domingo, 30 de noviembre de 2008

Pacto II

Juro por la Santa Estampita del Dedo Levantado, que cumpliré mi promesa o mil agujas se me clavarán en el cuerpo hasta morir.


Todos los domingos un monólogo patrocinado por... YOUTUBE!!... digo... FOX!!

Pacto I

30/11/2008

Elías S. C. se vende a Sara S. A. por una birra.

Este escrito ha sido aceptado y revisado por el comprador y la venta =P.

Fdo: Sara Sánchez
Fdo: Elías Sánchez

jueves, 27 de noviembre de 2008

07. Aúnnotengoniideadeltítulo

Hoy tenía prisa, y hoy tenía que ocurrir. Los coches estaban parados en medio de la calzada, uno detrás de otro. No había escapatoria. El único ruido eléctrico era la música, que sonaba con toda su dureza. Cuando iba en coche y pasaban cosas así olvidaba todo el estrés que pudiera llevar encima, sintonizaba con alguna emisora donde pusieran con regularidad clásicos como Limp Bizkit o Sistem of a Down y me introducía de lleno en la música. Dudo mucho que alguien que no me viera en esa situación creyera que una mujer tan profesional y sobria llegara a desmelenarse de esa manera, cantando a todo pulmón.
Pero entonces ocurrió. La música dejó de sonar y como respuesta a esto un humillo negro empezó a emanar del capó. What the fuck!? De forma misteriosa todo acabó. Fue como un ataque al corazón, rápido y certero. Y yo en medio de la ciudad, con las llaves de un trasto inservibles y preguntándome si alguien me daría algo por ellas. Aunque fuera una chapita de la suerte, no sé.
Ante la perspectiva de quedarme atascada y dentro de las tripas de un ente muerto, decidí idear el plan B que nunca se me pasó por la cabeza preparar. ¿A quién se le ocurriría que la máquina fiel se fuera al carajo? Escarbé en el bolso a ver si encontraba una alfombra voladora, pero en contra de lo que dicen las leyendas urbanas, los bolsos de las mujeres no tienen un espacio infinito dentro. En el mío sólo había una cartera negra, de piel, que me regalara Allen por mi cumpleaños, y una minúscula agenda. Esta última la descarté como artefacto para la elaboración del nuevo plan, y me centré en la cartera. Llevaba dinero… ¿se podría hacer algo con ello? A lo mejor si frotaba un billete de diez euros salía un genio y me concedía tres deseos. ¡Deseos! Al final lo único que me vino fue otra idea: ¿y si con el dinero compro un billete de autobús? Resultará que soy inteligente y todo…
Salí con el dinero en el bolsillo de la chaqueta, cerré con llave y me acerqué a pie a la parada de bus más cercana, a un par de manzanas preguntando. En realidad habría llegado antes, porque la tenía en frente de mis narices, pero no estoy acostumbrada a la fauna de las calles y al principio fue difícil hacerse entender con ellos. Sólo era cuestión de hablarles en el mismo idioma, despacito, nada de gruñidos y golpes en el pecho como intenté. Eso me pasa por dejar que los prejuicios guíen mis pasos.
- Oiga, perdone, ¿sabe cuánto tardan los buses en llegar al centro?
- Un cuarto de hora más o menos, desde aquí.
- Ah, ¿y hace mucho que pasó el anterior?
- Unos veinte minutos, calculo.
- ¿¡Veinte minutos!? ¡Pero si me ha dicho un cuarto de hora!
- Tardan un cuarto de hora, pero el bus pasa cada media hora.
- ¡Fraude! ¡Estafa! No se haga el inteligente conmigo, señor mío, porque soy una mujer trabajadora del s. XXI, madre de casa y mujer de…-empecé a argumentar, muy convencida y altanera, hasta que un coche pasó demasiado cerca de la acera y me dio un buen susto-. ¡Asesino! ¡La voz de las mujeres no podrá ser callada jamáaas!
Como si me hubiera caído una piedra encima, descubrí que estaba siendo observada como si la única primate en toda la ciudad fuera yo, y eso me hizo sonrojar. ¿Tan poco protocolaria era en la vida común?
Entre unas cosas y otras llegó el autobús. Me rezagué un segundo para ver cómo se hacían esas cosas. Parecía sencillo, ponías el importe encima de la mesita del conductor y él te daba un ticket blanco y tu cambio, entre gruñidos y malas miradas. Estos sí se comportaban así, era inconfundibles. Por fin podría probar mi dominio del idioma.
Subí la última por la portezuela mágica, que se abre y cierra con un botón, como si fuera una extremidad y el hombre su corazón. Magnífica metáfora. Antes de enfrentarme al jefe del grupo me dispuse a sacar el material con el que comerciar mi viaje en carroza. Bendita sorpresa cuando la mano no conseguía introducirse en el bolsillo de la chaqueta. ¿Se habrían pegado los extremos? ¿Habría cambiado de posición la abertura?
Cansada de rebuscar entre la tela, miré hacia abajo. Era una chaqueta lisa, de cuello alto y botones grandes. La característica que la hacía única es que la abertura estaba ladeada, en vez de ser recta, por lo que concebía un aire de incontrolable originalidad dentro del conjunto serio y coherente. Ahí estaba el bolsillo izquierdo, correcto; y ahí estaba… estaba… no, ¡no estaba! ¿Y qué hago sin bolsillo?
Me quité el abrigo, algo asustada, y empecé a buscar por todos lados. Había muchos ojos observando la escena, y parecían asombrados.
- Señor conductor, creo que se me ha perdido el bolsillo por algún lado. Le cambio el billete por… por…-rebusqué y en el izquierdo encontré las llaves del coche-, por… las llaves de mi coche estropeado.
- ¿Crees que tengo tiempo que perder con chiflados como tú? ¡Ya me he retrasado por una tontería!
- Mire, señor, le aseguro que yo tengo más prisa que usted, debí llegar hace media hora a la escuela, pero había un atasco, el coche me dejó tirado y en el bolso de una mujer no caben alfombras voladoras. ¿Cree que tengo el problema de que, encima, me haya desaparecido el bolsillo con el dinero? Aquí nadie me tiene que echar de ningún lado, porque antes me mojo los zapatos que compartir el mismo aire con primates maleducados y obtusos como usted. ¡Buenos días!
Y qué decir que en los siguientes veinte segundos tuve que comerme mis palabras, una a una. Los primeros cuatro coches salpicaron mis zapatos como si de una diana se tratara -…antes me mojo los zapatos que…-, y mi sentido de la orientación se vio mermado hasta el infinito sin la voz artificial de la mujer que habita en el GPS -…en el bolso… alfombras voladoras… primates maleducados… ¡buenos días!-. Me armé de valor, aunque tenía un terror atroz a moverme y crear un vórtice espacio-temporal que llevara a la humanidad al caos absoluto. Bueno, en realidad el resto de seres vivos me daban igual, no quería que le pasara nada malo a mi hija. Pero si ponía en la balanza que la niña acabara licenciándose en la guardería porque su irresponsable madre no fue a recogerla un día, o desencadenar el Apocalipsis... Probemos.
Pude despegar los pies del suelo, pude preguntar y pude llegar casi una hora tarde. Estaba todo dentro de las posibilidades. Cuando llegué a la puerta me daba vergüenza entrar. ¿Y si Lourdes, la profesora, estaba esperándome con el látigo en la mano? No podría contar todo lo ocurrido con claridad y seguro que me ponía nerviosa y empezaba a hablar de abducciones alienígenas y crustáceos. Todo el mundo considera que tengo unos recursos muy extraños para evitar las responsabilidades. Yo ya no sé qué pensar, porque a mí me parecen raros ellos.
‘Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma’. ¿Por qué todos los refraneros tienen razón? Yo me había convertido en una especie de profeta al que nadie podía ponerme cara, pero que se sabía a ciencia cierta que portaba barba y pañuelo, y un chico de ojos azules que acechaba tras la verja era mi montaña. Muy atractivo, por cierto.
- Perdona, ¿eres la mamá de Irene?
- Yo… sí. Siento el retraso.
- No te preocupes, la princesita y yo nos hemos estado entreteniendo con las letras, ¿verdad?
- ¿No es un poco joven como para que le enseñen esas cosas? ¡Aún le quedan muchos años para pensar en hipotecas!
Se rió. Las carcajadas sonaban cristalinas y sinceras. ¡Pensaba que era un chiste! ¿Qué tipo de paralelismo puede haber para que le cause tanta risa? Estaba medio indignada porque no lo entendía, pero su alegría se pegaba como esa sustancia adiposa que tanto nos desagrada a las mujeres cuando nos hacemos viejecitas. La niña al escucharnos se asomó a la puerta, nos vio, y salió corriendo a abrazarme.
- ¿Qué tal está la niña más bonita del mundo?
- Quien a los suyos se parece…
- Eso dicen, Lourdes. Tú tampoco estás nada mal así.
- Jaja, no, señora. Yo soy el profesor encargado de la hora de comer. Me llamo Elías.
- Ya me parecía a mí. En fin, yo soy Alma. ¿Y el comedor es sólo para niños? Porque menudo privilegio tienen.
- Yo hago todo lo que puedo porque estén a gusto. Casi ningún niño se acostumbra al comedor de la escuela, pero nosotros intentamos estimularlos para que comer cada día sea toda una aventura.
- Sí, puedo entender eso del estímulo…
-¿Qué?
- No, nada, que yo ya me voy. Tendré que volver de vez en cuando a llegar tarde para reírme un rato, hoy he tenido un día realmente estresante.
- No lo dude, nos divertiremos.
- No lo dudo. Adiós.
- ¡Hasta la próxima!

Volvía a estar en la calle, en la misma parada de autobús. Miré el reloj, el tic tac era audible pero la esfera no tenía manecillas. ¿Qué le pasaba? Pregunté a tres personas que había allí la hora, pero nadie quiso contestar. ¡Y luego soy yo la rara!
Desabroché la correa e instintivamente fui a meter el reloj en el bolsillo, pero allí no había nada. ¿Otra vez? ¡Me toman el pelo hasta en sueños!
Levanté la cabeza y de repente todos llevaban una chaqueta igual que la mía; hombres, mujeres, niños, perros e incluso el poste que señalizaba la parada del bus. No, eran casi iguales que la mía, porque aparentemente ninguna tenía bolsillo. Entonces, de golpe, hubo una pausa y los pájaros se pararon en el cielo, los coches dejaron de tocar las bocinas y la mirada de las personas se paralizó. Cuando el mundo recobró la vida todos señalaban hacia el final, hacia lo que parecía una montaña con un par de ojos azules, grandes. Se oía una risilla de fondo, y en la cima –daba igual lo lejos que estuviera, lo podía ver con total claridad- había un maniquí con mi chaqueta.
Me desperté envuelta en sudor. Estaba sola en la inmensa cama de matrimonio, para no variar. Me levanté y abrí el cajón de la mesita. Dentro había una autorización para que el alumno se quedara en el comedor de la escuela. Suspiré y empecé a rellenarlo, lentamente.
Si la montaña no viene a Mahoma…

サラ.

06. Ley de vida

- ¿Sí?
- ¿Es usted Alma Asorey?
- Sí, soy yo.
- Le llamo desde el Hospital General. ¿Conoce a Alesia García?
- Es mi madre. Hace años que no la veo.
- Ha tenido un accidente y está muy grave. Siento comunicarle esta terrible noticia.
- Déjate de adjetivos. Gracias por notificármelo.
Y colgué. Éste era uno de esos casos prototípicos y peliculeros en los que los protagonistas salen corriendo, pero a mí me pasó lo contrario. Necesitaba reflexionar, una buena ducha.
Me metí en el cuarto de baño no sin antes echar una ojeada por la ventana y preparar una cafetera, como cada mañana. Estaba a punto de despuntar el día, debían ser las 6. Buena hora.
El agua fría despertó cada célula. Poco a poco fue calentándose y volví a respirar. Me daba la sensación que la cabeza estaba humeando, había llevado una noche agotadora con una traducción. Un personaje estaba empeñado en hablar de la migración de los cangrejos australianos a aguas del Mediterráneo, cosa de por sí imposible, utilizando mil tecnicismos, la mitad de ellos inventados a partir de la pronunciación del verdadero. ¿Cómo podía haber escritores tan locos? Qué noche tan extraña.
Alguien abrió la puerta.
- Buenos días cariño. ¿Te dio tiempo a acabar?
- Un poco ajustada pero sí. Ha sido un trabajo muy duro.
Una mano se coló por una rendija de la mampara y se posó en mi cadera. Tras ella fueron unos labios que se posaron en los míos. Fue un beso húmedo y prolongado que me ayudó a despejar la neurona. Pasé los brazos por su cuello y lo atraje hacía mí. Vestido se metió en la ducha conmigo y me envolvió con sus brazos.
Agua, vaho, calor.
- Tengo dos noticias que darte.
- ¿Buenas o malas?
- Elige, A o B. ¡Encárgate tú de valorarlas!
- B.
- Mi madre ha sufrido un accidente y está en el hospital…
- ¡Eso es terrible!
- Eres la segunda persona que pronuncia esa palabra hoy. Dejad las valoraciones para otro momento, por favor. Aún no he acabado siquiera la ducha de la madrugada y ya estáis traumatizando el día.
- ¡Tenemos que ir a verla! Voy a llamar ahora mismo al trabajo que hoy no iré.
- ¿Tenemos?
- Oh, cariño, sabes que adoraba a tu madre, aunque la viera pocas veces antes de que os pelearais.
- Ya, bueno. Yo tengo que ir a entregar el libro a la editorial.
- ¿No puedes dejarlo para otro momento?
- Les pedí una semana de asueto porque era imposible traducirlo con tanta prisa y lo aceptaron. Me pueden hacer un favor una vez, pero no puedo permitirme un retraso más si quiero seguir conservando mi fama.
- Lo entiendo. Voy a llamar ahora mismo para avisar que no voy a ir.
- Bien. Yo acabaré de ducharme.
Al fin el día había tomado una definición. Sería agrio y pesaroso. El cansancio empezó a acumularse en mis párpados, llevaba una semana de perros con la maldita novela y ahora esto. Sólo me apetecía dormir tres días seguidos.
Cerré el grifo y mojada y desnuda, fui a la cocina. El café ya estaba frío por lo que lo metí en el microondas unos segundos. Esperé allí a que la taza se calentara, llenándolo todo de agua. Al principio esta manía casi escandalizaba a Allen, pero se fue acostumbrando.
Saqué la taza y me fui al vestidor. Falda negra, camisa blanca ceñida a la cintura y unos zapatos con un poco de tacón. Muy sobria. Puse a imprimir las quinientas hojas y acabé de retocarme y secar el pelo. El secreto para parecer bella es poco maquillaje y natural.
- ¿Has cogido las llaves de casa?
- Sí, ya lo tengo todo.
Bajamos al garaje y se encendió la radio. Permanecíamos en completo silencio mientras las notas de una típica canción del verano llenaban el espacio. Estaba concentrada en conducir y no la presté atención hasta que él cambió de sintonía.
- ¿Te encuentras bien? Odias esa canción y no la has cambiado.
- Ni he prestado atención, la verdad. Hoy hay un tráfico terrible, ¡voy a llegar tarde!
- ¿Seguro que no estás así por el accidente?
- Los cangrejos australianos han migrado a mi cabeza, me encuentro incapaz de pensar en nada.
- ¿Cangrejos australianos?
Paré el coche delante de una pequeña papelería. Si no fuera porque sabía dónde estaba habría pasado de largo por completo.
- Vuelvo ahora, dejo el coche encendido.
Puse ambos intermitentes y bajé con el paquete en el que estaba la novela. En cuanto entré unas campanitas sonaron en la trastienda y se asomó un hombre con gafas enormes. Era muy mayor, lleno de arrugas.
- Buenos días, viejo Roble. ¿Puedes encuadernarme esto?
- Hola joven Caos. ¿A qué nivel de velocidad lo deseas?
- Faster than Light, please.
- Right now!
Contemplé el lugar con cariño. El olor a hojas, libros viejos y fotocopiadoras calientes se mezclaban en este lugar. Recuerdo que eso fue lo que me atrajo dentro por primera vez, el mismo día que empezó la dichosa manía de encuadernar los trabajos antes de entregarlos. Pulcro, fue mi primer éxito como traductora, y desde ese momento siempre he vuelto aquí al acabar cada libro.
A los pocos minutos volvió. Tan eficaz como siempre.
- ¿Pronto podré comprarlo?
- Supongo que sí, según lo que se demoren allá. Ha sido un trabajo especialmente difícil, espero que disfrutes su lectura. ¿Cuánto te debo?
- Vete o llegarás tarde.
- Gracias viejo –sonreí por primera vez en el día. Qué persona tan adorable, era casi como mi padre.
- ¿Se lo has contado ya?
- No he tenido tiempo, te mantendré informado. ¡Adiós!
Volví y me puse en marcha. No volvimos a hablar hasta que dejé la novela en la editorial.
- ¿En qué hospital está?
- El chico me llamó desde el Hospital General.
- ¿No sientes nada?
Le miré fijamente, a los ojos. Me sentía adulta, serena. Acababa de entregar un trabajo bien hecho y estaba tan satisfecha como cansada. No tenía nada pendiente.
- La noticia A es que vas a ser padre.
Sé que no era el momento para decirlo ni tampoco era la respuesta que esperaba recibir.
- ¿Qué? Pero… ¡Eso es maravilloso! ¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo?
- Fui al médico el otro día y me lo confirmó.
El resto del viaje fue en completo silencio. Su cara cambiaba de felicidad a desánimo y de desánimo a felicidad aleatoriamente, parecía tener un debate interno importante. La música seguía sonando y yo no era capaz de nada. Dentro había una completa y absoluta calma. Terrible, era como si me hubieran anestesiado y le hubieran pasado mis sentimientos. Estaba a punto de preguntarle si se pondría a llorar o a reír a carcajadas cuando llegamos, y creí más prudente callar.
- ¿Te dijo en qué habitación estaba?
- No, le colgué.
- ¿Por qué?
- ¡Dijo que era terrible!
Suspiró. ‘Es incorregible’, debía estar pensando. Bueno, eso es cierto. Lo soy.
- Ve a aparcar, voy a preguntar dónde está. Nos vemos en recepción.
Me acerqué para recibir un beso pero sólo escuché como la puerta se cerraba. Me tocaba suspirar a mí. ¿Acaso tenía yo la culpa de todo lo que pasaba? No, joder, no fui yo quien ‘esperaría tranquilamente’. Yo quería hablar y solucionarlo, como siempre. Ella tenía suficiente con su nueva vida, suficiente como para darme la espalda aunque yo la necesitara. Al fin y al cabo, ‘ella no podía hacer nada por mí’.
Un stop, frené. Una sacudida y un sonido. Mi cabeza golpeó el volante con relativa fuerza.
Me sentía aturdida, miré a ambos lados y como no venía nadie seguí recto, ahí delante había un hueco libre. Aparqué a la primera y cuando iba a cerrar el coche me percaté del golpe en la parte trasera.
- ¿Cuándo mierdas me han pegado ese golpe? Joder, y no dejaron ni el número de teléfono. Qué hijos de puta. Como mínimo he tenido suerte y he aparcado en frente de la puerta…
Le di una patada a la rueda, frustrada, y fui hacia la puerta. Allí estaba esperándome Allen. En cuanto me vio corrió hacia mí escandalizado.
- ¿Pero qué te ha pasado? ¡Menudo golpe que tienes, cariño!
- ¿Golpe…?
Me toqué la mejilla. Era cierto, estaba tan hinchada que ni siquiera podía abrir el ojo izquierdo. ¿Cómo no lo he notado?
- Joder, joder, joder.
- ¡Lo siento, lo siento de verdad! -alguien venía corriendo, una mujer de unos cuarenta años con el pelo muy largo y rizado. Parecía azorada, preocupada-. Estaba discutiendo con mi ex marido y no vi que frenabas.
- No es nada. Por poco me quitan el sitio.
La contestación los descolocó, pero me había salido tan natural… Se miraron, noté su desconcierto.
- Discúlpela, le han avisado que su madre ha tenido un grave accidente y está algo perturbada por la noticia. Déme su número de teléfono y otro día la llamo para arreglar los papeles del seguro.
- Lo siento otra vez. Tenga mi tarjeta, le apunto detrás la matrícula de mi coche. No dude en llamarme pronto, por favor. Que no sea nada.
Y se esfumó. Yo había estado escuchándolos, llenando mi mente de palabras protocolarias para darle las gracias por su preocupación, pero no conseguí despegar los labios. Sólo miraba con curiosidad, hecho que empezó a preocuparle.
- ¿Pero no te diste cuenta de nada?
- No… -seguía tocándome la mejilla, como si intentara comprobar que de verdad había ocurrido.
Sin previo aviso me abrazó muy fuerte. Respiraba entrecortadamente.
- Prométeme que te vas a cuidar, ahora más que nunca. Tienes doble responsabilidad, tienes que dar a luz a un hijo sano, y tampoco quiero cuidar a un bebé yo solo. Te quiero Almita mía.
- Te… te lo prometo.
Me dio la mano, entrelazando nuestros dedos y me llevó adentro. Una enfermera se acercó a preguntarme qué había ocurrido, y él le contestó que no había sido nada, que me trajeran un poco de hielo. Al instante estaba sujetando un trapo con algo frío dentro. ¿De dónde vendría este hielo? Quizá lo había traído un cangrejo australiano desde el Antártico.
Por estúpida que pareciera la idea, me tranquilizó.
- Está en la habitación 411, planta cuatro. El ascensor… sí, ahí está.
Subimos con mucha gente, nadie dijo nada. Cuando sonó el ‘clin’ de la tercera planta, todos salieron casi corriendo y nos quedamos solos. Me estrechó más contra él como si pensara que yo también estaba enferma. Le miré con curiosidad y me la devolvió. Fui a hablar, pero tenía los labios también hinchados, y casi no pude entreabrirlos.
‘Clin’. Cuarta planta.
Ahí estábamos, por fin, y me volví a dejar llevar por su mano segura. Un par de puertas a la derecha estaba el número 411 escrito en letras negras sobre un cartel blanco impecable. Olía a alcohol, a limpio impoluto.
Tocó a la puerta con los nudillos y un hombre con bata blanca la abrió desde dentro. Todo blanco, blanco, blanco, blanco. Un lienzo sobre el cual escribir, pintar, traducir…
- Venimos a ver a Alesia.
- Pasen, por favor. ¿Familiares?
- Ella es su hija. ¿Cómo se encuentra?
- Está grave. Tiene lesiones internas, tres costillas rotas y la pierna y la muñeca derecha rotas, además de todos los golpes y magulladuras.
- ¿Cómo fue?
- Ella y un hombre iban conduciendo y chocaron contra un coche en dirección contraria a 160km por hora. Es un milagro que ella esté viva.
- ¿El compañero y el conductor del otro coche están…?
- Sí, han fallecido.
Volvía a pasar lo mismo que antes, buscaba unas palabras dentro del protocolo que pudieran expresar algo, aunque fuera simple interés. Al parar de hablar me miraron esperando que dijera eso que andaba buscando. Esta situación me presionaba y me puse nerviosa. Tosí y me dolió el golpe como nunca.
- Pobrecita… Lo siento mucho, de verdad.
¿Ni siquiera un ‘gracias por todo’? ¡Habla, habla! Pero nada, era imposible. Estaba demasiado concentrada en la cara del médico. ¡Qué blanco iba! Recorrí de arriba abajo su indumentaria muy descarada. Ambos se quedaron asombrados, pude volver a notarlo. Entonces me fijé que llevaba bordado un pequeño cangrejo en el bolsillo del pecho con un sombrero playero y una tabla de surf en una pinza.
- Un cangrejo australiano.
El día empezaba a ser de lo más surrealista.
Sonrió y me tocó el hombro, apiadándose de mí.
- ¿Puede venir conmigo fuera, por favor? –se dirigía a Allen-. Quizá… necesiten estar a solas.
Buena excusa Licenciado. ¿Sugerirías a mi pareja que me encerrara en un psiquiátrico o que me ayudara a dejar las drogas? Todo por mi seguridad, por supuesto.
El hecho es que me dejaron sola, a Allen se lo llevó un poco a regañadientes. Quería quedarse conmigo. Cuánto le quería.
Cuando cerraron la puerta me puse a contemplar los cuadros de la sala. Había una foto enmarcada de una playa desierta, muy típica de una agencia de viajes, y otra del monte Fuji en Japón. Busqué a Wally en ambas fotografías y al comprobar que no estaba posé la vista por primera vez en mi madre.
Mi primera impresión fue que tenía muy mala cara. Toda magullada, escayolada, con una máscara que le tapaba boca y nariz y le ayudaba a respirar. Lo poco que podía ver de su piel eran los dedos amoratados, supuse que por la presión de las vendas, y parte de su cara. Me llamó la atención que tuviera la mejilla hinchada, la misma que yo. Qué curioso.
Llevaba ocho años sin verla y nunca se cansó de esperar. ¿Por qué? En esa época tuve que despojarme de todo para conservar mi integridad física y mental. Desaparecí del mapa, viajaba, ahorraba dinero y volvía a viajar. Fueron dos años antes de asentar la cabeza, Allen me hizo volver.
Estudié, me perfeccioné y aprendí a amar muy despacio. En estos momentos era feliz con mi vida y mis pequeños retos.
¿Qué habría pasado si hubiera sido de otro modo, mamá?
Revolví en el bolso hasta encontrar un trozo de papel y un boli negro. Escribí unas palabras y lo doblé. Lo dejé sobre la mesita y salí en silencio.
Allí fuera estaban ambos hombres con cara seria. El suelo estaba muy pulido y limpio.
- Vámonos cielo.
- Pero yo quiero ve… -suspiró-. Bien, como quieras.
- Gracias por todo, doctor -le dije esto muy bajo pero lo entendió a la primera y asintió con la cabeza.
- Suerte. Aún puede ser que se ponga bien.
Ya estaba llamando al ascensor. El médico entró en la habitación y vio la nota. La alzó y desplegó. Dentro estaba escrito, con letra muy clara: ‘Eras mi persona favorita…’

サラ.

05. Break-up

Escuché el sonido de algo rompiéndose en la habitación contigua. ¿El aire?
Me levanté de delante de los apuntes, echando al gato al suelo y me acerqué al cuarto. Efectivamente, allí estaba un jarrón despedazado y la cortina ondeando en señal de culpabilidad. Entonces la puerta se cerró de un golpe a mis espaldas.
Encerrada. Las paredes cada vez más cerca.
Objetos animados. Sonríen. Sonríen más.
Sin darme ni cuenta barro la mesa con los brazos, tirándolo todo al suelo. Estoy llorando lágrimas de rabia. Me tropiezo con la pata de un taburete y me caigo al suelo, dando de bruces con todos los trocitos de cerámica del jarrón.
Las baldosas están frías. El agua salada se escurre por las mejillas empapando el suelo. Oscuro…
…Y nada más.

サラ.

04. Ensayo y error

Sólo a dos dedos de vaciar el vaso. Iba a beber de un trago su contenido, pero la luz que incidía en él me retuvo. No había nada de especial, era simplemente una copa con un líquido transparente junto a unos folios a medio escribir y subrayados y la carátula del CD que estaba sonando en estos momentos. En ella había escrita una poesía. Leída en voz alta sonaba más o menos así:
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
Que a veces retumbaran las montañas
Y escucharais las mentes social-adormecidas
Las palabras de amor de mi garganta…
Escucharemos, retumbaremos. Pensaremos qué hay detrás de una acción tan simple como vaciar este cáliz de su néctar. ¿Morirá? ¿Desaparecerá la taza? ¿Seguirá impasible? ¿Llorará la pérdida?
¿Cómo puedo saber qué pasará después si ni siquiera soy capaz de predecir qué pasará con este recipiente? Predecir los fenómenos impredecibles, predicar el resultado y esperar que sea correcto. Es más difícil que jugar a la lotería.
Hipnotizada con la cuestión la mente se quedó en blanco. No había nada que pensar, nada que probar o aprobar.
Agarré el cacharro de cristal entre los dedos y me lo bebí de un solo trago.
Nada.

サラ.

03. Abismar

Es algo tan tan profundo que sólo puede estar a la sombra, donde aún no ha llegado ni la luz. Eso llevo dentro de mí. Cuando vuelvo a la vida, la situación me banaliza y convierte en una más, haciendo, viendo, escuchando e incluso sintiendo lo mismo que todos los demás.
En realidad soy un monstruo diferente, no como concepto negativo, sino como concepto, sin apellidos, sin adjetivos que lo valoren.
Soy una niña pequeña al borde de un pozo, alimentada por seres sin ojos que aparecen del abismo para drenarme su alma, separándose de toda ligadura. De ahí los instintos de conservación, de miedo a aquella cavidad a mis pies. Sólo soy una niña con miedo a caer sola donde esas almas le han contado que hay nada.
Me aferro a su mano, que hoy no parpadea, hoy está conmigo.
- ¿Estás bien?
- Ha sido un mareo, nada más.
- ¿Señorita, qué langosta prefiere? –el camarero insistía, viendo que tardaba.
- ¿Pero no ves que está pálida? Si tienes tanta prisa vete a atender a otra mesa.
- Creo… que he cambiado de idea. No quiero langosta, no quiero su alma.
- En La Langostería sólo cocinamos langostas, valga la redundancia.
- Entonces vayámonos de aquí. Por favor, cariño.
- Sí, claro… ya sabes que no me gustan los insectos*.
- Crustáceos, señor.
- Según cómo lo mires.

サラ.





* Juego de palabras entre la langosta insecto y la del mar.