viernes, 10 de abril de 2009

Villablino

Hace muchos años que nos conocemos ya. ¿Tantos? Deben ser ya siete... y creo que en estos tres años de blog tampoco te he mencionado ni una sola vez. ¿Por qué? Pues porque no lo sé, pero aprovecho y lo hago ahora.

Por ese concierto de Sergio Dalma, los días en el ciber, todas las palizas que nos hemos pegado hablando, las veces que reímos a carcajadas o las que nos hemos aguantado las lágrimas. ¡Dónde estarán esas fotos de despedidas!

Y ahora te recuerdo con una foto y una cara. ¡Por ti, Michi! =D.





Jmjmjmjm, mañana a la Kelti a cenar.

jueves, 9 de abril de 2009

Screen 'party'

No sabía qué hacer esta noche, y Marina me ha iluminado con su sonrisa un rato. Te voy a echar mucho de menos cuando esté en EEUU, y te voy a echar más de menos cuando te vayas de Castellón. Eres una de las personas que más quiero, Marinita ^^^.

¿Qué haré cuando no pueda compartir momentos como estos contigo?



lunes, 6 de abril de 2009

Bare necessities

:D

Gerald McBoing-Boing

Este cortometraje realizado por Robert Cannon en 1951 es en realidad una historia para ser difundida en forma de disco para niños. Disfrutad, porque realmente lo vale.

domingo, 5 de abril de 2009

My gratitude

He de agradecer a muuuchas personas muuuchas cosas, y a ello voy.

Lo primero de todo, llevo unos días que me he dado cuenta que la cantidad de comentarios ha aumentado —cosa que jamás ha tenido importancia, pero me he percatado de ello—. Eso no quiere decir que esta modesta página de pensamientos haya más o menos gente que lea, sino que se interesa por interactuar. Gracias por molestaros en dejar una huella implícita en un cachito de mí, porque de verdad me anima a seguir escribiendo. Parece que después de unos cuantos años plasmando cosas en la red voy a tener mi pequeña audiencia. Y oye, eso siempre anima.

Luego quiero contar una pequeña anécdota para explicar el siguiente agradecimiento, porque me puedo oler que si no lo hago será muy fácil tacharme de pelotismo, y no lo soy. Al final se cansa una de que la llamen pelota porque se interese por las personas, más allá de la condición en la que se se relacionen conmigo, en el sentido 'oficial' de la palabra.

El otro día antes de entrar a la clase de traducción vino un compañero de francés —mi grupo, en realidad— y me dijo que habían estado mirando mi blog, porque cuando hice un pequeño examen de traducción lo colgué aquí, y se ve que en el buscador salió. La verdad es que aún no lo he investigado, pero tampoco me importa... fue una coincidencia bonita y curiosa.

Y gracias, María, por interesarte y sacar un ratito de tu tiempo para leer un montón de letras aglutinadas, porque todas esas letras significan mucho para mí. Y tú, como persona, también, porque eres desprendida y buena persona, y porque siempre tienes ganas para hacer cosas y una sonrisa con la que iluminarnos a todos.

En serio, gracias.

jueves, 2 de abril de 2009

Real world (?)

— Hay dos tipos de personas en esta vida —dijo mi compañera—: los que te entienden y los que no te entienden. Claro está, habrá con quien conectes al instante y con los que el tiempo te haga comprender. Pero de un modo u otro, esa conexión existe. En cambio, con los contrarios por muchos miles de millones de años que pasen no conectarás. ¿No crees?

Ante sus palabras me quedé parada. ¿Sería así? No tenía ganas de pensar.

— Pues no lo sé. Quizá tengas razón.
— ¿Crees que entre nosotras hay ese entendimiento?
— Bueno... supongo que sí. Si no, quizás no estuviéramos aquí, juntas.
— En realidad, según mi teoría también puede existir la pareja que se casa y, un día después de muchos años, se da cuenta que por mucho que se quieran no se entienden. Y yo quiero que tú me entiendas, Irina. Debe ser horroroso levantarse un día y darse cuenta, así a las bravas, que esa persona jamás ha entendido una palabra de lo que dices.

Guardé silencio. Sí, es horroroso. Hacía dos días y medio que había tenido esa misma sensación.



Me desperté a media noche, con la cabeza aún embotada por la copichuela de más que nos tomamos en el pub de la esquina. Mi boca pedía agua, mi cabeza silencio, y mi cuerpo descanso, pero nada conseguí: nos habían cortado el agua por impago de las facturas, las charlas y la música del botellón impedían el silencio y era imposible cerrar la ventana del cuarto por el calor bochornoso de verano. Todas estas variables hacían imposible el descanso.

Aún así me puse en pie y vagué unos pasos que parecían eternidades. La luz de la farola y el cartel rojo y azul enfrente de mi fachada. Yo le había insistido para dormir en la habitación más alejada de la calle, la que daba al patio interior, pero a él le relajaban las luces de neón intermitentes del enorme cartel. Cada uno tiene sus manías y yo acabé cediendo, aunque empezara a tener jaquecas más a menudo por maldormir. Bueno, aún me quedaba el consuelo de que la habitación estaba lo suficientemente iluminada como para no tropezar, ni siquiera con el movedizo velo que se había posado en mis ojos a causa de la borrachera.

Miré hacia la cama unos instantes antes de salir de la habitación y allí estaba, su cuerpo tibio encima de las sábanas, desnudo. En ese instante sentí un crack, igual que si hubieran roto un huevo sobre mi cabeza y al tocarme el pelo húmedo me hubiera dado cuenta que no era el huevo de oro, sino otro huevo más y la oscuridad desapareciera así del nublado entendimiento humano. Él no entendía sus palabras, sus sueños, sus manías y sus sentimientos. Y ella tampoco los de esa persona que había acompañado sus noches, sus risas y sus gozos. Era un hombre totalmente desconocido para ella.

Sin darme cuenta me senté en una silla plagada de ropa-de-día-anterior y agarré sin levantarme un cigarrillo de la mesita de aquél hombre desconocido. Jamás había fumado, y en la primera calada me atraganté con el humo, pero prescindí de toser. ¿Qué hacía yo allí?



¿...Qué hacía yo allí?

Esa pregunta resonó de nuevo en mi oído interior y salí del ensimismamiento.

— Quizá si no estuviéramos condenadas a entendernos no nos hubiéramos conocido tan de repente, Izumi.

Con un gesto inconsciente agarré otro cigarrillo. Desde aquella noche no había parado de fumar. De hecho, fue así como conocí a Izumi, estudiante becada en España, pidiéndole un pitillo. Y ella no fumaba, pero por casualidad tenía un paquete de su ex novio en el bolso y me lo regaló.

— ¿Todo el paquete? Yo sólo quiero uno...
— Tranquila, yo no fumo. El cretino de mi ex se lo dejó aquí y no volvió.
— Yo también acabo de dejarlo con mi novio. Bueno, él no sabe aún que le he dejado, me he ido sin más de mi propia casa.
— ¿Y no tienes a nadie?

Reflexioné unos instantes, aunque no sabía para qué, porque la respuesta era obvia: — No.

— Mi sofá es cómodo y mis compañeros de piso nunca rechistan si hay visita. Es tarde.

No hubo más palabras entre nosotras. Me llevó hasta un pequeño pisito céntrico y allí me dejé morir. No recuerdo nada hasta la mañana siguiente -sólo unas horas más tarde- cuando me desperté con el cuello dolorido en un sofá demasiado pequeño de piel sintética de leopardo y una pequeña japonesa mirándome sin pestañear. Parecían que todo lo habían encongido a tamaño infantil, como una también pequeña broma. Pequeño, pequeño, pequeño.

Iba a preguntar «¿qué hago aquí?», pero recordé que mi abuela, instantes antes de morir, me recomendó que no lo hiciera jamás, parafraseando un trozo de una película que le encantaba: «después de todo, mañana será otro día». Ella —ni nadie, para ser sinceros— se imaginaba que esos serían sus últimos instantes viva, pero nos sobrepusimos. A ella también se la llevó el viento, como a la película. O no... creo que en realidad lo leí en la parte trasera de una de las bolsitas de azúcar que reparten en los bares con el café.

El hecho es que la miré lo más enfocada que pude a través de las legañas matutinas, carraspeé para afinarme la voz, como lo hacen los grandes conferenciantes antes de empezar a hablar, y dije:

— Qué camiseta tan genial llevas. ¿Dónde la has comprado?
— Era de un compañero de piso, me la quedé.
— Oh, buen plan para conquistar el mundo.

Café, café, café

He empezado el día horriblemente cansada. Bueno, se ha juntado el final del día con el principio del siguiente, como casi siempre estos días. Y a veces no sé si prefiero eso o tener esas asquerosas pesadillas.

De todos modos, esta vez no he empalmado por placer, sino porque tenía que corregir millones de páginas. Me parece asombroso que un profesor —aunque sea de ciencias, por mucho que sepa utilizar los números habla y escribe día a día— escriba cosas como zero. Ya no hablo de sobretodos, por supuesto... esa es una falta típica. ¿¡Pero no saber escribir un puto número!?

En general todo su contenido es interesante si tenemos en cuenta que habla desde un punto más que subjetivo, mega subjetivo, subjetivísimo, lo más subjetivo, pero no entiendo cómo hay gente que desea considerarse escritor si ni siquiera se ha molestado en aprenderse la gramática de su lengua materna.

En cuanto a esto, ayer tuve una conversación interesante con otra persona que se consideró un escritor y me retó a encontrarle faltas de ortografía en un texto suyo. Cuando llegué a las tres o cuatro faltas el hombre argumentó que crear, es decir, ser escritor, no tiene nada que ver con las tildes, las b o h que utilices... pero lo siento, yo sigo discrepando. Todo es un juego con reglas, tú puedes saltarte algunas, pero hay otras básicas y demasiado obvias. Sonará poético, pero no puedes jugar con las palabras cuando no las conoces del todo.