una patada a la rueda, frustrada, y fui hacia la puerta. Allí estaba esperándome Allen. En cuanto me vio corrió hacia mí escandalizado.
- ¿Pero qué te ha pasado? ¡Menudo golpe que tienes, cariño!
- ¿Golpe…?
Me toqué la mejilla. Era cierto, estaba tan hinchada que ni siquiera podía abrir el ojo izquierdo. ¿Cómo no lo he notado?
- Joder, joder, joder.
- ¡Lo siento, lo siento de verdad! -alguien venía corriendo, una mujer de unos cuarenta años con el pelo muy largo y rizado. Parecía azorada, preocupada-. Estaba discutiendo con mi ex marido y no vi que frenabas.
- No es nada. Por poco me quitan el sitio.
La contestación los descolocó, pero me había salido tan natural… Se miraron, noté su desconcierto.
- Discúlpela, le han avisado que su madre ha tenido un grave accidente y está algo perturbada por la noticia. Déme su número de teléfono y otro día la llamo para arreglar los papeles del seguro.
- Lo siento otra vez. Tenga mi tarjeta, le apunto detrás la matrícula de mi coche. No dude en llamarme pronto, por favor. Que no sea nada.
Y se esfumó. Yo había estado escuchándolos, llenando mi mente de palabras protocolarias para darle las gracias por su preocupación, pero no conseguí despegar los labios. Sólo miraba con curiosidad, hecho que empezó a preocuparle.
- ¿Pero no te diste cuenta de nada?
- No… -seguía tocándome la mejilla, como si intentara comprobar que de verdad había ocurrido.
Sin previo aviso me abrazó muy fuerte. Respiraba entrecortadamente.
- Prométeme que te vas a cuidar, ahora más que nunca. Tienes doble responsabilidad, tienes que dar a luz a un hijo sano, y tampoco quiero cuidar a un bebé yo solo. Te quiero Almita mía.
- Te… te lo prometo.
Me dio la mano, entrelazando nuestros dedos y me llevó adentro. Una enfermera se acercó a preguntarme qué había ocurrido, y él le contestó que no había sido nada, que me trajeran un poco de hielo. Al instante estaba sujetando un trapo con algo frío dentro. ¿De dónde vendría este hielo? Quizá lo había traído un cangrejo australiano desde el Antártico.
Por estúpida que pareciera la idea, me tranquilizó.
- Está en la habitación 411, planta cuatro. El ascensor… sí, ahí está.
Subimos con mucha gente, nadie dijo nada. Cuando sonó el ‘clin’ de la tercera planta, todos salieron casi corriendo y nos quedamos solos. Me estrechó más contra él como si pensara que yo también estaba enferma. Le miré con curiosidad y me la devolvió. Fui a hablar, pero tenía los labios también hinchados, y casi no pude entreabrirlos.
‘Clin’. Cuarta planta.
Ahí estábamos, por fin, y me volví a dejar llevar por su mano segura. Un par de puertas a la derecha estaba el número 411 escrito en letras negras sobre un cartel blanco impecable. Olía a alcohol, a limpio impoluto.
Tocó a la puerta con los nudillos y un hombre con bata blanca la abrió desde dentro. Todo blanco, blanco, blanco, blanco. Un lienzo sobre el cual escribir, pintar, traducir…
- Venimos a ver a Alesia.
- Pasen, por favor. ¿Familiares?
- Ella es su hija. ¿Cómo se encuentra?
- Está grave. Tiene lesiones internas, tres costillas rotas y la pierna y la muñeca derecha rotas, además de todos los golpes y magulladuras.
- ¿Cómo fue?
- Ella y un hombre iban conduciendo y chocaron contra un coche en dirección contraria a 160km por hora. Es un milagro que ella esté viva.
- ¿El compañero y el conductor del otro coche están…?
- Sí, han fallecido.
Volvía a pasar lo mismo que antes, buscaba unas palabras dentro del protocolo que pudieran expresar algo, aunque fuera simple interés. Al parar de hablar me miraron esperando que dijera eso que andaba buscando. Esta situación me presionaba y me puse nerviosa. Tosí y me dolió el golpe como nunca.
- Pobrecita… Lo siento mucho, de verdad.
¿Ni siquiera un ‘gracias por todo’? ¡Habla, habla! Pero nada, era imposible. Estaba demasiado concentrada en la cara del médico. ¡Qué blanco iba! Recorrí de arriba abajo su indumentaria muy descarada. Ambos se quedaron asombrados, pude volver a notarlo. Entonces me fijé que llevaba bordado un pequeño cangrejo en el bolsillo del pecho con un sombrero playero y una tabla de surf en una pinza.
- Un cangrejo australiano.
El día empezaba a ser de lo más surrealista.
Sonrió y me tocó el hombro, apiadándose de mí.
- ¿Puede venir conmigo fuera, por favor? –se dirigía a Allen-. Quizá… necesiten estar a solas.
Buena excusa Licenciado. ¿Sugerirías a mi pareja que me encerrara en un psiquiátrico o que me ayudara a dejar las drogas? Todo por mi seguridad, por supuesto.
El hecho es que me dejaron sola, a Allen se lo llevó un poco a regañadientes. Quería quedarse conmigo. Cuánto le quería.
Cuando cerraron la puerta me puse a contemplar los cuadros de la sala. Había una foto enmarcada de una playa desierta, muy típica de una agencia de viajes, y otra del monte Fuji en Japón. Busqué a Wally en ambas fotografías y al comprobar que no estaba posé la vista por primera vez en mi madre.
Mi primera impresión fue que tenía muy mala cara. Toda magullada, escayolada, con una máscara que le tapaba boca y nariz y le ayudaba a respirar. Lo poco que podía ver de su piel eran los dedos amoratados, supuse que por la presión de las vendas, y parte de su cara. Me llamó la atención que tuviera la mejilla hinchada, la misma que yo. Qué curioso.
Llevaba ocho años sin verla y nunca se cansó de esperar. ¿Por qué? En esa época tuve que despojarme de todo para conservar mi integridad física y mental. Desaparecí del mapa, viajaba, ahorraba dinero y volvía a viajar. Fueron dos años antes de asentar la cabeza, Allen me hizo volver.
Estudié, me perfeccioné y aprendí a amar muy despacio. En estos momentos era feliz con mi vida y mis pequeños retos.
¿Qué habría pasado si hubiera sido de otro modo, mamá?
Revolví en el bolso hasta encontrar un trozo de papel y un boli negro. Escribí unas palabras y lo doblé. Lo dejé sobre la mesita y salí en silencio.
Allí fuera estaban ambos hombres con cara seria. El suelo estaba muy pulido y limpio.
- Vámonos cielo.
- Pero yo quiero ve… -suspiró-. Bien, como quieras.
- Gracias por todo, doctor -le dije esto muy bajo pero lo entendió a la primera y asintió con la cabeza.
- Suerte. Aún puede ser que se ponga bien.
Ya estaba llamando al ascensor. El médico entró en la habitación y vio la nota. La alzó y desplegó. Dentro estaba escrito, con letra muy clara: ‘Eras mi persona favorita…’
サラ.
05. Break-up
Escuché el sonido de algo rompiéndose en la habitación contigua. ¿El aire?
Me levanté de delante de los apuntes, echando al gato al suelo y me acerqué al cuarto. Efectivamente, allí estaba un jarrón despedazado y la cortina ondeando en señal de culpabilidad. Entonces la puerta se cerró de un golpe a mis espaldas.
Encerrada. Las paredes cada vez más cerca.
Objetos animados. Sonríen. Sonríen más.
Sin darme ni cuenta barro la mesa con los brazos, tirándolo todo al suelo. Estoy llorando lágrimas de rabia. Me tropiezo con la pata de un taburete y me caigo al suelo, dando de bruces con todos los trocitos de cerámica del jarrón.
Las baldosas están frías. El agua salada se escurre por las mejillas empapando el suelo. Oscuro…
…Y nada más.
サラ.
Me levanté de delante de los apuntes, echando al gato al suelo y me acerqué al cuarto. Efectivamente, allí estaba un jarrón despedazado y la cortina ondeando en señal de culpabilidad. Entonces la puerta se cerró de un golpe a mis espaldas.
Encerrada. Las paredes cada vez más cerca.
Objetos animados. Sonríen. Sonríen más.
Sin darme ni cuenta barro la mesa con los brazos, tirándolo todo al suelo. Estoy llorando lágrimas de rabia. Me tropiezo con la pata de un taburete y me caigo al suelo, dando de bruces con todos los trocitos de cerámica del jarrón.
Las baldosas están frías. El agua salada se escurre por las mejillas empapando el suelo. Oscuro…
…Y nada más.
サラ.
04. Ensayo y error
Sólo a dos dedos de vaciar el vaso. Iba a beber de un trago su contenido, pero la luz que incidía en él me retuvo. No había nada de especial, era simplemente una copa con un líquido transparente junto a unos folios a medio escribir y subrayados y la carátula del CD que estaba sonando en estos momentos. En ella había escrita una poesía. Leída en voz alta sonaba más o menos así:
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbaran las montañas
Y escucharais las mentes social-adormecidas
Las palabras de amor de mi garganta…
Escucharemos, retumbaremos. Pensaremos qué hay detrás de una acción tan simple como vaciar este cáliz de su néctar. ¿Morirá? ¿Desaparecerá la taza? ¿Seguirá impasible? ¿Llorará la pérdida?
¿Cómo puedo saber qué pasará después si ni siquiera soy capaz de predecir qué pasará con este recipiente? Predecir los fenómenos impredecibles, predicar el resultado y esperar que sea correcto. Es más difícil que jugar a la lotería.
Hipnotizada con la cuestión la mente se quedó en blanco. No había nada que pensar, nada que probar o aprobar.
Agarré el cacharro de cristal entre los dedos y me lo bebí de un solo trago.
Nada.
サラ.
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbaran las montañas
Y escucharais las mentes social-adormecidas
Las palabras de amor de mi garganta…
Escucharemos, retumbaremos. Pensaremos qué hay detrás de una acción tan simple como vaciar este cáliz de su néctar. ¿Morirá? ¿Desaparecerá la taza? ¿Seguirá impasible? ¿Llorará la pérdida?
¿Cómo puedo saber qué pasará después si ni siquiera soy capaz de predecir qué pasará con este recipiente? Predecir los fenómenos impredecibles, predicar el resultado y esperar que sea correcto. Es más difícil que jugar a la lotería.
Hipnotizada con la cuestión la mente se quedó en blanco. No había nada que pensar, nada que probar o aprobar.
Agarré el cacharro de cristal entre los dedos y me lo bebí de un solo trago.
Nada.
サラ.
03. Abismar
Es algo tan tan profundo que sólo puede estar a la sombra, donde aún no ha llegado ni la luz. Eso llevo dentro de mí. Cuando vuelvo a la vida, la situación me banaliza y convierte en una más, haciendo, viendo, escuchando e incluso sintiendo lo mismo que todos los demás.
En realidad soy un monstruo diferente, no como concepto negativo, sino como concepto, sin apellidos, sin adjetivos que lo valoren.
Soy una niña pequeña al borde de un pozo, alimentada por seres sin ojos que aparecen del abismo para drenarme su alma, separándose de toda ligadura. De ahí los instintos de conservación, de miedo a aquella cavidad a mis pies. Sólo soy una niña con miedo a caer sola donde esas almas le han contado que hay nada.
Me aferro a su mano, que hoy no parpadea, hoy está conmigo.
- ¿Estás bien?
- Ha sido un mareo, nada más.
- ¿Señorita, qué langosta prefiere? –el camarero insistía, viendo que tardaba.
- ¿Pero no ves que está pálida? Si tienes tanta prisa vete a atender a otra mesa.
- Creo… que he cambiado de idea. No quiero langosta, no quiero su alma.
- En La Langostería sólo cocinamos langostas, valga la redundancia.
- Entonces vayámonos de aquí. Por favor, cariño.
- Sí, claro… ya sabes que no me gustan los insectos*.
- Crustáceos, señor.
- Según cómo lo mires.
サラ.
* Juego de palabras entre la langosta insecto y la del mar.
En realidad soy un monstruo diferente, no como concepto negativo, sino como concepto, sin apellidos, sin adjetivos que lo valoren.
Soy una niña pequeña al borde de un pozo, alimentada por seres sin ojos que aparecen del abismo para drenarme su alma, separándose de toda ligadura. De ahí los instintos de conservación, de miedo a aquella cavidad a mis pies. Sólo soy una niña con miedo a caer sola donde esas almas le han contado que hay nada.
Me aferro a su mano, que hoy no parpadea, hoy está conmigo.
- ¿Estás bien?
- Ha sido un mareo, nada más.
- ¿Señorita, qué langosta prefiere? –el camarero insistía, viendo que tardaba.
- ¿Pero no ves que está pálida? Si tienes tanta prisa vete a atender a otra mesa.
- Creo… que he cambiado de idea. No quiero langosta, no quiero su alma.
- En La Langostería sólo cocinamos langostas, valga la redundancia.
- Entonces vayámonos de aquí. Por favor, cariño.
- Sí, claro… ya sabes que no me gustan los insectos*.
- Crustáceos, señor.
- Según cómo lo mires.
サラ.
* Juego de palabras entre la langosta insecto y la del mar.
02. El hueco de la escalera
Golpe seco. Un portazo al fondo de la casa, de su habitación. Después el silencio, más destructivo que todos los gritos anteriores.
No debí gritar, no debí hacer tantas cosas últimamente… Pero es un hecho y no puedo desprenderme de ello, de la sensación de haber escogido el mal camino al ver la rosa sin intuir las espinas, y ahora estar clavándome sus aguijones crudos, envenenados por una sustancia que te transporta a algo más allá de la muerte.
Más silencio.
Soy capaz de dejarme llevar a oscuras, que mi sentimiento sea más fuerte que toda materia en el universo, capaz de moverlo todo menos el tiempo. Y el silencio.
Tocan al timbre y voy a abrir. Palabras ininteligibles, intuyo que quieren subir pero tampoco acierto a saber qué, quién, por qué o cómo. Por las escaleras, imagino.
A lo mejor es la CIA vestida de hombres de negro, como en la película, que vienen a arrestarme o a acabar con las ruinas de mi vida, aunque quizá sean unos cuantos curas mandado por la Santa Inquisición para torturarme y quemarme en la hoguera por rompe-ideales, bruja y hereje. ¿Y si viene uno de cada? Por si ninguno queda conforme, partirme en dos y que cada uno cumpla su misión de castigarme.
Sería divertido ver la cara de satisfacción cuando él se entere y firme gustoso porque se me lleven muy lejos, donde mis paranoias e incoherencias no le afecten. A lo mejor lo celebra preparando palomitas, o haga una fiesta de vecinos de la comunidad, que por fin se libran de esta pesada. Hasta puede que mis más íntimos amigos se apunten a la celebración.
Con ese sabor tan amargo escuché las pisadas de varias personas subiendo los tres pisos sin ascensor, incluso antes de abrir la puerta. No iba a darles el gustazo de estar esperándoles con los brazos abiertos, les haría esperar a que llegaran para enseñarme a ellos, para entregarme y por fin acabar con el sufrimiento del planeta. Sin altibajos emocionales, sin que haya nadie que se sienta ofendida por las más pequeñas chorradas. Seguro que se aburrían, pero ese era su problema.
Al llegar abrí la puerta. Allí había una señora mayor, entrada en carnes y dos niñas agarradas de sus manos. ¿Y esto qué era, el batallón inicial? Los niños podían llevar bombas nucleares implantadas en el cuerpo en el momento de nacer y la mujer un látigo escondido entre los michelines. Nunca hay que fiarse, aunque parezcan inofensivos.
- Somos testigos de Jehová y vamos predicando su palabra. ¿Sería tan amable de escucharnos unos minutos?
¿Y toda esa educación de dónde había salido? ¡Soy capaz de escoger el cuchillo más mortífero de la cocina y… y… hacer algo con él! ¡No os fiéis que yo no estoy indefensa!
Mentira.
- Oh… Lo siento, pero pertenezco a una secta muy peligrosa que está totalmente en contra de vuestra creencia. Tengo órdenes expresas de exterminar, pero como veo que habéis sido tan amables, os permito ios sanos y salvos de la puerta de mi casa. Gracias y buenas tardes.
Cerré la puerta sin creerme del todo lo que acababa de decir. A veces era como si alguien controlara mi boca para soltar palazos invisibles. No se puede hacer nada contra un ataque así.
Suspiré, vuelta a la resignación. Me iría al salón sin castigo y con el silencio, que parecía más abrumador por instantes… Aunque ahora que pensaba en él, había desaparecido. Un rumor de pasos se escuchaba cada vez más cerca, por lo que no me moví, cara a la puerta de salida.
Sus brazos rodearon mi cintura y creí que el corazón se me saldría por la boca de lo desbocado que se había puesto. Sus labios rozaron mi cuello y noté esa respiración cálida sobre mi piel. Suspiró, ambos suspiramos.
- Lo siento.
Y con eso bastaba, con eso tenía que bastar. Me arrastró hacia el cuarto y me dejé llevar, con los ojos cerrados.
Perdonaría y volvería a la normalidad.
Hasta la próxima.
サラ.
No debí gritar, no debí hacer tantas cosas últimamente… Pero es un hecho y no puedo desprenderme de ello, de la sensación de haber escogido el mal camino al ver la rosa sin intuir las espinas, y ahora estar clavándome sus aguijones crudos, envenenados por una sustancia que te transporta a algo más allá de la muerte.
Más silencio.
Soy capaz de dejarme llevar a oscuras, que mi sentimiento sea más fuerte que toda materia en el universo, capaz de moverlo todo menos el tiempo. Y el silencio.
Tocan al timbre y voy a abrir. Palabras ininteligibles, intuyo que quieren subir pero tampoco acierto a saber qué, quién, por qué o cómo. Por las escaleras, imagino.
A lo mejor es la CIA vestida de hombres de negro, como en la película, que vienen a arrestarme o a acabar con las ruinas de mi vida, aunque quizá sean unos cuantos curas mandado por la Santa Inquisición para torturarme y quemarme en la hoguera por rompe-ideales, bruja y hereje. ¿Y si viene uno de cada? Por si ninguno queda conforme, partirme en dos y que cada uno cumpla su misión de castigarme.
Sería divertido ver la cara de satisfacción cuando él se entere y firme gustoso porque se me lleven muy lejos, donde mis paranoias e incoherencias no le afecten. A lo mejor lo celebra preparando palomitas, o haga una fiesta de vecinos de la comunidad, que por fin se libran de esta pesada. Hasta puede que mis más íntimos amigos se apunten a la celebración.
Con ese sabor tan amargo escuché las pisadas de varias personas subiendo los tres pisos sin ascensor, incluso antes de abrir la puerta. No iba a darles el gustazo de estar esperándoles con los brazos abiertos, les haría esperar a que llegaran para enseñarme a ellos, para entregarme y por fin acabar con el sufrimiento del planeta. Sin altibajos emocionales, sin que haya nadie que se sienta ofendida por las más pequeñas chorradas. Seguro que se aburrían, pero ese era su problema.
Al llegar abrí la puerta. Allí había una señora mayor, entrada en carnes y dos niñas agarradas de sus manos. ¿Y esto qué era, el batallón inicial? Los niños podían llevar bombas nucleares implantadas en el cuerpo en el momento de nacer y la mujer un látigo escondido entre los michelines. Nunca hay que fiarse, aunque parezcan inofensivos.
- Somos testigos de Jehová y vamos predicando su palabra. ¿Sería tan amable de escucharnos unos minutos?
¿Y toda esa educación de dónde había salido? ¡Soy capaz de escoger el cuchillo más mortífero de la cocina y… y… hacer algo con él! ¡No os fiéis que yo no estoy indefensa!
Mentira.
- Oh… Lo siento, pero pertenezco a una secta muy peligrosa que está totalmente en contra de vuestra creencia. Tengo órdenes expresas de exterminar, pero como veo que habéis sido tan amables, os permito ios sanos y salvos de la puerta de mi casa. Gracias y buenas tardes.
Cerré la puerta sin creerme del todo lo que acababa de decir. A veces era como si alguien controlara mi boca para soltar palazos invisibles. No se puede hacer nada contra un ataque así.
Suspiré, vuelta a la resignación. Me iría al salón sin castigo y con el silencio, que parecía más abrumador por instantes… Aunque ahora que pensaba en él, había desaparecido. Un rumor de pasos se escuchaba cada vez más cerca, por lo que no me moví, cara a la puerta de salida.
Sus brazos rodearon mi cintura y creí que el corazón se me saldría por la boca de lo desbocado que se había puesto. Sus labios rozaron mi cuello y noté esa respiración cálida sobre mi piel. Suspiró, ambos suspiramos.
- Lo siento.
Y con eso bastaba, con eso tenía que bastar. Me arrastró hacia el cuarto y me dejé llevar, con los ojos cerrados.
Perdonaría y volvería a la normalidad.
Hasta la próxima.
サラ.
01. De Madrugada
Abrí un poco los ojos y ahí estaba, la puerta abierta sólo una rendija, por donde se escurría la luz que incidía de lleno en mi cara. El despertador parpadeaba rojo en la mesilla, 4:02 de la madrugada y la cama vacía, otra vez vacía. Me levanté desnuda, envolviendo esta figura mía en la sábana blanca que me había estado cubriendo y até algunos pelos rebeldes con una pequeña pinza. Sin las zapatillas los pasos eran tan silenciosos que parecía como si realmente no estuviera pasando por allí, o como si levitara unos milímetros por encima del suelo. Aunque quizá fueran alucinaciones de mi mente dormida.
Mientras me acercaba a la puerta mis oídos fueron llenándose de música danzarina y apacible, melodías que no sonaban en absoluto desconocidas pero tampoco podía ubicar. Al llegar hasta la abertura no la abrí y me mostré, sino que me quedé mirando desde ahí. Todo parecía mucho más iluminado y acogedor, al contrario que el rincón oscuro donde me encontraba, sola… Por muy cómoda que pareciera la cama, en la otra habitación era todo mejor, y lo sabía. ¿Entonces por qué resistirse? ¿Por qué no podía abrir la puerta?
Suspiré. Una fuerza me impulsaba adelante y otra hacia atrás. Al fin entré en el cuarto donde estaba él atareado en sus papeles. Un flexo iluminaba la cabeza, su cara concentrada y su pelo oscuro, y la mesa. Tan concentrado debía estar que ni se percató de mi presencia, o pudiera ser que mi sigilo no fuera parte del duermevela después de todo.
Los brazos y la sábana le rodearon. Su capacidad aglutinada en los dibujos se había expandido con mi olor a perfume, la calidez y, por qué no decirlo, con mi piel desnuda regalándole una caricia sutil. Le besé la mejilla y el cuello.
- Cariño, es muy tarde. Vente conmigo a la cama…
Giró la silla y aproveché para sentarme en su regazo. Volví a besarle, esta vez en los labios. Sus labios, esos labios, dame los labios… regálamelos, igual que yo te regalé mi corazón. Tus labios recorren los míos, están jugando, están riendo, están cantando. Después bajan, bajan por el cuello y se posan en mi hombro. Cómo me gusta que lo haga, y lo sabe. No puedo resistirme.
- He de acabar esto, no puedo retrasarme más.
- Pero puedes hacerlo por la mañana. Esto no es sano…
- Ya no tardaré mucho, de verdad. Tú eres la que deberías estar durmiendo como un angelito.
Suspiré, algo cansada de las mismas excusas. En verdad estaba preocupada, pero nada podía hacer porque sabía que no se movería de ahí hasta que no viera despuntar el día. Me levanté pero me atrapó entre sus brazos antes de poder moverme y me acarició las mejillas, el pelo, los brazos y mi figura entera. Cada segundo que pasaba allí sentía cómo se fundía todo mi cuerpo a él, cómo mi amor aumentaba. Sólo esos instantes ya eran aliciente suficiente para vivir toda una vida a su lado.
- Gracias por preocuparte pequeña Caos.
Sonreí y me deshice de su abrazo con elegancia. El corazón me latía tan fuerte que creí quedarme sorda, no volver a escuchar nada además de ese bumbumbum. Sin pensarlo dos veces me tumbé en el sofá que había detrás de la silla, acurrucándome entre la tela.
- No pensarás quedarte ahí…
Asentí, sonriendo.
- Mañana te dolerá el cuello, no es un lugar cómodo para que duermas.
- Bueno, como no vas a tardar mucho no llegaré a dormirme.
Entonces suspiró él. A cabezones no nos ganábamos mutuamente, y eso era algo que sabíamos de antemano. Me parecía divertido. Se dio la vuelta y siguió a sus cosas. A veces me habría gustado que dejara lo que tenía entre manos para tomarme, o para abandonarse a mí en la cama, pero nunca pasaba. Aunque me había acostumbrado, siempre caía en la tentación de la esperanza.
Cada vez que veía su espalda poco iluminada por atrás, el movimiento de su brazo al escribir y dibujar, me adormecía. Cada vez que…
Y me dormí.
サラ.
Mientras me acercaba a la puerta mis oídos fueron llenándose de música danzarina y apacible, melodías que no sonaban en absoluto desconocidas pero tampoco podía ubicar. Al llegar hasta la abertura no la abrí y me mostré, sino que me quedé mirando desde ahí. Todo parecía mucho más iluminado y acogedor, al contrario que el rincón oscuro donde me encontraba, sola… Por muy cómoda que pareciera la cama, en la otra habitación era todo mejor, y lo sabía. ¿Entonces por qué resistirse? ¿Por qué no podía abrir la puerta?
Suspiré. Una fuerza me impulsaba adelante y otra hacia atrás. Al fin entré en el cuarto donde estaba él atareado en sus papeles. Un flexo iluminaba la cabeza, su cara concentrada y su pelo oscuro, y la mesa. Tan concentrado debía estar que ni se percató de mi presencia, o pudiera ser que mi sigilo no fuera parte del duermevela después de todo.
Los brazos y la sábana le rodearon. Su capacidad aglutinada en los dibujos se había expandido con mi olor a perfume, la calidez y, por qué no decirlo, con mi piel desnuda regalándole una caricia sutil. Le besé la mejilla y el cuello.
- Cariño, es muy tarde. Vente conmigo a la cama…
Giró la silla y aproveché para sentarme en su regazo. Volví a besarle, esta vez en los labios. Sus labios, esos labios, dame los labios… regálamelos, igual que yo te regalé mi corazón. Tus labios recorren los míos, están jugando, están riendo, están cantando. Después bajan, bajan por el cuello y se posan en mi hombro. Cómo me gusta que lo haga, y lo sabe. No puedo resistirme.
- He de acabar esto, no puedo retrasarme más.
- Pero puedes hacerlo por la mañana. Esto no es sano…
- Ya no tardaré mucho, de verdad. Tú eres la que deberías estar durmiendo como un angelito.
Suspiré, algo cansada de las mismas excusas. En verdad estaba preocupada, pero nada podía hacer porque sabía que no se movería de ahí hasta que no viera despuntar el día. Me levanté pero me atrapó entre sus brazos antes de poder moverme y me acarició las mejillas, el pelo, los brazos y mi figura entera. Cada segundo que pasaba allí sentía cómo se fundía todo mi cuerpo a él, cómo mi amor aumentaba. Sólo esos instantes ya eran aliciente suficiente para vivir toda una vida a su lado.
- Gracias por preocuparte pequeña Caos.
Sonreí y me deshice de su abrazo con elegancia. El corazón me latía tan fuerte que creí quedarme sorda, no volver a escuchar nada además de ese bumbumbum. Sin pensarlo dos veces me tumbé en el sofá que había detrás de la silla, acurrucándome entre la tela.
- No pensarás quedarte ahí…
Asentí, sonriendo.
- Mañana te dolerá el cuello, no es un lugar cómodo para que duermas.
- Bueno, como no vas a tardar mucho no llegaré a dormirme.
Entonces suspiró él. A cabezones no nos ganábamos mutuamente, y eso era algo que sabíamos de antemano. Me parecía divertido. Se dio la vuelta y siguió a sus cosas. A veces me habría gustado que dejara lo que tenía entre manos para tomarme, o para abandonarse a mí en la cama, pero nunca pasaba. Aunque me había acostumbrado, siempre caía en la tentación de la esperanza.
Cada vez que veía su espalda poco iluminada por atrás, el movimiento de su brazo al escribir y dibujar, me adormecía. Cada vez que…
Y me dormí.
サラ.
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